domingo, 30 de octubre de 2011

EL ÁNGEL DE LOS SUEÑOS

            Hay muchas clases de ángeles, como todos sabemos. Hay algunos muy populares, y otros que no lo son tanto, pero más o menos creemos que los conocemos todos, ¿no? El de la guarda que nos enseñaron de niños, el del amor con su arco y sus flechas, el de la muerte, que nos lleva de la mano durante el tránsito para que no sintamos miedo… Pero hay uno en concreto que no es tan conocido: es el ángel de los sueños.
            La mayor parte de las noches no recordamos lo que soñamos, pero eso no quiere decir que no hayamos tenido ningún sueño. Todas las noches los tenemos, es nuestra manera de asumir lo que nos pasa y lo que nos preocupa, y uno de los recursos que nos quedan para imaginar cómo serían las cosas si viviéramos de otro modo. El ángel de los sueños no está ahí para modificarlos, sino para cruzarlos con los de otros. Os explico: él vuela sobre los tejados de las casas, sobre las ciudades y pueblos, campamentos de refugiados y casas aisladas. Vuela sobre todas las personas que sueñan y ve cómo son esos sueños que se elevan en el aire sobre nosotros; su trabajo es coger esas imágenes y cruzarlas, dejándolas caer sobre personas ajenas. Veréis, con un ejemplo lo entenderéis mejor: una niña ha pasado el día de excursión junto a un río, y por la noche sueña con los felices momentos vividos en la jornada, jugando con su padre en el agua, buscando cangrejos con su hermano mayor y persiguiendo a las ranas. El ángel ve elevarse esa imagen, la recoge y la deja caer sobre alguien que acaba de dormirse a cientos de kilómetros, y ese alguien sueña con unos niños desconocidos que juegan felices junto a un río. Cuando se despierta se da cuenta de que la vida de soltero ya no es para él y que desea encontrar a alguien con quien formar una familia, para llegar a verse un día jugando con sus niños junto a un río como el de sus sueños.
            El ángel del que os hablo no seguía ningún criterio para cruzar los sueños de la gente, con lo cual las consecuencias de su vuelo caprichoso eran imprevisibles; tampoco sabía cómo iban a interpretar las personas las imágenes que recibían. En una ocasión recogió el sueño de una modelo que caminaba con paso firme por las pasarelas, y lo depositó sobre una chica gordita, y ésta deseó tanto aquella imagen que se dejó querer por la anorexia. Sin embargo, también habría podido querer diseñar la ropa que luego las grandes maniquíes internacionales pasean por el mundo, y la enfermedad no se habría presentado.
            Un día, Dios recibió la visita del ángel de los sueños, que venía a pedirle que le cambiara de trabajo. Estaba cansado de ver chicos que sueñan con motos y luego se matan en ellas, a hombres que sueñan con ser ricos y pisan a quien sea por conseguirlo, a niñas que sueñan con ser princesas y pierden los escrúpulos en el intento. No quería pensar que él era el causante de tanto desastre, pero… bueno, no podía evitar creer que así era. Dios le habló con calma: “Ángel, el hombre está confuso. Su egoísmo es tan grande que interpreta los sueños que tiene siempre en beneficio propio, sin pensar en los demás. El hombre que sueña con un gran campo de cereal ya no ve en él la oportunidad de dar de comer a muchos, sino que ve una gran cosecha que puede vender a buen precio y hacerse rico. La niña que sueña que va al cine no aprecia lo que puede aprender de lo que vea, sino que desea ser la actriz de la pantalla, guapa, famosa y rica. No es tu trabajo el que falla, sino su forma de ver las cosas”.
            El ángel de los sueños se dio cuenta de que Dios tenía razón, pero no podía controlar lo que los humanos hacían con las imágenes que recibían. Así que decidió dejar en el mundo “civilizado” los sueños de las personas de los países en desarrollo, los de los niños de la calle de Brasil y Colombia, los de las niñas mutiladas de África, los de los niños trabajadores y semi-esclavos de Asia y la India, los de los padres de familia de Bolivia y Ecuador que cada día se despiertan sufriendo por llevar comida a su casa, los de las madres de Somalia y Etiopía, que paren hijos para enterrarlos en pocos meses, convertidos únicamente en fardos de piel y huesos. Sueños de escuelas, camas con sábanas limpias y platos de comida caliente, médicos a su alcance y cariño de familia, deseos de tener un rato para estudiar, otro para jugar e incluso alguno para aburrirse. Anhelos de mantener el cuerpo íntegro y ser dueños de la propia vida, y no juguetes ni posesiones de nadie.
            El ángel quiere pensar que ese tiempo en que castigó a los hombres con sueños de hambre, angustia y desolación sirvió para que muchos dejasen de mirar sólo por sí mismos. Les enseñó que, por aspiraciones que tuviesen, no podían permitir que éstas fueran lo más importante, hasta el punto de hacer que ignorasen el sufrimiento de los demás.
Yo estoy convencida de que, cuando tengo un sueño bonito o feliz, es un premio que el ángel me otorga por haber hecho las cosas bien. Y cuando mis sueños no son buenos, reviso mi día a día, porque seguro que hay algo que puedo cambiar.

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