jueves, 20 de octubre de 2011

UN CORTADO, POR FAVOR

            Trabajar en una cafetería puede parecer, en principio, una tarea sencilla y al alcance de cualquiera. Pero no lo es, desde luego. Eso te lo puede decir cualquier camarero. Servir además en una de las cafeterías con más solera de una ciudad lluviosa es, si cabe, aún más difícil.
            En las ciudades con buen tiempo, las terrazas son el centro de la actividad. La gente para menos en los bares, hay muchas cosas que se pueden hacer en la calle, pero en las zonas donde siempre llueve, o te quedas en casa o te reúnes con los amigos en una cafetería. Básicamente porque en la calle te mojas o te hielas. Así que en el norte las cafeterías son más grandes, y todo está más cuidado. En la Alpina, donde trabajaba Cecilia, eran catorce empleados, entre camareros y personal de cocina. Las mañanas se componían casi siempre de cafés con leche y bollería, pero las tardes eran otra cosa. Chocolates, churros, tortitas y crêpes, tostadas, sándwiches y todo tipo de cafés se servían en una actividad frenética. El local rebosaba señoras que iban en grupo a merendar, compañeros de trabajo que se tomaban un cortadito con algo más al acabar la jornada, mamás que acababan de dejar los niños en la academia de inglés y aprovechaban la hora para charlar con las amigas… La Alpina abría de lunes a domingo, y era un local de referencia en la ciudad.
            Una tarde de miércoles otoñal se desencadenó un tremendo aguacero. La cafetería estaba llena, y Cecilia circulaba con agilidad entre las mesas. Su memoria le permitía atender varios pedidos a la vez sin equivocarse, aunque ayudaba mucho el hecho de tener una clientela diaria fiel en la que las personas gustaban de tomar siempre lo mismo. Por ejemplo, las señoras de edad que se dejaban caer hacia las cinco y se quedaban hasta las siete, solían pedir croissants a la plancha con mermelada y cafés con leche o tés largos de agua. El grupo de oficinistas de las seis y media era más de cortados descafeinados y pequeños montaditos salados, y últimamente solía entrar un puñado de chavalas jóvenes que atacaban los zumos y los pinchos de tortilla. Pero aquel miércoles, Cecilia vio, en la mesa del rincón, un hombre solo. Se acercó a atenderle y le dio lástima, estaba empapado por la lluvia, la gabardina le chorreaba y debía tener frío. “Un cortado descafeinado de máquina corto de café, con sacarina, y la leche fría, y a ser posible, desnatada. Y en vaso de vidrio, por favor”. La camarera sonrió, tomando nota mentalmente del encargo, y se dirigió a la barra, pero en lugar de cantarle la comanda al camarero que había en la cafetera, decidió que terminaría antes preparándolo ella misma. De paso que iba hacia la mesa, pasó por la cocina para coger una toalla limpia, y después de servir el cortado se la ofreció al cliente, que se secó la cabeza, la cara y las manos, se levantó de la silla y le plantó a Cecilia un besazo en los labios que la dejó mareada y confusa, incapaz de reaccionar. Después se bebió el cortado, pagó con un billete de cinco euros, y con un escueto “delicioso, así me lo preparaba mi madre. No me devuelva, por favor” se marchó.
            En los quince años que llevaba como camarera en La Alpina jamás le había pasado nada parecido. No sabía qué pensar, y el resto de la tarde sirvió las mesas distraída, llegando incluso a confundir algunas de las comandas. Por fortuna, ninguno de los compañeros había visto el incidente, así que no tuvo que aguantar bromas de nadie, ni dar explicaciones.
            La tarde siguiente transcurrió sin nada que señalar, pero el viernes, con los nubarrones amenazando de nuevo, el hombre de la gabardina volvió a entrar y ocupó la misma mesa que la primera vez. Cecilia pidió a un compañero que le atendiese, y el pedido fue el siguiente: “Por favor, pídale a aquella señorita que me prepare un cortado a mi gusto, y si es posible que me lo sirva ella misma”. Con un suspiro, la camarera preparó el cortado descafeinado de máquina, corto de café, con sacarina y la leche desnatada y fría y en vaso de vidrio, y fue a servírselo preparada para propinarle un bofetón al caballero si volvía a intentar besarla. Esta vez no iba a cogerla de sorpresa. Sin embargo, él no se levantó. Únicamente murmuró “tráigame la cuenta, por favor”. Fue en el momento en que Cecilia rebuscaba en los bolsillos de su delantal para darle el cambio cuando se vio sorprendida por un nuevo beso en los labios. Pero fue incapaz de abofetearle.
            Salió corriendo tras él a la calle. Llovía. Los zuecos de trabajo chapoteaban en los charcos mientras le llamaba. Él se volvió. Se miraron unos instantes, y Cecilia, los brazos en jarras y empapada, le lanzó un “¿Por qué?” Aquel hombre sonrió, y con naturalidad, como si estuviera hablando del tiempo, le explicó: “Toda la vida me he tomado el cortado de la merienda como usted me lo prepara, y junto con él tomo un bombón o un trocito de chocolate. Como en su cafetería no dan chocolatinas con el café, eché de menos mi porción de dulce y… bueno, un beso suyo fue lo más dulce que encontré junto a mí. Si no, es como si no hubiera merendado”. Y sin más, se dio la vuelta y se fue, dejándola de nuevo con la palabra en la boca.
            Unos días más tarde, el cliente volvió. Ni siquiera pidió su café, le bastó hacerle un gesto a Cecilia. Ella preparó el cortado descafeinado de máquina, corto de café, en vaso de vidrio, con sacarina y la leche desnatada y fría, y colocó una pequeña chocolatina junto a la cucharita. Después, le cobró al caballero de la gabardina, y continuó con su trabajo sonriendo.

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