lunes, 17 de octubre de 2011

ENVIDIA

         Uno de los rasgos inherentes al carácter del ser humano es la envidia. Eso entra dentro de la categoría de verdades incuestionables que rigen el mundo, y Elvira lo sabía. Pero no podía evitarlo. También sabía que la envidia mal entendida genera celos, venganzas y un montón de cosas detestables en las que no quería caer, pero no sabía cómo luchar contra lo que sentía.
            Elvira era gaditana. Creció en una familia modesta con una afición inmensa al carnaval de su ciudad. Su padre y sus dos hermanos pertenecían a distintas chirigotas, les veía ensayar en casa, componer letras, adaptar músicas… amaba el mundo del carnaval de Cádiz tanto como amaba a su familia, pero pronto se dio cuenta de que jamás podría formar parte de él como hacían sus hermanos. Rebosaba talento, ingenio y gracia andaluza, respiraba música por tangos, era imaginativa y curiosa, cantaba bien, tocaba la guitarra. Tenía todo lo que había que tener, menos una cosa. Era mujer. Sólo podía aspirar a disfrazarse, a participar en las cabalgatas y desfiles, pero jamás podría entrar en la competición de chirigotas porque en ella sólo pueden participar hombres.
            Elvira se escondía muchas veces en el local de ensayos del grupo de su hermano mayor, Manuel. Eran, por aquella época, de lo mejor que había en Cádiz. Sus pasodobles eran brillantes, las críticas agudas, los cuplés magníficos, las presentaciones vistosas y originales, los popurrís terminaba cantándolos por lo bajinis toda la ciudad. Eran admirados, imitados y aplaudidos, y cuando parecía que su actuación había sido insuperable, llegaba el año siguiente y aún lo hacían mejor. Elvira se moría por cantar con ellos, estaba llena de ideas para nuevas letras, pero sabía que eso nunca sería posible.
            La rabia y la frustración que le producía el no poder participar de aquel mundo que tanto amaba comenzaron a ocasionarle problemas con sus hermanos. El resentimiento no la dejaba vivir, la envidia se la comía y al fin resolvió marcharse de su casa, incluso dejar Cádiz, para evitar males mayores.
            Tardó pocos años en darse cuenta de que lejos de su tierra se marchitaba como una flor cortada, pero volver suponía abrir de nuevo su particular caja de Pandora, y no lo iba a permitir. Fue entonces cuando se le encendió la bombilla, como ocurre en los dibujos animados.
            Cuando Elvira volvió a Cádiz montó un pequeño taller de creación y costura de disfraces para comparsas. Comenzó diseñando y realizando los de la chirigota de su hermano Manuel. Le quedaron tan bien que al año siguiente fueron tres grupos los que le encargaron su indumentaria. Todo el mundo pensaba que nuestra protagonista ya tenía sus aspiraciones cubiertas, pero nada más lejos de la realidad: lo que ella quería necesitaba mucho más tiempo.
            Una agrupación modesta fue a su taller para tratar de elaborar los bocetos del año siguiente. Andaban un poco perdidos porque su principal letrista, un hombre ya mayor, había sufrido un ictus y no se recuperaba, así que su futuro estaba en el aire. Era su oportunidad. Habló con ellos y les pidió sus partituras, les preguntó sobre los temas que querían tratar, y en qué tono pensaban hacerlo. Así, entre traje y traje, entre patrones y lentejuelas, bocetos y rollos de tela, comenzó a componer las cuartetas ayudada por dos o tres de los muchachos. Algunos eran reacios a que una mujer les hiciera de letrista, pero se las arregló para convencerles de que las ideas eran de ellos, que solamente les estaba ayudando “un poquito”.
            El taller de Elvira se convirtió desde aquel año en el local encubierto de ensayos del grupo. Ella se sentaba a coser o dibujar, ellos se sentaban con la guitarra, y de aquellas tardes salían las letras para las actuaciones, siempre dando la impresión de que Elvira no las hacía, sino que iban surgiendo del ingenio de todos, aunque en el bolsillo de ella ya estaban escritas desde días atrás: dejaba caer sugerencias, versos sueltos, y los chicos lo iban colocando todo en su sitio, como si fuera un puzzle. Así, solapadamente, le fue dando forma a su propia comparsa, aunque nadie habría dicho que la dirigía ella; ni siquiera los miembros de la agrupación tenían la impresión de que era así, pero lo cierto es que así era.
            El año en que la comparsa de Elvira ganó el primer premio en Cádiz, salió a celebrarlo con los muchachos, como uno más. No podía estar en primera fila, no podía actuar sobre el escenario con ellos, pero era el alma de la agrupación. Aunque el resto del mundo no pudiera saberlo, había triunfado en aquello que más amaba, y nadie podría nunca quitarle eso.

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