martes, 25 de octubre de 2011

CUANDO TE FUISTE

              Cuando llegaste creí que mi vida ya tenía una dirección concreta. Irrumpiste en mis días llenando todo mi tiempo, susurrándome canciones al oído y estrenando mis besos más tiernos, los primeros. Tardé en darme cuenta de que tu cariño cada vez exigía más de mí dando cada vez menos de ti a cambio, pero aun así mantuve mi rumbo, esperando que la atención y la ternura que salían de tus manos volviesen a ser mías, y en contrapartida me hipotequé a mí misma. Pero tu impago precipitó mi embargo, y un día me vi sin muebles dentro, sin nada a lo que agarrarme más que los muros de mí misma. Y tú cerraste la puerta de salida de un portazo, rompiendo los cristales.
            No sé si fueron días, horas, meses o años los que pasé esperando a que volvieses, con un cristal nuevo entre las manos, a reparar el daño, pero eso no ocurrió. Viniste, es cierto, un par de veces a buscarme, con tu saco de dormir al hombro para pasar la noche cuando no tenías dónde, y te colaste por la puerta rota sin siquiera molestarte en barrer los vidrios. Y después… nada.
            Cuando conseguí convencerme de que jamás volverías, fue tan duro comprobar el engaño que decidí no amar más. Con uno de los trozos de vidrio que aún había en el suelo apuñalé mi pecho, tratando de matar mi corazón para que dejase de sufrir. Los restos de sangre tuya que aún corría por mis venas salieron a borbotones, y cayeron sobre un cuaderno de papel pautado que había en el suelo, un recuerdo de niñez de los tantos que no encontraban cajones en mí para mantenerse en orden. La caótica melodía que compusieron mis gotas de sangre en el papel parecían la sinfonía de mi futuro, así que saqué mi guitarra y toqué, durante semanas, la canción de la locura que mi interior había expulsado. Por mi pecho abierto el corazón apuñalado no dejaba de sangrar,  preferí dejarlo así. Y entonces llegó ella.
            No me preguntó. No necesitaba, ni quería saber. Solamente me arrancó de las manos la guitarra, porque mi música hacía daño. Con cuidado le quitó las cuerdas, y las utilizó para coser mi corazón, y después mi pecho. Los hilos de plata que cantaron mi delirio sirvieron para suturar las heridas abiertas. Luego barrió los cristales, puso un vidrio nuevo y cerró la puerta, pero se quedó dentro.
            Me molesta profundamente que nos miren con desprecio y nos llamen lesbianas como si eso fuese un crimen. Sólo somos dos seres que se aman sin destruirse. Ella no me miente, no me utiliza. Ella ve su reflejo en mí, y yo me miro en ella y sé que nunca más volveré a estar sola mientras las dos respiremos. Y a ti, que cuando te fuiste dando aquel portazo te sentiste más hombre que nunca, te digo que yo jamás me he sentido tan mujer como cuando ella me acaricia. Tu cultura machista, atrasada e intolerante, censura mis sentimientos, pero no me importa. Las cicatrices ya sólo son un recuerdo, y ahora mi guitarra son sus caderas, y la melodía del amor la cantamos entre las dos. ¿Qué importa si somos soprano y contralto en lugar de soprano y barítono? Lo que importa es que la música haga que los corazones sonrían. Y el mío, aún cosido con las cuerdas de una guitarra, ha conseguido reír a carcajadas.

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