miércoles, 5 de octubre de 2011

SÍNDROMES

            Nos guste o no, lo queramos o no lo queramos, lo aceptemos como algo inevitable o nos rebelemos contra ello, las mujeres somos un puro síndrome. Mira que se las trae la palabreja: síndrome, síndrome. No suena a nada bueno, suena a enfermedad rara. Pero no, los síndromes que nos aquejan a casi todas las mortales suelen estar más bien asociados a esas fantásticas hormonas que rigen nuestras vidas.
            El que más rabia me da que me recuerden que padezco es el síndrome pre-menstrual. Vale, retengo líquidos, estoy más irritable, me duele un poco la cabeza y me entra hambre. ¿Y qué? ¿Es un crimen? ¿Es algo vergonzoso, quizás? Y si no lo es, ¿por qué lo utilizan contra nosotras cuando ponemos las cosas en su sitio? Imaginad la situación: una oficina, tres empleados debatiendo cómo realizar un proyecto y una compañera que se molesta porque en el reparto de tareas siempre le toca la más pesada (y la menos relevante). Protesta. No la tienen en cuenta. Vuelve a protestar. Continúan ninguneando su opinión. Se enfada. ¡Ah! Error. Alguno de los otros cuchicheará: “está insoportable, seguro que tiene el síndrome pre-menstrual”. ¿A que os suena de algo? Otra situación: imaginad. Hora punta. Atasco. Un payaso con menos luces que las amebas del mesozoico os adelanta por la derecha. Le pitáis. En represalia, pega un frenazo, provocando que tú pegues otro para no cascarle por detrás. Volvéis a pitar. Vuelve a frenar. Pitáis con rabia. Y entonces, con esa mano blanda que lleva colgando por la ventanilla abierta, os hace un gesto soez y os grita: “¡Si te duelen los ovarios tómate un ibuprofeno y quédate en casa! ¡Y deja el coche para quien sepa conducirlo!” (esto es una situación totalmente verídica, lo juro. Yo le iba a preguntar si su orquitis crónica le permitía sentarse al volante, pero no me habría entendido). Todo esto me ha llevado a deducir que el síndrome pre-menstrual es un recurso estupendo para atacar a las mujeres por ser mujeres, como si los ciclos menstruales nos restasen criterio, inteligencia o habilidad.
            Otro síndrome que nos ataca a la mayoría es el síndrome del nido. Se presenta durante los dos últimos meses de embarazo, y se caracteriza por un deseo frenético de limpiar, fregar, abrillantar, pintar, renovar, reparar y modificar todo en nuestra casa, para que así el bebé que viene en camino se encuentre lo más cómodo posible. Es un instinto atávico de las hembras de casi todas las especies, pero lo llaman síndrome, como si fuera una disfunción o algo así. Vale, estamos gordísimas, hinchadas, con las piernas como botijos y sin poder atarnos las zapatillas nosotras solas, pero tampoco es para tanto que pidamos ayuda para limpiar los cristales, abrillantar las lámparas, pintar el pasillo que está hecho un asco o poner un estor nuevo en la habitación del niño. Además, no me digáis que no es un gusto pasear por Leroy Merlín o por Ikea un sábado por la tarde, y verlo lleno de embarazadas hermosas y llenas de ilusión (y de niño) eligiendo papeles pintados, muebles o lo que sea que piensen que hace falta en casa. Es todo un canto a la vida.
            Hay un tercer síndrome que nos ataca en la madurez, y que de los tres es, con diferencia, el peor, aunque yo pienso que este está en vías de extinción: es el del nido vacío. Cuando los hijos se van de casa, la madre se queda como sin trabajo, y entra en una depresión. Además, se volcó tanto en criar a sus vástagos que descuidó la relación de pareja, y de repente se encuentra frente a un extraño al que no tiene nada que decir. Eso era antes, porque ahora, entre que la madre trabaja fuera de casa y que a los hijos no hay manera de echarlos ni con agua caliente, me parece que lo del nido vacío ya se va a dar cada vez menos. Además, hoy en día las parejas que no se entienden, se divorcian y punto. Y las que se entienden bien, hacen como mi costillo y yo, que hemos jurado que, cuando tengamos a las niñas ya emancipadas, o felizmente casadas-arrejuntadas-o lo que sea, nos vamos a ir de crucero por las islas griegas, a bailar como trompos, tomar mojitos y pasarlo en grande. Creo que para entonces ya tendré resueltos todos mis síndromes, ¿no?

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