domingo, 6 de noviembre de 2011

EDUCACIÓN

            En los tiempos que corren, con la que está cayendo y lo que se ve por ahí, cada vez estoy más contenta y agradecida a la educación que he recibido en mi casa. El impagable trabajo de mis padres insistiéndome en asimilar normas de convivencia y comportamiento, que en su día no supe valorar, ahora me está siendo de gran ayuda. Es la misma, o parecida, que recibió en su día mi costillo, lo que hace que también en eso vayamos a la par. Eso sí, él aprendió además a sobrevolar ciertos comentarios que a mí me levantan la mala leche, y le cuesta menos contenerse. Aunque eso ya no es cuestión de educación, sino del carácter de cada uno. El mío se solivianta con más facilidad.
            Empleando un lenguaje correcto, diría que a veces me siento un poco fuera de lugar en determinados ambientes. Cuando te ves obligado a sentarte a comer o cenar con gente a la que apenas conoces, y les escuchas hablar y opinar sobre ciertos temas, lo que sale por esas boquitas entre bocado y bocado a menudo sobrepasa mi capacidad de sorprenderme, y somete mi paciencia, mi “saber estar” y mi compostura a una dura prueba de resistencia. Dicho en pocas palabras y de una forma más vulgar, yo alucino con la gente. Parece que vivimos en mundos distintos.
            Esto de las reuniones sociales, bodas, bautizos, comuniones, cumpleaños y otros eventos, cuando no tengo una cierta seguridad de que voy a estar sentada con gente que conozco, familiares o amigos de confianza, que sé del pie que cojean y cómo interpretar sus palabras sin riesgo para mi salud psíquica, es una auténtica lotería. Y últimamente parece que siempre me toca bailar con la más fea. Me cae al lado el/la más fantasma del lugar, el gañán/la salida de turno, el/la racista de la comarca, el/la facha más facha del término municipal, el tarugo o la taruga con la boca más grande y menos sentido del ridículo que imaginarse puedan…  La buena educación, en todos esos casos, ordena prudencia, hablar poco, sonreír de vez en cuando para que el interlocutor no se sienta incómodo, y sobre todo no generar ni alentar ningún tipo de debate en la mesa. Y para eso en ocasiones hay que hacer un ejercicio de contención que raya lo sobrehumano.
            Os voy a poner un ejemplo que ilustra bien esto que os cuento. Imaginad uno de esos eventos sociales. Mi costillo y yo, sentados en una mesa redonda de ocho personas. Los otros seis, algunos conocidos de vista, y otros ni eso. Comienzan a cruzar las conversaciones de lado a lado de la mesa. Uno de los comensales, pequeño empresario, despotricando del gobierno y de la crisis, sentando cátedra con su intención de cerrar la empresa (que no va mal) e irse al paro para no alimentar con sus impuestos a “negros, moros y panchitos”. Tú tragas saliva y piensas: “madre mía, ¿dónde me he metido?” Acto seguido, otro de los presentes saca a relucir todo su repertorio de vocabulario vulgar y barriobajero para calificar al presidente del gobierno, los ministros y todos sus antepasados, sin siquiera pensar que algunos de los presentes puedan ser de esa tendencia política y sentirse molestos. Afortunadamente, llegan los entremeses y nadie le entra al trapo, y eso hace posible desviar la conversación a temas más triviales (para hacer la comida más soportable) como el tiempo, lo guapa que está la madre del novio y cositas así. Entre plato y plato, una de las comensalas presentes, empleada de una tienda de congelados, comienza a ridiculizar el menú (esto es congelado, lo vendo yo a un euro con cincuenta, qué vergüenza, con lo que cobran aquí por un cubierto… ¿langosta? ¡Já! Palitos de cangrejo, si lo sabré yo que de esto también tengo en la tienda). Mi costillo y yo nos miramos y nos echamos una sonrisa tonta, pero yo me muerdo la lengua para no decirle: “Vamos a ver, guapa: ¿pagas tú? Pues cierra el pico y déjanos comer tranquilos”.
A medida que avanza la comida se van sucediendo comentarios de diversa índole, que se van encendiendo al mismo ritmo que va bajando el nivel de las botellas de vino. La cosa cada vez está más fea, incluso me ausento al aseo para tomarme un respiro que me ayude a resistir lo que me queda de convite. Allí coincido de nuevo con la experta en gastronomía ultracongelada, que comenta, como si fuéramos amigas o algo parecido, que el color blanco y la textura cremosa del gel para lavarse las manos que estoy usando en ese momento le recuerdan a… bueno, no hay que pensar mucho para adivinar a qué le recuerdan. Creo que mi cara de incredulidad le sorprende un poco, y me trata de sosa por no reírle el chiste.
            Cuando vuelvo a la mesa, mi costillo me mira con esos ojitos llenos de paciencia que Dios le ha dado, y suspira. Luego me entero de que, al ausentarnos las dos damas, la conversación de tres de los caballeros ha versado sobre las características anatómicas de una de las camareras, con suposiciones varias acerca de su rendimiento entre las sábanas, llegando a degenerar hasta límites gestuales, ruiditos alusivos y demás. Al más puro estilo chimpancé en celo, diría yo (sin ánimo de ofender a los chimpancés). A mi costillo y a mí nos está entrando ya cierta prisa por ver llegar el postre (al final del cual nos excusaremos convenientemente con nuestros accidentales compañeros de mesa y con los anfitriones y saldremos pitando), y recibimos el plato dulce con verdadero alivio. Qué casualidad, el caballero de mi izquierda es frutero, no puede identificar una de las frutas presentes en el postre, y nos marea con las dudas sobre su procedencia. La prueba, pone cara de asco, la vuelve a probar, escupe el trozo y lo deja al borde de su plato. Mi costillo y yo nos volvemos a mirar con la sonrisa boba puesta en la cara. Yo no me acabo ni el helado, nos despedimos cortésmente deseando un feliz fin de fiesta a todos, alegamos un compromiso ineludible para perdernos el café, las copas y el baile, y salimos con calma, no vayan a pensar que nos vamos porque no nos encontramos cómodos con la compañía.
            Nuestra buena educación nos impide muchas veces decir lo que pensamos. Ojo, que nadie confunda esto con falta de sinceridad o hipocresía. Simplemente me enseñaron que es una grosería decirle a un desconocido con el que he de compartir mesa: “tío, eres un pedazo de GAÑÁN, y tú, petarda, eres más basta que un tanga de esparto”. Aunque lo piense.      
            Agradezco, como dije al principio, haber aprendido a mantener la compostura en ese tipo de situaciones a las que cada vez tengo que enfrentarme más a menudo, aunque reconozco que me siento como si estuviese nadando a contracorriente. Eso sí, he de admitir que, en la intimidad del hogar, el repaso de las mejores jugadas de esas reuniones me da para muchos chistes. Menos mal que cada uno en su casa aún puede pensar, opinar y decir lo que le dé la gana sin pasar por maleducado.

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