jueves, 13 de octubre de 2011

HALLOWEEN

            Estamos perdidos. Los americanos nos invaden. Y no, no estoy loca, sé lo que me digo. Todos los años pienso en ello cuando se aproxima el uno de noviembre, y cada vez estoy más convencida de que tengo razón: una colonización silenciosa se está extendiendo peligrosamente sin que nos demos cuenta, y acabará con nuestra cultura para imponer la suya y no dejarnos ni el recuerdo de lo que un día fuimos.
            A veces pienso en la cucaracha roja (americana), que desde que llegó a nuestro país se ha cargado a la cucaracha autóctona (negra y más pequeña) por el simple método de comérsela a bocados. Así, ahora la nuestra se ha extinguido, y sólo quedan ellas, largas, voladoras, voraces, veloces y auténticamente asquerosas por donde se las mire. Vale, las nuestras también eran un asco, pero eran de aquí. Y ya no están. Lo mismo ha pasado con el cangrejo de río. El nuestro, marrón oscuro, sabrosísimo, vivía feliz y era engullido por nosotros con verdadero placer. ¿Y dónde está? Pues desaparecido en combate desde que a alguien se le ocurrió la brillante idea de soltar en nuestros cauces fluviales los cangrejos rojos (americanos también, oye, qué casualidad) para ver qué pasaba. Y pasó que se comieron a los nuestros, y todos los años cuesta una pasta reducir su número para que no echen a perder las cosechas de arroz con su puñetera manía de cavar túneles y vaciar los campos del agua que le es vital a ese cereal para desarrollarse. Y encima de que los malandrines no saben a nada, se ponen chulos y como te descuides se te pinan y te arrean un pellizco con sus pinzas. El caracol manzana, el mejillón cebra, el siluro del Ebro, el black bass… todas ellas son especies invasoras que nos perjudican y aplastan por sistema lo que teníamos aquí, que era bueno y además era nuestro. Pues el Halloween de las narices está haciendo lo mismo.
            ¿Qué hacíamos aquí la noche del 31de octubre? Pues recogernos en casa, y recordar a aquellos a quienes amábamos y ya no están con nosotros. Sacábamos fotos antiguas, y les contábamos a nuestros hijos quiénes fueron sus bisabuelos, o sus abuelos, o los tíos a los que no llegaron a conocer, los amigos que partieron demasiado pronto, y lo que nos aportaron. Nos descubrían, y nosotros les descubríamos a los siguientes, cuál es su herencia de sangre, lo que nos enseñaron, cómo hablaban, qué decisiones tomaban, cómo vivían… Era una noche llena de cariño, que precedía a un día dedicado a aquellos a los que amamos y que fallecieron dejándonos un montón de recuerdos preciosos. El uno de noviembre íbamos al cementerio y honrábamos su memoria, con flores o sin ellas, pero sobre todo era un día para tener presentes a todos los que contribuyeron a hacer de nosotros lo que somos. Y resulta que ahora llegan los americanos a colonizarnos, y poco a poco están desplazando nuestra fiesta de Todos los Santos, y la víspera, la noche de los fieles difuntos, se convierte en una bacanal de disfraces absurdos, en la que los niños se visten de cosas que aún ni comprenden para ir por ahí en cuadrilla llamando a los portales y pidiendo chucherías. No sólo no me gusta, sino que durante años me negué a abrir la puerta cuando llamaban. Pero llegaron mis hijas y me dijeron ¡¡¡¡QUIERO UN DISFRAZ DE VAMPIRA PARA HALLOWEEEEEEEEEEEEENN!!!!! Y al final, piqué. Sigo aferrándome a los empiñonados y a los huesitos de santo, que es lo nuestro, y sigo insistiendo en respetar el día de Todos los Santos que heredé de mis mayores, pero no me ha quedado más remedio que unirme a la mamarrachada americana con tal de que mis hijas no vayan solas por ahí con el resto de enanos pidiendo golosinas y tocando los timbres (y las narices) a los vecinos del pueblo.
            El tema de los americanos y sus inventos del TBO me está ya empezando a superar, así que, si lo permitís, voy a desahogarme: Viva el día de Todos los Santos, viva el cangrejo de río autóctono, vivan las tortugas de albufera, las cucarachas negras, la carpa de río de toda la vida, la trucha y el barbo, y vivan los Reyes Magos y el Ratoncito Pérez. Y a Hallowenn, las calabazas, vampiros, fantasmas, cangrejos rojos, cucas voladoras, black-basses varios, siluros y demás, que se vayan con Papá Noel de paseo al Polo Norte, a ser posible para quedarse allí y no volver a asomar el morro por aquí nunca más. Amén.

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