jueves, 17 de noviembre de 2011

DOROTEA

            Siempre he pensado que el ser humano tiene una asombrosa capacidad de adaptación; somos capaces de acostumbrarnos casi a cualquier cosa. A vivir en la calle, a comer sólo vegetales, a bañarnos en agua fría incluso en invierno, a trabajar a doscientos kilómetros de casa, a la enfermedad, al dolor… Sorprende que haya gente que se acostumbre a vivir sin piernas, sin brazos, en una silla de ruedas. Sorprende que haya mujeres que sean capaces de dejar invadir su cuerpo por un extraño a cambio de dinero, pero hasta a eso se acostumbran. Hay niños que se habitúan al maltrato y lo ven normal, hay mayores que se habitúan a que manos mercenarias los cuiden con más cariño que los de su propia sangre. Sorprende, pero es la realidad.
            Cuando conocí a Dorotea ya rebasaba los sesenta años. Tenía una cierta deficiencia mental; hoy en día, con estimulación y una buena educación, habría podido vivir de forma independiente, incluso trabajar. Pero cuando ella nació y se manifestaron sus dificultades se la relegó a ser la eterna sirvienta de todos. Sus padres eran primos hermanos, cosa bastante habitual en los pueblos de montaña, donde la escasez de población y la dificultad de desplazarse se traducían con frecuencia en endogamia.
Dorotea se acostumbró desde niña a cuidar de la casa, de la ropa, de su padre enfermo. Jamás se casaría, era retrasada. ¿Quién le iba a dar trabajo, si era retrasada? Además, no sería nunca capaz de aprender nada que fuera medianamente complicado, era retrasada. No se le permitió ir al colegio, no sabía leer ni escribir, pero claro, era retrasada. Y ella lo sobrellevaba todo con una sonrisa. Lavaba la ropa en el río; los sabañones de sus manos eran grandes como nueces. Tenía la espalda torcida por el peso de los lebrillos llenos de ropa mojada que llevaba en la cabeza. Se acostumbró a no decir nunca a nada que no, fuera lo que fuera lo que se le pidiese.
Cuando su padre murió, su madre volvió a casarse. No tenía otro medio para sobrevivir y alimentarse que un nuevo marido; de todos modos, no le fue fácil porque quien la aceptara por esposa tendría que aceptar también a Dorotea, pero al fin encontró un viudo que necesitaba compañía, y se mudaron a su casa tras la ceremonia. Era una casa más grande, más trabajo para la muchacha, pero ella sonrió y aceptó a su nuevo padre con su alegría habitual. Aquel matrimonio duró once años, hasta que la madre de Dori murió. Ella quedó al cargo de su padrastro, su tutor legal de por vida. Contaba entonces treinta años; él rebasaba los sesenta.
Los servicios sociales se hicieron cargo de Dorotea cuando su padrastro falleció. Fueron treinta y un años de sirvienta sin sueldo aceptados sin rechistar; incluso llegó a quererle como a un padre, decía ella. Ingresó en una residencia, le dieron una habitación muy bonita. Uno de los internos del centro fue amable con ella y le acercó la silla en el comedor para que se sentase, la acompañó en la comida y le enseñó el jardín por la tarde. Y, cuando volvieron del paseo a la sala común, Dori le pidió que se aflojase los pantalones y se sentase en la butaca para “darte las gracias, como mi padre me ha enseñado que se le agradecen las cosas a los hombres que te cuidan y son amables contigo”. Al oírlo se me cayó de las manos la bandeja de los medicamentos que estaba a punto de repartir, me llevé a Dorotea a su habitación y avisé a la dirección del centro.
No se puso denuncia ninguna, ni nada parecido. El autor del delito había muerto, y no había nadie a quién culpar de treinta y un años de abusos a una disminuida psíquica. Ella no albergaba trauma ninguno, estaba acostumbrada, lo veía como algo normal. Tuvo que ser un psicólogo el que le enseñara que para agradecer las cosas una sonrisa y un simple “gracias” eran más que suficientes.   
A todo se llega a habituar uno, como os decía al principio de esta historia. Aunque nos parezca mentira, aunque nos sorprenda, nos indigne o nos asquee. Así es el ser humano.

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