martes, 29 de noviembre de 2011

EL METRO EN HORA PUNTA

            Esta mañana me desplacé al centro de Valencia para hacer unas compras. Como de costumbre, conduje hasta la ciudad, aparqué en uno de los barrios de las afueras que cuentan con boca de metro (tuve suerte y sólo tardé un cuarto de hora en encontrar un hueco para el coche, en otras ocasiones ha sido bastante peor), bajé al andén y esperé a que llegase mi tren. Había gente en manadas. Para aburrir, vamos. Llegó el metro, y venía lleno, pero como esta vez iba ligera de equipaje (sola, sin niñas, sin carrito, sin instrumento…) me colé por un huequito para no esperar al siguiente tren. Terminé emparedada entre un estudiante de derecho que aún no he podido dilucidar si era estudiante o estudianta, y un ejecutivo de maletín y corbata que debía venir del aeropuerto.
            Pensando estaba yo en mis cosas cuando, en la siguiente parada, vi entrar un hombre tirando a mayor, rebasaba los setenta años con toda seguridad. Iba trajeado, y saludó a la concurrencia con amabilidad. Sólo yo respondí a su saludo, el resto de gente ni siquiera se molestó en mirar. Yo, instintivamente, repasé todo el vagón buscando un asiento vacío para ofrecerle, pero no había ninguno. Y, a excepción de un par de señoras de más edad, el resto de los que descansaban sobre las posaderas eran gente joven, entre los quince y los treinta. Los miré a todos; ninguno se movió. Un par de chavalas con grado 8 de estupidez en la escala de Richter me miraron desafiantes, como diciendo: “si el viejo quiere ir sentado, que coja un taxi, pero yo no levanto el culo así vuelque el tren”. Me dio vergüenza mirar al hombre y ver que se había dado cuenta de todo. Sonreí tratando de disculparme por no haber podido encontrarle un sitio, cuando de pronto vi que un chico de gafas, que había estado todo el tiempo leyendo en su tableta electrónica, se levantaba para bajarse del tren en la siguiente parada. Miré a otro chico que ya había visto el sitio, avancé como pude, pero él estaba más cerca. Aparté al ejecutivo y al estudiante, colé una pierna entre ellos y puse el pie en el asiento. ¡Ya era mío! Mi oponente me echó una mirada asesina y se dio por vencido. Entonces, cogida a la barra, con la pata retorcida y el pie sobre la silla, la mochila en equilibrio y las gafas de lado, llamé al caballero del traje con una sonrisa de triunfo. “Siéntese, por favor. Aquí hay un asiento libre”, a lo que él, muy amable y sonriente, me contestó: “No es necesario, señora. Aún soy joven para estar de pie, y sólo me quedan dos paradas. Seguro que hay alguien que lo necesita más que yo”. La cara de imbécil que se me debió quedar tuvo que ser digna de foto. Y remató: “Para tener cuarenta años me conservo muy bien, ¿verdad?” Al final ya no pude más y me eché a reír (mientras trataba de recuperar mi pierna de entre la gente, y de paso la compostura) y le seguí el cachondeo. “Vaya, cuarenta años. Casi como yo”. A lo que el graciosísimo caballero contestó: “Sí, pero yo me conservo mejor. Será que está usted muy trabajada”. Toma ya. Eso por esforzarme en ser amable, educada, respetuosa y correcta.
            A partir de ahora, cuando vaya a coger el metro, y más si es hora punta, voy a llevar siempre un martillo en el bolso. Así, cuando me entre la tentación de ser una buena ciudadana, me machacaré convenientemente algún dedito y se me quitarán las ganas de cumplir con mis deberes cívicos. Me dolerá un poco, pero seguro que menos de lo que me ha dolido hoy el amor propio.

1 comentario:

  1. no estoy de acuerdo con tu moraleja, si quieres lelvar ese martillo en el bolso que no sea para darte a ti, sino para mostrarlo a todo aquello que quiera hacernos cambiar!!!
    Tu naturaleza es fantástica asi, tal cual eres, no dejes que nada ni nadie haga que cambies, conserva SIEMPRE TU ESENCIA, aunque en ocasiones duela

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