viernes, 28 de octubre de 2011

EL DUENDE

            Es difícil conocer a un duende. Hay quien dice que existen, pero nadie los ha visto nunca. Y quien afirma conocer alguno, jamás lo ha podido demostrar, así que los duendes nunca han pasado de ser criaturas pertenecientes al terreno de la magia y la mitología, pero fuera de la realidad. Bueno, quiero decir fuera de la realidad prosaica, dura y materialista en la que vivimos.
            El duende del que os hablo nació y creció sin ser consciente de que lo era. De hecho, siempre pensó que era una persona normal. Pero nada más lejos de la verdad, y os voy a contar por qué.
            El duende vive en una isla maravillosa en la que todo es posible. Es posible soñar y vivir, es posible escuchar las melodías más hermosas, comer los frutos más dulces, disfrutar de un cielo estrellado único en el mundo y ver frío, calor, vergeles, desiertos y volcanes, nieve y playas con sol, todo en el mismo día. Un pequeño mundo dentro del mundo, único y especial. La tierra ideal para dar a luz a un duende con todas sus propiedades mágicas. Pero aun así, nuestro duende ignoraba que era tal.
            Un día, la desbordante creatividad y las ganas de hacer algo distinto y brillante que tenía esa criatura, le dieron una idea. ¿Y si colocaba una valla publicitaria que pudiera verse desde la autovía más transitada de la isla? En ella podría poner sus mensajes, y así serían vistos por muchísima gente. Si era capaz de inventar cada semana una frase que les llegase al corazón, que les hiciese pensar, soñar o cambiar de actitud mejorando su vida, sería tan bonito… Si sólo una persona cada semana se sentía mejor leyendo su mensaje, existir tendría mucho más sentido. Y lo intentó. Una mañana, sin razón aparente, los conductores de aquella carretera vieron una valla alargada y verde en la que se podía leer con claridad, en enormes letras blancas, una frase.
            Nadie le dio importancia, ni lo comentaron siquiera. Simplemente esperaban que la marca comercial que se iba a anunciar apareciese junto a la frase en unos días. Pero no, a la semana siguiente un mensaje nuevo lucía en el panel verde, sin firma y sin marca. En pocas semanas, toda la isla hablaba de él. En pocos meses, incluso los telediarios habían ido a dar la noticia del extraño benefactor anónimo que inspiraba a la isla entera con sus mensajes, unos de reflexión, otros de ánimo, otros de cariño. Curiosamente, la gente interiorizaba sus palabras hasta llegar a creer que, de alguna manera mágica, el autor de aquello les adivinaba el pensamiento, conocía de sus desvelos o de sus problemas, y les estaba dando la clave para solucionarlos y ser más felices.
            Los turistas que iban en masa a disfrutar de aquel pequeño paraíso hacían excursiones a propósito para ver el cartel. Los conductores habituales de la carretera esperaban con ansiedad el día de la semana en que la frase era sustituida por otra durante la noche, cuando nadie podía verlo. Se buscó al autor de aquello para entrevistarlo, y algunos le buscaron para comprar sus palabras y manipular su mensaje. Hubo incluso quien creyó que, a cambio de dinero, el duende anónimo se avendría a decir lo que a otro le conviniese, pero nadie logró encontrarle para corromperlo, ni tampoco para agradecerle su ayuda. Nuestro duende no quería salir en la tele, ni que nadie pudiese ponerle cara, porque sabía que eso rompería el hechizo y el poder de sus mensajes se desvanecería. Él no quería ser el abanderado de nadie. Sólo quería ayudar.
            Un día, alguien quiso apropiarse de su idea. Fotografió el cartel y empleó un conocido programa informático, ese que hace que uno pueda parecer en las fotos lo que realmente no es, para cambiar el mensaje por uno adecuado a sus intereses. Y lo lanzó a las redes sociales haciéndolo pasar por un mensaje real del duende anónimo.
            Nunca, en todos los años de su vida, aquel ser especial se había sentido tan herido. Usado, prostituido, sucio, manipulado, y sobre todo muy, muy triste. Él sólo quería ayudar a las personas, animarlas a mejorar, reparar sus corazones lastimados, pero ahora el lastimado era él. ¿Qué podía hacer? ¿Y si quienes creían en él pensaban que se había vendido? ¿Y si por culpa de aquello la gente dejaba de tener fe?
            El duende anónimo, abatido y apenado, usó las mismas redes sociales que el estafador usara para difundir el mensaje falso. Y con un pequeño texto explicó lo sucedido. Tenía la esperanza de que la gente que creía en él recuperase su confianza, pero no sabía cuáles iban a ser las reacciones. Para su sorpresa, el alud de mensajes de apoyo, de alivio y de solidaridad fue tan grande que se vio desbordado por el cariño. Llegaban de todas partes, no sólo de la isla, sino de todas partes del país y del continente. Le estaban devolviendo una pequeña parte de todo el bien que había hecho en los años de vida de su cartel verde. Cientos, miles de personas le dijeron: “sabíamos que no era posible, tú no te vendes y por eso te escuchamos, porque eres de lo poco auténtico que queda en este mundo de mentiras en el que vivimos. No dejes nunca de hacer lo que haces, duende anónimo. Eres importante para todos nosotros”.
            Ante la presión de tantas personas señalándole con el dedo, el estafador no tuvo más remedio que disculparse. Y el duende anónimo entendió que no tenía sentido complicar más las cosas y, sin más, perdonó y pasó página, sin exigir nada. Ya se sentía resarcido del daño. Entonces, y sólo entonces, comenzó a darse cuenta de su condición de duende. No le dio importancia, cubrió sus orejillas puntiagudas con una gorra y se puso a pensar en la frase de la semana siguiente.
            El “duende” no se compra. Se tiene, o no se tiene.

2 comentarios:

  1. MARAVILLOSO CUENTO CÓMO SIEMPRE SÚ. EL DUENDE DEL CARTEL VERDE ME ENCANTA, Y YO CONOZCO A OTRA PERSONA QUE TAMBIÉN TIENE DUENDE Y NOS HACE DISFRUTAR DE SUS CUENTOS MARAVILLOSOS TODOS LOS DÍAS UN BESO GUAPÍSIMA :):)

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