sábado, 15 de octubre de 2011

GRANDES MOMENTOS DE LA HISTORIA DEL CINE

            Tengo que comenzar diciendo que entiendo muy poco de cine. Hago esta aclaración para que los expertos en el tema no piensen nada raro. No sé si una película es de calidad, ni sé nada sobre técnicas cinematográficas, ni nada de eso. Sólo sé “esta peli me gusta” “esta no me gusta”, o “me lo pasé en grande” o “me aburrí como una ostra marinera”. Me pasa igual con los vinos, yo pruebo un vino y no distingo más que lo que me dice mi lengua: “buf, qué cosa más ruin”, “se deja beber” o “leñe, qué rico está esto”. No me hables de añadas, de variedades de uva, de grado de curación en barrica ni de “notas de frutos rojos en el fondo del paladar” o “matices de roble americano presentes a la entrada en boca”. O me gusta, o no. Y ya está.
            Soy una mujer, y como tal un ser tirando a emocional, más o menos dependiendo del día. Por eso las películas de tiros, patadas y guerras no me atraen nada. Intenté una vez ver la del soldado Ryan, un peliculón según todo el mundo, pero no aguanté más de diez minutos. Cuando llegó la escena en la que, durante el desembarco de Normandía, un soldado arrastra de la mochila a su amigo herido para sacarlo de la línea de fuego, y cuando se da cuenta sólo lleva medio amigo y el resto ha volado por obra y gracia de una granada enemiga, se me puso el estómago del revés y quité la peli. Hay cosas para las que no estoy preparada. Sin embargo hay otras películas que me han dejado huellas imborrables; algunas son grandes superproducciones. Otras no.
            Mis grandes momentos de la historia del cine van, normalmente, ligados a un paquete grande de pañuelos, porque como ya he dicho soy un ser emocional, así que igual que el movimiento se demuestra andando, la emocionalidad se demuestra llorando. Puedo asegurar que el Titanic lo hundí yo de tanto que lloré en el cine. Mira si lloré que volví a pagar entrada para ver de nuevo la peli y seguir llorando. Mi costillo me decía “¿Te destripo el final? El barco se hunde y él se muere”, pero a pesar de saberlo, lloré igual o más que la primera vez. Y qué a gusto, oigan.
            Otro de los grandes momentos de mi particular historia del cine fue Forest Gump enterrando a su Jenny. Dios, qué lagrimones, se le veía tan indefenso, tan perdido, tan desolado que se me contagió su desconsuelo y estuve una tarde entera sin poder parar. Y ya para qué hablar de “la lista de Schindler”, que fueron casi tres horas de llanto intermitente culminado por la escena en que los judíos salvados, ya ancianos, y sus descendientes, hacían cola frente a la tumba del protagonista para dejar sobre ella una piedra en señal de gratitud. El ver, el constatar que aquello ocurrió de verdad y que toda esa gente seguía ahí gracias al loco empeño de un solo hombre, me produjo tal impacto que luego era incapaz de serenarme. Eso suele pasarme cuando alguna peli, como esa, me enseña hasta qué punto los seres humanos podemos ser malvados, y hasta qué punto también podemos ser compasivos y buenos: me desata tal tormenta emocional que recuperar la calma supone todo un reto.
            A lo largo de mi vida he visto muchas películas, aunque menos de las que hubiera deseado ver. De todas, aparte de las que ya he mencionado, me voy a quedar con tres, que resumen mis extraños gustos en materia de cine. Para empezar, “Love Actually”, con su catálogo de caras conocidas y el aluvión de sentimientos que produce; desde que la vi, cuando voy a un aeropuerto suelo tener que esconderme en los aseos a llorar sólo de ver a los viajeros que llegan y la alegría de los que vienen a esperarlos. Como segundo plato, “Como agua para chocolate”, tan de mi estilo y tan llena de magia que la siento como si fuera un poco mía. No sé las veces que la he visto. Unas chorrocientas, más o menos. Y para terminar, “Despertares”, en la escena en la que un magistral Robert de Niro vuelve a ser un vegetal dominado por una extraña enfermedad, ante la triste mirada de su médico, Robin Williams, que ve impotente cómo sus experimentos, que habían conseguido sacar al enfermo de toda una vida siendo un trozo de carne y le había dado la ilusión de ser persona por unos días, van perdiendo efecto hasta volverlo a dejar en su estado original.
            Llorar en el cine es una gran válvula de escape. Os lo recomiendo como terapia: a mí me deja nueva.

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