martes, 11 de octubre de 2011

LA CAJA DE LOS BOTONES

            La abuela Pilar tenía Alzheimer. Hacía ya bastantes años que se le había comenzado a manifestar con pequeños olvidos y despistes. Gracias a Dios, el abuelo Roque ya no estaba para ver cómo su mujer, a la que siempre amó con toda su alma, se iba volviendo una niña pequeña poco a poco. Los despistes se habían ido agravando durante los últimos meses, hasta que un martes salió a por el pan y no supo volver a casa. Al fin, un vecino la vio y la acompañó. Al día siguiente, puso una sartén con patatas a freír, y después se fue a dar un paseo, olvidando que estaba el fuego encendido. Cuando volvió, de su casa no quedaba prácticamente nada más que un montón de ruinas humeantes.
            Así fue como la abuela Pilar acabó viviendo en casa de su hija Paula. Patricia, su nieta, trató de rescatar de los restos del incendio algún recuerdo de sus abuelos que poder conservar. Rebuscando entre el escombro, encontró una caja de lata, redonda y no muy grande, de esas que se usan para envasar las galletas de mantequilla. El dibujo original que la adornaba estaba chamuscado y apenas se veía, pero el contenido se había conservado bien. Patricia conocía de sobra aquella caja, porque había jugado con ella desde pequeña. Era uno de los tesoros de la abuela Pilar: la caja de los botones.
            Los tiempos duros en los que había vivido Pilar cuando joven dieron lugar a una generación de mujeres que sabían solucionar casi todo con sus propias manos. Cosían, tejían, reciclaban, guisaban, pintaban, cortaban… Si una camisa tenía ya rozaduras, le daban la vuelta al cuello y a los puños, y parecía nueva. Si un niño crecía, su ropa se achicaba para el hermano siguiente. Si una niña crecía, sus faldas se alargaban con volantes de colores. Si una prenda ya no tenía remedio, se guardaban los botones, para así reparar otra, o coser una nueva y no tener que comprar la botonadura. La abuela Pilar iba guardando los botones de todas las prendas de las que se tenía que deshacer por si hacían falta, llegando a acumular cientos de ellos. Los tiempos cambiaron, las cosas mejoraron, pero la costumbre de guardar los botones estaba tan arraigada en ella que ya no la perdió nunca. Ahora que se compra todo hecho, que sale mucho más barato ir a la tienda a por una camisa nueva que el tiempo que cuesta arreglar una usada, ahora que las modistas son sinónimo de lujo y exclusividad y nadie cose en casa por necesidad, la caja de los botones había perdido su sentido, pero aun así la abuela Pilar no quiso tirarla y siguió acumulando nuevos ejemplares en ella.
            Patricia llevó la caja a su casa y repasó su contenido. Allí había botones de todas las épocas, tamaños, formas y colores. De nácar, de plástico, de madera, de latón, dos o cuatro agujeros o presilla trasera, camiseros, chaqueteros, de abrigos, de vestidos, de faldas, forrados en tela, lisos, rugosos… Algunos los recordaba de siempre, y otros eran más nuevos. Reconoció unos de color azul marino, pertenecieron a un traje del abuelo Roque, el que usaba para las ceremonias; lo enterraron con aquel traje, pero la abuela, antes de dárselo al de la funeraria, le cambió los botones a la chaqueta por otros de peor calidad, y se quedó aquellos de recuerdo. También reconoció unos que iban cosidos a una de sus rebequitas de bebé, en forma de ositos rojos. Llevaba esa rebeca puesta en una foto; cuando creció, la abuela guardó los botones, deshizo la chaquetita, y con aquella lana le hizo una funda para guardar las medias.
            Después del incendio, la abuela Pilar perdió la poca razón que le quedaba en dos meses escasos. Ya no sabía cómo ponerse el vestido, no se acordaba de ir al aseo, no reconocía a Paula como su hija, ni a Patricia como su nieta. Llegó a ponerse agresiva, necesitaba una atención constante que en casa no podían darle, y buscaron una residencia para ella; Paula iba a verla a diario, después del trabajo, y casi siempre volvía llorando. Patricia iba dos días a la semana, pero la abuela Pilar la miraba y no hablaba. Era una extraña.
            Una tarde, Patricia llevó a la residencia un álbum de fotos familiares. No sirvió de nada, aquellas caras le resultaban ajenas a Pilar, incluso la suya propia le era desconocida; insultó y arañó a su nieta cuando quiso abrazarla, y las cuidadoras le tuvieron que administrar un tranquilizante. A Patricia le dieron ganas de no volver, pero no podía hacerlo. Aquella mujer aún era su abuela. Tenía que haber una manera de que todo no fuera tan doloroso.
            Al día siguiente, Patricia volvió a ver a la abuela Pilar. En su mochila llevaba la caja de los botones. Había limpiado bien todo el hollín para que ella no se manchase. Se sentó frente a la anciana, y sin decirle nada le dio la caja. Un destello de ternura se encendió en los ojos de Pilar, que comenzó a sacar botones murmurando. Uno azul celeste de una falda que tuvo de joven la hizo sonreír. Otro, de una blusita de su hija, le arrancó un “este de mi niña Paula”. Besó uno por uno los de la chaqueta azul marino del abuelo Roque, y un osito rojo le hizo decir “mi payasita, qué guapa”. Estuvieron toda la tarde repasando botones. Esa caja era lo único que unía el cuerpo de la abuela Pilar con lo que había sido su vida, y ya no se separó de ella.
            A veces Patricia abre la caja y juguetea con los cientos de botones que hay en ella. Dejó que sus primas se quedasen con las pocas joyas que tenía la abuela, porque para ella no significaban nada. La única herencia que quería conservar era aquella caja redonda que encerraba la vida de toda su familia.

1 comentario:

  1. Que recuerdos, mi abuela tmb tnia una caja d botones, y yo d xica me entretenia n sparcirlos x l suelo

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