sábado, 8 de octubre de 2011

FOTOGRAFÍAS

            Dedicarse a la fotografía siempre fue el gran sueño de Manuel. Estudió, practicó, se perfeccionó en las distintas técnicas, y finalmente pidió un préstamo al banco y montó un pequeño estudio de fotografía.
            No le faltaba trabajo haciendo reportajes para bodas, comuniones, embarazadas, niños pequeños y, en fin, todas esas ocasiones en las que acudimos a un profesional para que inmortalice los momentos especiales y señalados de nuestra vida. Manuel hacía esas fotos con gusto, porque amaba el mundo en el que se movía, los objetivos, las luces, pantallas, decorados, y en fin, todos los elementos que empleaba en hacer su trabajo. Pero lo que realmente le apasionaba era fotografiar animales. En concreto perros.
            Siempre quiso tener un perro, pero en su casa no estaban por la labor. Por eso, en cuanto se independizó adoptó uno. Desde el día en que Rufo entró en su vida, ya ninguna vivienda le parecía un verdadero hogar si en él no había un perro o un gato. Fue a una protectora de animales cercana y paseó entre las jaulas. Se fijó en un chucho pequeño, feote y de mirada triste. Tenía el pelo marrón y grueso, como el de los jabalíes, y cuando se acercó al chenil el animal no se levantó, aunque movió levemente la cola. Preguntó por él y le dijeron que era un perro maltratado y abandonado, y que siempre estaba solo y triste, como si sintiese que no merecía la pena seguir viviendo. Ya ni siquiera comía, y no quería salir de la jaula. Manuel lo adoptó. O mejor dicho, Rufo adoptó a Manuel y se aferró a él como a un chaleco salvavidas. Desde entonces sólo se separaban cuando el trabajo no dejaba otra opción. Pero la visita al centro de adopciones le dejó al fotógrafo una huella que no pudo borrar, así que comenzó a dedicar ratos muertos y días de descanso a fotografiar a los perros que iba recogiendo la protectora de animales.
            Igual que cuando hacía un reportaje a una embarazada, fotografiándola una vez al mes para luego componer un álbum del crecimiento de su barriguita, cosa que ahora está muy de moda, Manuel empezó a hacer series de fotografías de los perros abandonados que iban llegando al refugio. Fotografiaba el crecimiento de los cachorros, y también la evolución de los animales adultos, que generalmente llegaban llenos de parásitos, heridos y muy flacos, con la mirada vacía y sin alegría de vivir, y con el paso de las semanas, el cariño de los voluntarios y el cuidado de los veterinarios iban mejorando poco a poco hasta recuperarse. De paso, entre foto y foto, se fue involucrando en la atención a los animales como un voluntario más.
            Un par de años después de comenzar su trabajo con los perros, acudió a su estudio una familia. Tenían una niña que iba a hacer la Primera Comunión y querían contratar un reportaje para que se lo hiciera en los decorados que tenía preparados a tal efecto. Manuel tomó nota y les dio fecha para unos meses después; cuando faltaban dos semanas para realizar ese trabajo, la madre de la niña le llamó para anular la cita. Silvia, su hija, había sido atropellada en un paso de peatones, y las lesiones posiblemente la dejarían en una silla de ruedas. Manuel sólo acertó a balbucear un “lo siento” antes de colgar el teléfono, pero la noticia le dejó bastante maltrecho de ánimo. Necesitaba consuelo, así que cogió a Rufo, lo subió al coche y se fue al refugio de animales. Los perros del refugio le ayudaban siempre a sentirse mejor.
            Por esas fechas ingresó en el centro un perrito. Era negro y blanco, de buen tamaño, orejas grandes y largas patas; venía herido por atropello, con la columna dañada y bastante mal pronóstico. Manuel vio a Silvia reflejada en él, y se volcó en salvarlo. Pagó las operaciones, el tratamiento, la rehabilitación… todo el mundo le aconsejó sacrificar al animal, pero él se negó. Necesitaba creer que había otra oportunidad para Bombón. Finalmente, el perro se recuperó, aunque sin movilidad en las patas traseras. Voluntarios estudiantes de biomecánica le fabricaron un carrito con dos ruedas: así, Bombón podría, con medio cuerpo sujeto al carrito, caminar solamente impulsándose con las patas delanteras en el suelo. Manuel estaba contento, rellenó los papeles y adoptó a su nuevo amigo, aunque su intención no era quedárselo. Iba a ser un regalo.
            Silvia también sobrevivió a su accidente, aunque quedó parapléjica. Demoledor y terrible destino para una niña de nueve años, desde luego, pero no el final de su camino. Le quedaba mucho por vivir, aunque ella no era capaz de verlo. No iba al colegio, no quería ver a nadie. Le daba vergüenza salir de casa con su silla de ruedas, ya no podía jugar ni correr con sus amigos. Se había convertido en una sombra. Manuel fue a verla con su cámara, resuelto a hacerle unas fotos; no se negó, pero fue incapaz de sonreír. Al mes siguiente, volvió y le sacó nuevas fotos. Las ojeras de Silvia daban miedo, y también su delgadez. Un mes después, aún tenía peor aspecto, pero Manuel la fotografió igualmente. Al cuarto mes le llevó un álbum de fotos. En la primera instantánea, un perro blanco y negro aparecía tumbado, herido, en una mesa de operaciones. Sangraba, y sus ojos llenos de miedo parecían traspasar el papel fotográfico. En la siguiente imagen, Bombón recibía una cura; llevaba un gotero, un collar isabelino, iba vendado y cosido por varios sitios. En la siguiente, menos vendas y una lengua lamiendo la mano del veterinario. Pasando la página, el perro con su carrito de dos ruedas. En la última, Bombón jugando en el parque con su amigo Rufo. Sus ojos reían. “Silvia, curé y cuidé a este perrito para que tú seas su ama, pero él necesita a alguien valiente, que salga con él de paseo. Bombón quiere acompañarte al colegio, salir a jugar contigo al parque, pero igual que él necesita de su carrito para caminar, tú necesitas el tuyo. A él no le da vergüenza, y ha vuelto a ser feliz porque puede desplazarse solo, estar con sus amigos, y aunque necesita un poco de ayuda, a cambio tiene una vida. Piénsalo”.
            Manuel acaba de terminar el reportaje de la Primera Comunión de Silvia. En las fotos aparece sonriente, ilusionada, y con Bombón, su perro, en brazos. Como regalo, Manuel le ha dado el álbum que compuso con las fotos que le había ido haciendo durante su rehabilitación y su adaptación a la nueva vida en silla de ruedas. Dieciséis meses, dieciséis fotos en las que se iba viendo a Silvia pasar de ser una sombra a convertirse en un ser vivo con ganas de continuar adelante. Dieciséis pasos hacia la vida.

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