sábado, 22 de octubre de 2011

DEBILIDADES GASTRONÓMICAS

            Una debilidad gastronómica es ese pecadillo de paladar que todos tenemos y al que no nos podemos resistir cuando nos lo ponen delante. Algunos nos rendimos sólo ante un puñado de cosas, hay otras personas que cuentan con un gran número de debilidades. Como en todo, para gustos, colores. Lo que más curioso me resulta es que lo que para mí es una delicatesen a otros les produzca incluso repugnancia, y ya no hablo de la moda de comer insectos (a la que juro no adherirme así me muera de hambre), sino de alimentos mucho más comunes.
            Ahora que llega el otoño, paso verdaderos apuros para mantener la línea. Las castañas, en todas sus formas, me vuelven tarumba. Cocidas y en puré, acompañando la carne. Asadas a fuego lento. Confitadas en marrón glacé (uf, qué calores me están entrando), en forma de mermelada (sin pan ni nada, a cucharada limpia hasta que muere el bote) e incluso crudas. Pues hay mucha gente a la que no le van. Que si tienen mucha grasa (cierto), que si tienen muchas calorías (cierto también, es parte de su gracia), que si dan muchos gases (vale, así es, pero el tabaco tiene más efectos secundarios y la gente fuma que da gusto), que si me sale un gusano me muero de asco (ni que te fuera a comer, tiras esa castaña y listo). Pero mi infancia no habría sido la misma sin entrar en casa con las manos heladas y recibir las castañas recién asadas, reposando envueltas en papel de periódico y un trapo limpio, para olerlas y absorber su agradable calor antes de comenzar a saborearlas. O sin reservar veinticinco pesetas el domingo para comprar media docena de esas delicias a la castañera del paseo. Un otoño sin castañas no es otoño, no me engañas. El otoño castañero, lo mejor del mundo entero.
            Lo mismo me pasa con las mandarinas verdes. Cuanto más verdes están, más me gustan. Cuando le das un gajo a cualquiera y pone caras raras, están en su punto. Luego maduran, se hacen dulzonas, y para mí se estropean. Ya no como más. Me aguanto el consabido “¿cómo te puedes comer eso? ¡Uf! Están ácidas como limones, qué repelús” y no respondo, porque no se habla con la boca llena, y oveja que bala, bocado que pierde. En cuanto cogen colorcito, dejo de comprar, y a otra cosa, mariposa.
            Sobrevolando la calabaza asada, que también me gusta mucho y también se da por estas fechas, y las chirimoyas, que son imprevisibles, lo mismo encuentras algunas deliciosas que otras que no hay quién les hinque el diente, llego a la crème de la crème de las delicias otoñales, uno de mis mayores pecados gastronómicos: los kakis.
            Empiezo por no entender por qué al color caqui se le llama color caqui cuando es un verde-grisáceo, o gris-verdoso bastante soso y feote, y no tiene nada que ver con el brillante naranja butano más o menos rojizo de los deliciosos kakis de verdad. Esas frutas sublimes, sabrosísimas y llenas de dulzura están en su punto cuando chorrean. De siempre, morder un kaki cuando aún no está maduro es exponerte a que la lengua, los dientes y los labios se te hagan un amasijo y no puedas hablar en toda la mañana, a quienes les ha pasado alguna vez me entenderán: en vez de boca te parece que tienes un estropajo scotch-brite. Pero cuando están maduros, cuando comértelos y chorrear jugo almibarado hasta los codos es todo uno, cuando terminas con la cara llena de gelatina naranja y el paladar inundado de esa dulzura inmensa e inimitable, es cuando más feliz te puede hacer un kaki. Un absoluto disfrute de pocas semanas al año que para mí es un verdadero pecado, una gran debilidad gastronómica que, sin embargo, hay mucha gente que no puede soportar. “Puaj, eso tan baboso, aunque sepa bien da un asco…” “Qué pringue, esto no hay quién se lo coma”. Por eso estoy tan contenta de que hayan inventado los kakis duros. Porque así todo el mundo puede comer kakis y disfrutarlos, y yo la primera. Los compro, los pelo y los reparto entre mi costillo y mis vástagas, y después, a escondidas, voy a mi rinconcito de la nevera, ataco la fuente de kakis blanditos que me trajeron anteayer del pueblo y me pongo hasta los ojos…
            El año que viene voy a probar a hacer mermelada de kaki. Así podré dosificarme mi secreto pecadillo culinario el resto de meses del año. Por cierto, en cuanto termine el otoño me pongo a dieta. Lo juro.

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