martes, 8 de noviembre de 2011

EL ARMARIO DE ROMÁN

            Una de las primeras cosas que metió Román en su casa cuando se trasladó a vivir en ella fue su enorme armario. Sólo cuando el mueble estuvo instalado y con todo su contenido perfectamente dispuesto, consideró aquel espacio como un hogar. Para él su armario era lo más importante de su vida, y no podía prescindir de él.
            Desde niño supo que no era como los demás chavales, y pronto se dio cuenta de que esas diferencias le iban a amargar toda la infancia si dejaba que los demás las notasen. Después de la quinta paliza, la octava pedrada y la enésima humillación recibida, elaboró su primer traje. Por las noches lo guardaba en el armario, y se lo ponía cada día al salir de casa. Con él pasaba desapercibido, y podía vivir más o menos tranquilo; aquel traje impostor le hacía parecer un chico rudo, de los que juegan al fútbol, tiran de las trenzas a las niñas, apedrean gatos y dicen palabrotas. Al llegar a casa se lo quitaba, y sólo en la intimidad de su cuarto y ante el espejo era capaz de reconocerse, sensible, delicado, pulcro.
            A medida que fue creciendo, Román fue elaborándose más trajes para ser aceptado por los demás. Cuando sus compañeros de estudios empezaron a preguntarle por qué no trataba de ligar con las chicas como hacían ellos tuvo que fabricarse uno nuevo. Durante meses se hizo acompañar por una muchacha, la presentó a todos como su novia, la besó y la acarició para demostrar que era como los demás, aunque cuando volvía a su casa y se desprendía de su disfraz sentía asco de sí mismo.
            Cuando por fin terminó de hacer la mudanza, abrió su armario y se sentó en la cama a contemplar sus trajes: el de ir con los amigos a los conciertos, el de acompañar a su pareja a los actos sociales, el de ir a ver a sus padres, el de abogado, el de jugador de frontón rebosante de testosterona… en cada ocasión se ponía el que los demás querían ver. Pero el suyo, el de verdad, el traje del auténtico Román permanecía oculto en un rincón, envuelto en su funda de plástico. Nunca se lo había enseñado a nadie. Ese traje verdadero era el que hacía que todos los demás trajes de su armario no fueran otra cosa que disfraces.
            No fue fácil romper con su novia cuando ella empezó a pedir más de lo que él podía dar. Se fabricó un nuevo traje, el de hombre infiel, para justificar su falta de deseo hacia ella. Cada una de sus mentiras le llevaba a tener que inventar nuevas mentiras, y tantos años fingiendo lo que no era le condujeron a ser la persona más infeliz del mundo. Tuvo que arreglarse el traje de ir a ver a sus padres para disimular la amargura que ya no quería abandonarle, era la única manera de evitar que ellos, los que más le amaban, notasen que estaba a punto de hundirse.
            Un día no pudo más. Sacó el traje de ser Román de verdad, se lo puso y se miró al espejo. ¿Habían valido la pena tantos años de renuncias? ¿Qué recibía a cambio de ser quien no era? Dinero, un trabajo importante, reconocimiento social. Cosas que siempre le parecieron valiosas e imprescindibles, pero que eran igual de falsas que él mismo. Abrió su carpeta de dibujos, y fue repasando una a una las láminas que había ido guardando allí desde que era un niño. Nunca se los había enseñado a nadie, no desde que, a los ocho años, alguien le había dicho que eso de dibujar vestidos y muñecas era cosa de niñas, y que un chico como él lo que tenía que hacer era jugar al fútbol. Llorando de rabia, se decidió y descolgó el teléfono.
            Lo dejó todo atado antes de irse. Se despidió del trabajo y de los amigos, fue a ver a sus padres para contarles que su hijo Román, el que conocían, no era más que un impostor. Y que el verdadero Román se iba a estudiar pintura a París; treinta y cinco años disfrazado eran demasiado tiempo para cualquiera.
            Aún vive en la ciudad del Sena. Nadie le mira, nadie le juzga, ni siquiera cuando baja desde Montmartre al atardecer, con sus útiles de dibujo en una mochila, de la mano de Pierre, el hombre de su vida. Uno no puede esconderse eternamente de sí mismo, y la vida es demasiado corta como para pasársela mintiendo a los demás. Román comenzó a ser libre el día en que, antes de coger el tren hacia su nueva vida, le prendió fuego a su armario.

1 comentario:

  1. Preciosa historia Sú,y la pura realidad de mucha gente!Te comento aquí Hoy, no me dejan entrar en mi facebook dicen que están de mantenimiento la pagina... pero mi cita fiel con tu historia no se me olvida.Un besito.

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