domingo, 27 de noviembre de 2011

EL ESCRITOR DE EPITAFIOS

            Roger, el escritor de epitafios era un buen hombre. Grandote, noble y de buen carácter, durante años trató de hacerse un hueco en el mundo de las letras sin conseguirlo. Su incapacidad para imaginar el mal ajeno le hizo inútil para escribir novela negra ni de terror, incluso lo de los libros de misterio se le daba mal, porque a él le gustaban las verdades completas, no las medias verdades. Los secretos, las venganzas, los rencores, asesinatos, conjuras y demás perdían todo su carácter al pasar por el tamiz de su escritura. Nunca serían verosímiles si las contaba él. No funcionó.
            Las novelas románticas tampoco se le daban bien, porque cuando sentía amor lo hacía de un modo tan aplastante y sincero que no se podía explicar, y no conseguía abstraerse de sus propios sentimientos para imaginar los de otros. Lo intentó también con los cuentos infantiles, pero tampoco cuajó; ya hacía años que había dejado de ver las cosas con ojos de niño.
            Durante mucho tiempo pensó en cómo podía hacer para sacarle partido a su talento para juntar palabras, un talento que sabía que poseía, pero que aún no había conseguido mostrarle al mundo en toda su magnitud; y un día, de pronto, ocurrió.
            Su padre, un hombre lleno de carisma que había estado décadas metido en política, falleció de un infarto. Demasiado joven, demasiado pronto, demasiado rápido. Roger siempre pensó que, cuando su padre muriese, dejaría escrito un epitafio digno de él y de su don de gentes, pero no le dio tiempo ni a darse cuenta de que se moría, mucho menos a dejar preparada su frase postrera. Roger no podía permitir que aquella lápida quedase reducida a un nombre y dos fechas, y decidió inventar lo que suponía que su padre hubiese querido escribir: “Si todo el que me conoció aprendió algo de mí, mi vida ya valió la pena”. Los allegados, amigos y conocidos de su padre se fueron acercando a él para ofrecerle sus condolencias, pero en lugar de los típicos “Te acompaño en el sentimiento” o “Siempre se van los mejores”, lo que la gente le decía eran cosas como “Es verdad, tu padre me enseñó a levantarme cuando todo se ponía en contra” o “es cierto, tu padre me hizo ver que siempre hay que aspirar a dar un paso más, siempre animaba a los demás a esforzarse”. Y el sepelio dejó de ser un duelo al uso para convertirse en un compendio de buenos recuerdos.
 Cuando fue a pagarle al lapidista, éste le pidió ayuda para mejorar la tumba de su propia madre, que quedó sin frase porque él no supo qué escribir. Roger le regaló un epitafio digno de la madre más amorosa del mundo: “Todo mi tiempo en la vida fue para amar a mis hijos. Lo seguiré haciendo desde el lugar al que Dios quiera enviarme”. El marmolista le dio las gracias, y semanas después volvió a llamarle. “Desde que puse tu frase en la lápida de mi madre, mis hermanos y yo la sentimos más cerca; cuando vamos al cementerio recordamos con mucha más viveza cuánto nos quería, y es gracias a tus palabras”. Roger se sintió honrado y satisfecho.
Al poco tiempo alguien fue a buscarle, venía de parte del mismo marmolista. Quería una buena frase para su hermano, que no iba a poder superar la enfermedad que padecía. Y Roger le dio un conjunto de palabras con tanta ternura como para conmover a las mismas piedras. El hombre, llorando emocionado,  le dio las gracias y un billete. A partir de ahí, no hubo ningún día que no recibiese varias peticiones; pronto en todas partes supieron de su “gracia” para dar con las palabras exactas que hacían mejorar y valorar más los recuerdos de aquellos que iban abandonando la vida. Incluso comenzó a recibir encargos a través de internet, peticiones desde lejanos países que atendía con el mismo cariño que todas las demás.
Cuando la muerte vino a buscar a Roger, lo encontró escribiendo el epitafio de una anciana maestra de matemáticas; le pidió que guardase su guadaña durante un rato, para que le diese tiempo a terminar el encargo antes de irse con ella. Y ella se sentó, sombría, y esperó. “Sumé paciencia, resté reproches, y dividiendo mi tiempo entre mis niños multipliqué sus posibilidades. Mi vida fue construir futuros, y esa es mi herencia”. Después envió por fax la frase a su destinatario, guardó las gafas en un cajón y se sentó frente al espectro oscuro. Ya no se levantó más.
Todos los días son muchas las personas que visitan la tumba de Roger para leer su último mensaje, el que dejó escrito para sí mismo: “El olvido es la única muerte cierta. Mientras alguien me recuerde, ella no habrá vencido”.

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