domingo, 9 de octubre de 2011

MI GUITARRA

            Hace un par de años me compré una guitarra. Bueno, en honor a la verdad, estaba ahorrando para ella, pero mi otra mitad, siempre atento a mis ilusiones, me compró a Laila. Es preciosa, brillante, con un color castaño cálido y delicioso, un eco divino en su interior y muchas canciones por cantar. Enseguida me apunté a clases, pero me fue imposible mantener los ensayos de los dos grupos, las clases de saxo y solfeo, el trabajo, la casa, la familia… Además, el profesor enfocaba más al heavy metal que al acompañamiento festivo, y no nos entendimos. Él no conocía a Aute, Sabina le sonaba de lejos, de Silvio no había siquiera oído hablar, y a mí Deep Purple… como que no. Y dejé de ir.
            Laila, en su funda negra, es un recordatorio constante de los proyectos que emprendemos con ilusión y dejamos a medias. Quiero volver a ella, pero nunca encuentro el momento. Compré varios métodos para aprender a tocarla, pero no sirven de nada si no sale de la funda, si no la afino y practico con sus cuerdas. La tengo apoyada en la pared de mi habitación, frente a mi cama. La veo cuando me despierto y cuando me acuesto, para no olvidar que está ahí, mirándome, y diciéndome: “me compraste para cumplir un sueño antiguo. ¿Qué ha sido de él?”
            Uno de los recuerdos de adolescencia que con más cariño atesoro es el de muchas tardes de domingo con mis dos grandísimas amigas, Emma e Irene, las más antiguas que conservo. Ya fuera en la playa del Sardinero, en la campa de la Magdalena o en casa de alguna de ellas, Irene sacaba su guitarra y su cuaderno de canciones, y podíamos estar muchas horas cantando. El repertorio era enorme: “Al alba”, “Te doy una canción”, “A por el mar”, “El unicornio azul”, “Libre”, “Cuando vuelvas”, “Yolanda”… Cantábamos y reíamos, y no necesitábamos nada más. Añoro la felicidad y la despreocupación de aquellas tardes, el cariño de mis dos apoyos de juventud, la complicidad y las risas. Yo miraba a Irene, y admiraba la habilidad de sus manos tocando la guitarra. No sentía envidia, porque no se puede sentir nada negativo hacia una persona como ella, tan hermosa por dentro como por fuera, pero sí deseaba aprender para poder hacer magia con la guitarra, como ella hacía.
            En estos años, desde aquellas tardes de canciones y sueños, he aprendido muchas cosas, he trabajado en muchas otras, he emprendido muchos proyectos, y mi viejo deseo de tocar la guitarra se ha ido quedando en el camino. Por eso compré a Laila: para volver a mi esencia, a ser lo que yo quiero, y no lo que debo, o lo que las circunstancias me empujan a ser. No digo que no ame tocar el laúd o el saxo, que a fuerza de tenerlos en las manos ya forman parte de mí; sólo que ellos son circunstancias a las que me amoldé en un momento de mi vida. Pero igual que he sido cuidadora geriátrica, envasadora de frutas, operaria de máquinas y administrativa antes de ser escritora, que ha sido siempre mi esencia primera aunque no lo supiera, con la guitarra me pasa lo mismo. Y llegaré a poder sacar a Laila para arrancarme por José Luis Perales o Pablo Milanés, y ser de nuevo la quinceañera que cantaba con sus amigas sentada en la hierba del Palacio de la Magdalena.
            La vida está llena de pequeñas ilusiones. No renunciéis a ellas.

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