lunes, 24 de octubre de 2011

INSOMNIO

Pedro dio una nueva vuelta en la cama. Y otra más. Ya tenía las sábanas enrolladas alrededor de su cuerpo de tantas veces como había tratado, sin éxito, de acomodar su postura para conseguir conciliar el sueño. Miró los números luminiscentes de su despertador de mesita. Eran las cuatro de la madrugada, y aún no había logrado cerrar los ojos. Pronto serían las seis y media y volvería a levantarse para ir a trabajar sin haber descansado nada.
            Jamás le había pasado nada parecido. Pedro siempre fue una persona tranquila y de buen dormir, que comenzaba a soñar apenas su cara tocaba la almohada y no volvía en sí hasta que el despertador le gritaba con insistencia la necesidad de espabilarse. Después necesitaba una ducha y un café para empezar a ser persona. Le encantaba dormir, cuantas más horas mejor. Los fines de semana y festivos no madrugaba, y estiraba todo lo posible las horas de sueño porque pocas cosas le hacían disfrutar más que dormir a gusto, y eso era un lujo escaso entre semana. De hecho, si tenía que elegir entre descansar y comer, prefería el hambre que la falta de sueño.
            Comenzaba a sentirse desesperado. Ya llevaba un mes sin ser capaz de dormir más de dos horas seguidas, y no porque no estuviera cansado. Había probado con todo: cambió el colchón, la almohada, ventiló la habitación, se abrigó, se desabrigó, cerró las persianas, tomó vasos de leche tibia, valerianas, tilas… El médico de cabecera le recetó unas pastillas, pero se negó a tomarlas: le daba miedo llegar a necesitarlas demasiado, y prefirió guardarlas en un cajón, como un último recurso al que no deseaba llegar.
            En el trabajo las cosas empezaron a ir mal. No podía concentrarse, cometía errores estúpidos fruto del agotamiento, así que cuando recibió el primer toque de atención procedente del jefe de personal pidió una baja por enfermedad.
            Por más que buscó en su mente una explicación a lo que le estaba pasando, no pudo encontrarla. Estaba en paz consigo mismo, su conciencia no tenía nada que reprocharle. O eso creía él. No le faltaba el dinero, no tenía mujer ni hijos de los que preocuparse, sus padres estaban sanos, tenía amigos y nada en su vida iba mal. No encontraba quebradero de cabeza alguno que pudiera producirle el insomnio que padecía. Dejó el café y el té, y se pasó al poleo. Salía a dar paseos. Nada. Natación. Tampoco. Saunas relajantes, tratamientos de hidroterapia, yoga, música suave… nada de nada.
            Lo comentó con sus amigos. “Ve al médico a que te haga unos análisis, tal vez estés incubando alguna enfermedad”, le dijeron ellas. “Falta de sexo”, diagnosticaron ellos. Pedro se hizo los análisis, y aparte de algo de colesterol no dieron ningún resultado concluyente. Comenzó a acariciar la idea de tomarse las pastillas, pero la desechó. Leyó varios libros aburridos a ver si surtían efecto: de niño, las lecturas obligatorias del colegio le hacían dormir rápidamente. Nada.
            Recordó a la última chica con la que había ligado. Era la camarera de uno de los pubs a los que solía ir con los amigos. Para llevársela al huerto le dijo: “cambiaría un año entero sin dormir por una noche contigo”. Había tardado semanas en conseguir esa noche, pero una vez hecha la conquista perdió el interés, como le ocurría siempre, y esa fue su única cita. A ella no le sentó demasiado bien, por lo visto se había hecho ilusiones de que era sincero, pero bueno, así eran las cosas del amor, ¿no? Pedro no había nacido para comprometerse.
            Dio una nueva vuelta en la cama y volvió a pensar en ella. No recordaba ni su nombre. ¿Arancha, quizá? ¿Anabel? Empezaba por “A”, pero… No, la idea era descabellada. No podía ser. Miró el reloj: las dos de la mañana. ¿Y si…?
            Se vistió deprisa, cogió su coche y aparcó frente al pub. Estaban a punto de cerrar, vio a Aurora salir junto con una compañera y la detuvo antes de que se subiera al taxi que había pedido; Pedro le pagó al taxista para que se fuera e invitó a la camarera a una copa en un local cercano. Ella le miraba, burlona, regodeándose de su mal aspecto, de su barba de cuatro días, sus ojos rojos y sus ojeras violáceas.
            “Has sido tú, ¿verdad? ¿Qué me has hecho? ¿Por qué?”. Ella saboreó su gin-tonic y su venganza con manifiesto deleite. Sonrió. “Mentiste, prometiste, ilusionaste. No ofrezcas amor cuando sólo quieres sexo, y aprende que las mujeres no somos trofeos. Dijiste que cambiabas un año de sueño por una noche conmigo, y tuviste tu noche. ¿Creías que no ibas a pagar por ella? “ Pedro se echó a llorar como un niño.
            Pidió perdón de todas las maneras que se le ocurrieron. Aurora aceptó sus disculpas y su compromiso de no volver a prometer a una mujer nada que no fuera a cumplir. Al llegar a casa, Pedro se acostó y durmió una semana entera de un tirón. Estoy segura de que no olvidará la lección aprendida.

No hay comentarios:

Publicar un comentario