miércoles, 19 de octubre de 2011

LA CHARCA DE LAS RANAS

            En una pequeña charca vivía una población de ranas. Las había viejas y jóvenes, grandes y pequeñas, tranquilas y revoltosas. No eran demasiadas, y se conocían todas. Cuando una se casaba, todas lo sabían. Cuando un sapo engañaba a su rana, todas lo conocían, igual que cuando una rana engañaba a su sapo, cuando un sapo disfrutaba de la compañía de varias ranas en la misma temporada, y cuando una rana le hacía ojitos saltones a todos los sapos que se le ponían a tiro. También se sabía qué ranas cuidaban de sus renacuajos y les procuraban buena educación, y cuáles dejaban a sus pequeños criarse salvajes por el charco. En una comunidad tan pequeña todo se sabía.
            Una familia de ranas de boca grande y piel venenosa vivía también en la pequeña charca. Trabajaban poco y se divertían mucho. Quienes las conocían bien se relacionaban con ellas guardando una cierta prevención porque la ponzoña que había en sus cuerpos era bastante tóxica, y los que llegaban nuevos a la charca terminaban sabiendo antes o después cómo de intensos eran los dolores de cabeza que podía producir su contacto. Los sapos más viejos del lugar decían “de padres camaleones, hijos de colores”, y esperaban acontecimientos.
            Un día, algunos renacuajos de la familia de las ranas de boca grande, que desde que no tenían más que cabeza y cola ya se movían solos por la charca, pensaron que, igual que en su nenúfar hacían lo que les daba la gana, también podían hacer su voluntad en el resto de la charca. Si otro renacuajo les caía mal o no les obedecía, escupían un poco de su veneno y siempre ganaban. Renacuajos de otras familias se arrimaban a ellos para sentirse más fuertes, sobre todo aquellos menos inteligentes, de carácter más débil o menos vigilados por sus padres. A las ranas de boca grande esto les parecía un comportamiento fantástico, y lo alentaban. Si otras ranas trataban de defender a sus renacuajos de los venenosos, recibían también una dosis de tóxico por parte de las ranas de boca grande. Mientras, el resto de ranas de la charca miraban para otro lado, no fueran a verse afectados también por el veneno. Nadie quería problemas.
            Como estudiaban poco y se divertían mucho, los renacuajos de boca grande tenían muchos amigos, y pasaban mucho tiempo nadando y croando a sus anchas. Un día, sin que se diera cuenta nadie, una serpiente entró en la charca y se escondió en el fondo. Observó durante días, y atacó cuando sabía que las ranas y sapos jóvenes estaban jugando solos y distraídos. De nada les sirvió el veneno a los renacuajos de boca grande: a las serpientes no les afecta.
            Los sapos más viejos del lugar croaron entre ellos: “Aquellos polvos traen estos lodos”, y pesadamente volvieron a sus nenúfares para pasar la noche.

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