sábado, 29 de octubre de 2011

DÍAS LLORONES

            Esto de ser persona de lágrima fácil a veces es de lo más incómodo. Los que somos propensos a que se nos llenen los ojos de agua en cuanto vemos asomar algo de ternura, o cuando somos testigos de algo que no es justo y nos puede la impotencia, y no nos ceñimos estrictamente al llanto de cuando pierdes a alguien querido, solemos ser blanco de las burlas de mucha gente. Blandos, sensibleros, llorones… siempre hay alguna persona cerca que casi te reprocha tus lágrimas: “pues si lloras por eso, el día que de verdad te pase algo no sé qué vas a hacer”. Francamente, una de las cosas que más me molesta es que se me juzgue por mis lágrimas. Más bien yo pienso lo contrario. Pienso que los que son incapaces de llorar ante algo que lo merece tienen un problema. Que los que se reprimen, los que se exigen a sí mismos no sentir para no parecer débiles ante los demás, tienen un problema. Que los que se ríen de los que lloramos tienen un problema. Y hoy me ha pasado algo que me ha hecho pensar: “no vas tan desencaminada, Golpea-teclas”.
            Paco es una persona con una cierta minusvalía psíquica. Es el abanderado de mi banda, un hombre incapaz de albergar el más mínimo sentimiento malo hacia nadie. Sonriente y eternamente sorprendido ante la vida, receptivo a cualquier gesto de cariño de quien sea y con una bendita inocencia que lo hace especial, nos ha regalado siempre su amabilidad y su afecto. No ha faltado a un ensayo ni a una actuación en años, ha llevado la bandera, ha tocado los platos, el bombo y lo que ha hecho falta dentro de sus posibilidades. Llevarle con nosotros a París este verano nos restó a algunos tiempo de visitas culturales, y nos impidió disfrutar de algunas cosas a los que nos hicimos cargo de cubrir sus especiales necesidades, pero a cambio nos entregó su increíble visión de las cosas, un rosario de frases y momentos impagables que hicieron que viéramos un París distinto al que tuvieron los demás. Vivió una semana de continuas sorpresas, de descubrimientos, asombro e ilusión. Y unos días después de volver sufrió un ictus que lo mandó al hospital una buena temporada. Verle allí, en la cama, con el oxígeno puesto y sin poder caminar, contarnos una y otra vez cómo se levantó de la cama de madrugada y la pierna no le sostuvo, cómo se cayó y dónde se golpeó, cómo resistió durante horas en el suelo hasta que su vecina dio la alarma porque no le abría la puerta y entraron a rescatarle… sus ojos, redondos y azules, y sus palabras, no albergaban lástima por sí mismo, por su suerte ni por su enfermedad. Sólo contenían amor y un inmenso agradecimiento a quienes le encontraron a tiempo, a los familiares que le acompañaban en el hospital y a los médicos que le habían salvado la vida.
            Nuestro Paco lleva ya un par de meses en una residencia, continuando con su rehabilitación. Camina con un andador y bastante dificultad, se cansa enseguida, pero aun así no se desanima y mira hacia delante porque su gran ilusión es volver a su pueblo, a su casa y a su banda, a estar rodeado de sus vecinos, sus amigos y sus primos. Esta mañana, un puñado de los músicos más jóvenes acompañados por algunos adultos hemos ido a tocar para él. Para que vea que no le olvidamos y que no pensamos buscar a nadie para que empuñe nuestra bandera, su bandera. Reconozco que me ha costado muchísimo tocar porque las lágrimas y el saxofón no se llevan demasiado bien, pero mi sorpresa ha sido ver a Paco sentado tocando los platos a ritmo de pasodoble, con sus compañeros de residencia bailando algunos y aplaudiendo otros, y a todos los míos, chavales y chavalas de entre once y quince años, tan conmovidos y emocionados como yo, soplando clarinetes, oboes, saxos, trompetas y flautas sin dejar de llorar. Él sonreía mientras golpeaba los platos, y cuando terminó su pasodoble los redondos ojos azules se le llenaron de agua y escondió la cara entre las manos.
            De corazón espero que todos esos chicos no pierdan la capacidad de conmoverse así, y que sepan seguir siendo tan humanos como yo los he visto hoy. Es una de las pocas maneras que nos quedan de saber que en el futuro aún hay algo de esperanza. Quien no sabe llorar tampoco sabe reír, y quien no es sensible a la situación de los demás es porque sólo se mira el ombligo. Soy un ser “pensante, sintiente y llorante”. Me alegro de ver que hay muchos como yo.

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