domingo, 20 de noviembre de 2011

CARLOS

            Los sábados de cursillo de natación me están enseñando algunas lecciones que no esperaba aprender. No me entendáis mal, sé que me moriré, con un poco de suerte, bastante vieja, y hasta ese día aprenderé algo. Lo que no esperaba es aprender cosas precisamente en ese lugar.
            La cafetería del centro deportivo está colocada en la segunda planta del edificio, y tiene una enorme cristalera que da a las piscinas, para que las mamás y los papás nos tomemos un café mientras los nenes aprenden el necesario y difícil arte de ser pececillos. Precisamente eso estoy haciendo ahora mismo, escribir mientras veo las evoluciones de mis dos vástagas en el agua desde esta atalaya privilegiada y cómoda. Escucho sin querer las conversaciones del resto de progenitores, no porque quiera, sino porque es imposible evitarlo, y oigo de todo: vanidades, profundidades, problemas, alegrías, triunfos, envidias, piropos, orgullos sanos e insanos, consejos, preguntas… un mundo entero en una cafetería que huele más a cloro que a café. Hoy no ha ocurrido nada destacable, pero la semana pasada, en esta misma mesa, experimenté la sensación de ser una mujer con una inmensa suerte.
            Hace siete días no podía escribir porque tenía muchas cosas en la cabeza que no me dejaban concentrarme. En la mesa de al lado, una mamá refería sus problemas con la pensión alimenticia de su ex-marido respecto al hijo común, el que estaba nadando, y las desconsideradas actitudes del padre, que primaba su gusto por jugar al pádel sobre el de ver nadar a su hijo y comprarle el equipo necesario para los cursillos. Yo, mientras tanto, pensaba en las dificultades de mi pequeña con las tablas de multiplicar, en los exámenes de la mayor, en la oferta de recibir (o no) formación plurilingüe en un instituto el año que viene, formación que otros niños de su edad han rechazado porque no quieren ser “unos frikis empollones”, sino que prefieren “integrarse con los demás” (o sea, desaprovechar su potencial) para no ser machacados por sus compañeros, desdeñando una oportunidad  que sólo se les ofrece a los mejores expedientes de cada colegio. En todo eso andaba yo pensando cuando entró Carlos.
            Es un niño de unos nueve o diez años, aunque sentado en su silla de ruedas me resulta difícil adivinar su edad. Una cara preciosa, unos ojos como faros. La boca abierta emite continuos gemidos. Va intubado y conectado a un respirador. No habla, lo hace con una computadora que maneja con unos pocos botones al alcance de sus manos. Su padre le pregunta: “¿Cuál es tu mejor amigo del colegio, Carlos?” Una voz electrónica, procedente del ordenador, responde por él: “Pau, Nacho, Ainoa, Raquel, Javier, Fernando, Oriol, Arnau, Meritxell, Francesc, Francesc, Francesc, Francesc, Francesc, Francesc”. ¿Qué debieron sentir esos padres que esperaban un niño cuando nació Carlos y se dieron cuenta de la vida que iba a tener? Sacarlo de casa, al parque o a dar un paseo, a tomar el sol o a acompañar a su hermana al cursillo de natación, resulta toda una odisea. Supongo que el resto de facetas de su vida diaria también estarán llenas de dificultades. Entubado, sondado, sin posibilidad de comunicarse si la batería del ordenador se agota… Sus gemidos, el único sonido que emite, llenan la cafetería. “¿Por qué Francesc es tu mejor amigo, Carlos?”, pregunta el padre. Carlos gime, parece que ríe. La voz electrónica vuelve a oírse: “Francesc. Divertido. Amigo. Jugar. Cantar. Necesito. Abrazo. Francesc. Amigo”. “Y mamá, Carlos. ¿Dónde está?” Y otra vez la voz del ordenador: “Mamá. Descanso. Guapa. Quiero. Peluquería. Dormir”. Y de nuevo, gemidos de Carlos, como una risa pausada. Matices casi imperceptibles del mismo sonido, el único que el niño conseguía articular.
            Volví la cara hacia la cristalera para que nadie viera que estaba a punto de echarme a llorar. Lo que a veces nos parecen problemas puede que no lo sean tanto. Cada vez que  algo me haga sentirme agobiada recordaré a ese niño y a sus padres. Eso es un ejemplo de cómo se afrontan los problemas. A su lado, todo lo demás parecen tonterías.

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