domingo, 16 de octubre de 2011

LA TORTILLA DE PATATAS

         Cuando preguntas a la gente cómo se hace una tortilla a la española, o sea, una tortilla de patatas, que es como la conocemos todos, cada persona te dará una versión distinta. En esto, como en todo, cada maestrillo tiene su librillo, y hay tantos gustos como paladares distintos. En lo que sí coincidirá más o menos todo el mundo es en opinar que hacer una buena tortilla de patatas, pero buena, buena, es todo un arte. Yo, heredera de una estirpe de magníficas mujeres y buenos hombres, convoco un pequeño aquelarre casero cada vez que quiero preparar una.
            Mis primeros ascendientes aparecen cuando salgo para el mercado. En el puesto de las verduras, mi abuela Veva me dice: “patatas gallegas, niña. Gallegas como yo.” Entonces habla la tía Manuela para decirme: “y cebolleta fresca, si se puede. Queda más suave. Si no hay, cebolla de la que haya, pero no dejes de ponerle.”
            En el puesto de los huevos es el abuelo Miguel el que me sopla al oído: “los huevos pintos, frescos, y en verano búscalos pequeños, que tienen menos agua”.
            Una vez en casa, mi madre aparece en mi mente diciéndome: “no uses un aceite virgen para freír, el sabor es demasiado intenso y tapa los demás sabores. Mejor refinado. Corta la patata en láminas, como yo te he enseñado, para que se frían pronto y no beban demasiada grasa. Y déjala luego en el escurridor un buen rato, que así el aceite cae y no va a la tortilla”.  Después llega el soplo de la tía Ana, con su toque distinto: “con la patata a medio freír, añádele una manzana verde cortada también en láminas, y verás cómo cambia para mejor. Y la cebolla, bien hecha, que quede dorada, está mucho más dulce y sabrosa”. Yo les voy haciendo caso a todos, como buena hija, nieta y sobrina que soy.
            Al batir los huevos viene a verme la abuela Máxima, con su delantal de cuadros azules, y me detiene la mano: “un huevo menos, niña. Y pon un chorro generoso de leche fresca. Luego, la sal fina, y con tiento, ya sabes que del guiso soso comen todos, y el salado sólo lo come el gato”. Yo sonrío y obedezco.
            La bisabuela Ángela es la última en venir, entonando una coplilla leonesa de aquellas que tanto le gustaban, me elige la sartén más vieja del armario para cuajar la tortilla, y de paso me señala un plato, pocos milímetros más chico que el diámetro de la sartén, lo justo para que quepa dentro y me ayude a darle la vuelta sin riesgo de que se me rompa. Ella gradúa el fuego al medio, y me recuerda revolver la mezcla al principio para que el huevo no quede crudo. Yo le doy mi toque dejándola todo lo tierna que puedo, sin que se deshaga, porque soy una fanática de las cosas poco hechas, pero todo lo demás es patrimonio de mis mayores.
            Cada tortilla de patatas que hago es un homenaje a mi familia, y cada uno de sus consejos lo siento como un beso por parte de los que ya se me fueron, y un motivo para hacer una llamada a los que aún me quedan. Para mañana he preparado una. ¿Gustáis?

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