miércoles, 12 de octubre de 2011

FESTIVAL INTERNACIONAL

            Las personas que dedicamos parte de nuestro tiempo a cultivar y difundir el folklore nos vemos a veces envueltos en situaciones curiosas, o cuando menos, inesperadas. Sobre todo cuando viajamos a algún sitio para participar en uno de esos maravillosos festivales internacionales en los que nos dan la oportunidad de conocer gente, trajes, bailes y músicas de diferentes partes del mundo. Ahí sí que te puedes encontrar cualquier cosa.
            En Teruel se celebra uno de los festivales de folklore más espectaculares que he visto nunca; hará cuatro o cinco años mi grupo estuvo invitado, y ha quedado catalogado como uno de los mejores que hemos vivido. Había de todo: chinos de la zona musulmana, un ballet ruso, mejicanos de Puebla, brasileños, italianos, franceses… éramos tantos que, para una ciudad pequeña como es Teruel, resultábamos una verdadera invasión. Pero no fuimos conscientes de cuántos éramos hasta el día de la inauguración del festival. Ese día todos participábamos en un acto ideado y organizado por el coreógrafo del ballet ruso. Nosotros éramos los que abríamos la noche con tres piezas representativas, y luego comenzaba un espectáculo de imagen y sonido con pantallas gigantes, paisajes, luces y músicas de distintos lugares montadas al estilo new-age. Así, los grupos participantes iban pasando por el escenario haciendo cada uno un pequeño número, para luego irse añadiendo unos a otros y terminar bailando una espectacular coreografía todos a la vez al compás de la misma música. Fue increíble, los italianos detrás en el centro moviendo los brazos, los griegos a ambos lados cogidos de las manos y haciendo un paso, los franceses entrando por un flanco con otro paso distinto, los brasileños a movimiento de samba de un lado a otro, las mexicanas con sus trajes espectaculares dando vueltas por el centro, las rusas vestidas de mariposas por aquí y por allá… el sentimiento de hermandad, de armonía que te iba invadiendo era algo increíble, todo el mundo sonreía, y no recuerdo haberme sentido nunca como esa noche. Pero realmente no es esto lo que yo quería contaros. Esa fue la parte que vio el público, pero la trastienda, antes de salir al escenario, fue muy graciosa.
            Nos concentraron en el gimnasio de un colegio para el ensayo conjunto cuatro horas antes de que empezara el acto. Usamos el patio para bailar y nos cambiábamos dentro; era agosto y hacía calor, así que en el interior del gimnasio el olor a humanidad era inmenso. Allí habían montado un tocador y las rusas, que eran todas iguales (misma estatura, mismo color de pelo y ojos, delgaditas… vamos, como si fueran clónicas), se peinaban y maquillaban unas a otras y preparaban los distintos trajes con los que iban a salir al escenario a lo largo del espectáculo. Los mejicanos, mientras ellas se hacían los peinados y se colocaban las pestañas postizas (que eran como escobas, impresionantes) estaban tumbados por el suelo durmiendo la siesta. Nosotros nos cambiamos todos en un rincón, y salimos a respirar. Los italianos hacían un baile usando unos jarros de cerámica, y los desembalaban mientras los músicos íbamos afinando instrumentos. Las chinas mientras tanto planchaban lo que se iban a poner los chinos (os recuerdo que eran musulmanes, con lo cual ellos no hacían nada mientras ellas lo hacían todo). Luego nos pusimos a bailar con los franceses y los griegos, enseñándonos juegos infantiles y pasos sencillos con su música y con la nuestra… Todo era más o menos normal hasta que salieron al patio los brasileños. Una parte de ellos iban con trajes de samba, pero la otra parte tenía que hacer un baile típico de los indios amazónicos, e iban vestidos exactamente como indios amazónicos. Eran seis chicos, seis bailarines tostados, musculosos, fornidos, con una franja de pintura negra sobre los ojos, el cuerpo untado con una especie de aceite simulando el barro del río Amazonas, una corona de paja y plumas en la cabeza, un taparrabos escasísimo (algo de tela en vanguardia, hilo en retaguardia), y unos brazaletes de la misma paja que el tocado en muñecas y tobillos. Y ya está. Nada más. Completamente lampiños, los cuerpos musculosos y brillantes, en el patio de un colegio de Teruel una tarde de agosto ejecutando una danza ritual de las tribus indígenas. Tremendo. Vamos, que fue salir ellos y se hizo un silencio que se podía cortar con un cuchillo. Creo que nunca le hemos prestado tanta atención a ningún baile como lo hicimos con aquel. Repuestas de la primera impresión, todas las europeas nos fuimos en tropel a la parte de atrás del patio, porque lo mejor del espectáculo era verlo desde atrás. Glorioso. Toda la vida oyendo a los hombres hablar del trasero de las brasileñas, que si las mulatas, que si los tangas, que si las playas de Ipanema, y resultó ser que los traseros más hermosos de todo Brasil, y además untados en aceite, eran masculinos, y nos los sirvieron en bandeja de plata en la tierra del jamón. La bomba.
            La noche terminó en un recinto ferial con un picoteo para todos los grupos. Éramos ciento y la madre, se sirvió vino tinto, canapés, platos de patatas fritas y jamón recién cortado. Una vez más ganamos los valencianos, porque los chinos musulmanes no comían cerdo, con lo cual nos comimos su ración de pata gorrina, y los mejicanos, que estaban al lado, nos cambiaban el suyo por los platos de papas. Ración triple de jamón de Teruel después del banquete visual de jamón del Brasil que nos habíamos pegado. Inolvidable, desde luego.
            El cultivo del folklore es muy sacrificado. Aunque de vez en cuando reporta ciertas satisfacciones…

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