miércoles, 2 de noviembre de 2011

EL DRAGÓN

            Patejas, el pequeño dragón, iba a la escuela todos los días. Le gustaba aprender, conocer, saber. Su cabecita sentía una inmensa curiosidad, y su corazón le decía que estaba destinado a tener otra vida distinta a la del resto de sus congéneres. Su maestro, el que les instruía en el arte de cazar mosquitos y polillas, y en la habilidad de escalar las paredes, colarse por las rendijas y sobrevivir en su entorno, ya se estaba cansando de las continuas travesuras y de las indisciplinas de Patejas.
            Una noche, leyendo un libro antes de dormir, el pequeño dragón descubrió a sus antepasados, los grandes dragones de los cuentos. Vio dibujos de aquellos seres fabulosos, con sus enormes garras, sus lenguas bífidas y las llamaradas que salían de entre sus fauces terribles, y deseó ser uno de ellos. Además, los dragones de antaño podían volar. ¡Volar! ¿Qué más se podía desear? No tendría que pasarse la vida escondiéndose de las escobas de las mujeres humanas, la mayoría de las cuales gritaban al verle. Si fuera un dragón de verdad sí que gritarían, sí, pero no solo las mujeres, sino todo el mundo. Sería el más grande, el más fuerte, el más temido. Sería el rey.
            Patejas se durmió aquella noche con la imaginación tan llena de cuentos de dragones que soñó que era uno de ellos. Era enorme, con unas alas membranosas en la espalda que desplegó contento, tratando de volar. Pero, para su sorpresa, pesaba tanto que fue incapaz de elevarse. Su larga y gorda cola escamosa se le enredaba con todo y arrastraba tras él cuando caminaba, no podía levantarla y rompía lo que encontraba a su paso. Estornudó, y la bocanada de fuego que exhaló por la boca calcinó un par de coches, dejándole además una quemadura en la nariz y un terrible ardor de estómago. “Vaya”, pensó Patejas. “Esto ya no es tan divertido como yo pensaba”.
            Dos policías, alertados por los vecinos, corrían hacia él. La sirena de los bomberos, que venían a apagar los coches incendiados, ya se oía muy cerca. Patejas tuvo miedo y echó a correr. Veía a la gente gritar y escapar de él, pero eso tampoco le pareció tan divertido. Salió huyendo del pueblo para decidir lo que iba a hacer, y caminó hasta unos campos cercanos. Sin querer originó un incendio más en las zarzas del camino. ¿Cómo se hacía para controlar el dichoso fuego? Echaba de menos a su maestro en la escuela de dragones, seguro que le habría enseñado eso. Y le habría dicho también qué comen los dragones grandes. Buscó con la mirada algún mosquito, pero pronto se dio cuenta de que aquel cuerpo necesitaba algo más, y se vio a sí mismo relamiéndose ante un rebaño de ovejas que pastaban a cierta distancia.
            Fue complicado cazar, fue complicado comerse a los animales, la lana no había quién se la tragara, los huesos se le quedaban entre los dientes, y el pastor se había ido corriendo a llamar a la policía. A lo lejos les veía venir, eran muchos, estaban armados, y no precisamente con escobas. Le entró miedo, pero era tan grande que no tenía dónde esconderse. Cuando era un dragón moderno y pequeñín se ocultaba con facilidad, corría muy rápido por las paredes, y no le era difícil escabullirse, pero ahora… ahora sentía miedo hasta de sí mismo. Cerró los ojos y esperó a que todo pasara. Afortunadamente para él, cuando los abrió volvía a ser el Patejas de siempre.

            Le contó al maestro el sueño que había tenido, y él le respondió: “todos nosotros hemos tenido ese sueño cuando éramos niños. Todos nos hemos preguntado por qué somos tan pequeños e insignificantes cuando en el pasado fuimos poderosos y fuertes. La respuesta es muy simple: porque era la única manera de sobrevivir. Éramos una amenaza y fuimos exterminados. No teníamos cabida en el mundo, cuando te comes a un humano vienen mil a por ti. Pero ahora que somos pequeños y silenciosos, ahora que nos comemos a los mosquitos que a ellos les molestan, nos respetan y nos permiten vivir. Bueno, a veces algún niño travieso o una mujer asustadiza nos pueden hacer algún daño, pero no es lo normal”.
            Patejas ya no volvió a desear ser otra cosa que lo que era. A menudo, siendo pequeño e insignificante se consigue mucho más que siendo fuerte y temible. Por cierto, no puedo negar que me encantan estos animalillos. ¿A vosotros no?

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