lunes, 3 de octubre de 2011

VELEROS

            Me dan cierto reparo los barcos de vela. En primer lugar porque no soy una de esas personas que van en una dirección o en otra según sople el viento. En segundo lugar porque las tormentas no me preguntan mi opinión para desatarse, y prefiero no verme a merced de ellas. Y en tercer lugar porque amo la seguridad y no me gusta el riesgo. Me horroriza que mi vida dependa del humor que tenga el mar ese día, y por ello ya hace muchísimo tiempo que decidí que si subía en barco sería en uno a motor tripulado por marinos expertos, y cuanto más grande, mejor. Las aventuras las dejo para los demás. Sólo una vez accedí a subir en un yatecito a vela con unos amigos, y aún me estoy arrepintiendo.
            Ya no se me ocurría qué excusa dar a los amigos que me estaban invitando a unas divertidas jornadas de travesía por el Mediterráneo, y al final, para evitar que pensaran que no quería ir por falta de confianza en ellos, cogí mis cosas y embarqué. Primer error. Nunca más he vuelto a hacer nada que no quería hacer por miedo a lo que piensen los demás.
            Lo primero que hice fue comprobar que había chalecos salvavidas para todos, balsa de emergencia y bengalas de señales. Es lo que siempre falla en las películas de naufragios, pero esta vez todo estaba en orden. Después bajé al único camarote. Había cuatro literas, y éramos cinco personas. ¿Entonces…? Entonces me enteré de que durante la noche uno de los cinco se tenía que quedar de guardia en la cabina. Huy, qué mal rollo. ¿Qué haría cuando me tocara a mí? ¡No tengo ni puñetera idea de navegar! ¿Y si había un problema? Una ballena, otro barco, una tormenta, arrecife, roca, submarino nuclear, manifestación de focas monje o cualquier otro obstáculo?  Los demás se rieron de mis miedos “absurdos”, y yo me acoquiné y me callé. Segundo error: callarse no lleva a ninguna parte. Sólo a meter la pata en el mismo hoyo que los demás como un borrego.
            Después de día y medio con mar bonanza, aquello se empezó a mover. Había cuatro horas de navegación hasta el puerto más próximo, hacia el que sugerí ir. Los demás se echaron a reír. “Anda, exagerada, por cuatro olitas ridículas ya te entró el miedo. Esto no es nada”. Y no, no era nada… para lo que tenía que venir después. Aquello se movía más que la coctelera de un barman, no se veía un pimiento, el barco era ingobernable, una de las velas se rompió porque no fuimos capaces de recogerla a tiempo y allí estábamos todos, blancos como el papel, con los chalecos salvavidas puestos, amarrados a las barandillas y rezando cada uno lo que sabía. Tercer error: que te llamen exagerada y que tú al final también te creas que lo eres. Hay que hacerle caso al instinto de supervivencia.
            Cuando aquello amainó (qué seis horas más largas, Dios mío), y con el “os lo dije” atravesado en la boca del estómago, avisamos por radio a puerto para que nos dejasen entrar, y para que nos esperase una ambulancia, porque uno de los lumbreras que preparó el viaje se había partido la muñeca en uno de los golpes de mar. Intentamos encender el motor auxiliar de gasoil para poner rumbo a tierra. Y claro, cómo no, al motor no le dio la gana de arrancar, haciendo buena la ley de Murphy esa que dice: “Si algo puede ir mal, irá mal. Y si se puede añadir algo para empeorar las cosas, también sucederá”. Al final tuvieron que ser los guardacostas los que nos sacaran del lío.
            Las conclusiones que extraje de aquellos dos días fueron muchas, pero voy a resumirlas en dos: que cualquier precaución es poca cuando está en juego el pellejo propio, y que tengo que buscarme amigos más tranquilos. La próxima vez que me haga a la mar será en un gran crucero, y si no es así, me quedaré en tierra firme.

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