lunes, 21 de noviembre de 2011

EL DIVORCIO

            En la vida de Carmen todo iba mal. La crisis de los cuarenta le había afectado más de lo que ella hubiera querido. Sus dos hijos, adolescentes, habían comenzado a no necesitarla tanto, e incluso a cuestionar su autoridad en algunas ocasiones. Su trabajo no le satisfacía, estaba harta de ser la enfermera del dentista, la que da las citas y emite las facturas a los pacientes, recoge la consulta y coge el teléfono. Veinte años haciendo lo mismo, día tras día, por un sueldo mínimo; sin creatividad, sin buen humor, sin tener la sensación de ser útil y viendo cómo su jefe se llena los bolsillos con cada extracción, con cada endodoncia, implante y empaste, con cada ortodoncia y con cada blanqueamiento. Su matrimonio tampoco iba bien; Juan se pasaba el día trabajando, y cuando le veía siempre estaba cansado, o ella estaba enfadada, o los niños habían hecho alguna pifia, o…
            Definitivamente, cuando las cosas no van bien hay que cambiar algo para que todo mejore. Pero, ¿qué era lo que tenía que cambiar? Carmen estuvo una temporada observando su vida con lupa, y al fin llegó a una conclusión: la culpa de todo la tenía Juan. Él era quien lastraba su felicidad. Los adolescentes pasan por una época mala, pero luego todo se arregla, y al fin y al cabo eran sus hijos y lo serían siempre. El trabajo… bueno, ser la enfermera del dentista no estaba tan mal, ¿no? Poca responsabilidad, poco estrés, comodidad… ¿qué más daba que el sueldo no fuera demasiado alto? Le dejaba tiempo libre, no tenía preocupaciones laborales que llevarse a casa, y su jefe no era un tirano como otros de los que había oído hablar. La crisis de los cuarenta no era más que una etapa hormonal, y ella estaba estupenda. La culpa de su infelicidad y de su mal humor tenía que tenerla Juan. Juan, el que nunca estaba en casa. Juan, el que ya no la miraba con los mismos ojos, el que siempre llegaba cansado por las noches y se dormía en cuanto tocaba la cama. Juan, el que le proponía planes absurdos para los fines de semana que a ella no le apetecían nada, como montar en bicicleta, pasear o cenar en casa el sábado viendo alguna buena película en el DVD. Juan, el que ya no le hacía regalos caros porque se había vuelto tacaño, poniendo por disculpa que los complementos salariales que antes cobraba ahora habían desaparecido porque su empresa no iba tan bien. Excusas, excusas y más excusas.
            Cada día que pasaba estaba más convencida de que las cosas sólo podrían mejorar si se deshacía de Juan. Era un lastre a su crecimiento personal, a su felicidad. No le daba lo que ella necesitaba. Ya no la atendía como antes, ya no estaba pendiente de cada una de sus palabras, ya no lo sentía suyo. Se lo dijo, y él se enfadó.
            Juan oyó a Carmen, la mujer que lo era todo para él, acusarle de ser una rémora, una carga para su felicidad. Se lo había dado todo: los hijos que ella quiso, la casa que ella quiso, el coche que ella quiso, las vacaciones que ella quiso, la ropa, los bolsos, el club de tenis, el colegio privado para los niños que ella eligió… lo hizo todo por ella, incluso doblar turnos y trabajar más de lo que cualquiera podría soportar para mantener el nivel de vida que ella quería. Apenas la veía, ni a ella ni a los niños, porque siempre estaba trabajando para cubrir los gastos de la familia. Ella quiso trabajar, y lo hacía, pero su trabajo generaba más gastos que beneficios: la canguro de los niños mientras fueron pequeños, guarderías, profesores de apoyo para ayudarles con los deberes, la tintorería, la chica que venía a limpiar la casa… pero bueno, Carmen necesitaba trabajar fuera de casa para sentirse mejor, y él no puso ningún “pero”, sino que trabajó más aún. Y ahora que en su empresa las cosas no marchaban bien y no ganaba tanto, ahora que pelear cada euro le costaba el doble, ahora que el cansancio y el desánimo le empezaban a vencer, ahora que ya era tarde para tratar de cambiar de trabajo, venía ella y le pedía el divorcio.
            Carmen no quiso escuchar llantos ni súplicas. Mandó a su abogado para que liquidase el matrimonio, la casa y los hijos para ella, una pensión para la manutención de los chicos, y a vivir, que son dos días y uno llueve. Juan se tuvo que buscar un piso de alquiler que apenas podía pagar porque volver a casa de su anciana madre le daba vergüenza, sin entender nada de lo que estaba pasando. La quiso desde que la conoció, hizo todo por ella… ¿por qué le hacía esto? ¿Por qué había dejado de quererle?
            Carmen metió en su cama a un hombre nuevo a los dos meses del divorcio. Eso era lo que necesitaba: alguien que la dejase satisfecha. Era un chico joven, veintitantos, guapo y con un tremendo apetito sexual. Mandó a los chicos a estudiar a Irlanda para poder disfrutar de su nuevo amor, pero la “bomba sexual” quería más, y Carmen pronto se arrepintió de haberle metido en casa. No trabajaba, no contribuía a los gastos comunes, sino que se iba al gimnasio para estar en forma, y se limitaba a “mantenerla contenta” en la cama. No le ofrecía seguridad, ni protección. No la amaba, vivía de ella. No quería escuchar problemas de trabajo, ni dudas existenciales, ni nada. Sólo quería sexo, y ver sus necesidades cubiertas sin más esfuerzo. En menos de un año, Carmen le echó de casa.
            Las noches a solas se le hacían larguísimas. Echaba de menos la espalda de Juan contra su pecho en la cama, dándole calor. Añoraba su comprensión, su abrazo, su paciencia. Le faltaban sus piropos cuando se vestía, el “guapa” con que la obsequiaba cada día. Los chicos volvieron de Irlanda, y eran como dos desconocidos. Juan adujo una baja por depresión para reducir la pensión, y el dinero no le llegaba para todo, pero comenzó a darle igual, porque ya no le encontraba sentido a salir los fines de semana y se quedaba en casa viendo la televisión. La chica de la limpieza no dejaba las cosas a su gusto y la despidió: sus hijos no obedecieron cuando les ordenó arreglar sus habitaciones, y la amenazaron con irse a vivir a casa de su padre. ¿Qué estaba pasando? ¿Por qué nada funcionaba como debía? ¿No se suponía que quitando a Juan de en medio se solucionaría todo? ¿Por qué las cosas empeoraban en lugar de mejorar?
            Cuando Carmen se dio cuenta de que se había equivocado, ya no tenía remedio. Juan no quiso volver, los chicos crecieron y se independizaron, él dejó de pasarle la pensión, su jefe la despidió para contratar una enfermera más joven que cobrase menos y diese mejor imagen a la consulta, y ella se encontró cincuentona, sola, sin trabajo y con todas sus expectativas rotas. Y entonces, y solo entonces, se dio cuenta de que el fallo no estaba en los demás, sino en ella misma, y deseó volver atrás.

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