martes, 1 de noviembre de 2011

EL PRECIO DE EQUIVOCARSE

            Todos nos equivocamos. Continuamente. Si echamos mano del refranero popular, hay un buen puñado de referencias a ese tema: equivocarse es humano, rectificar es de sabios, para aprender hay que perder, haciendo y deshaciendo va la niña aprendiendo… Lo que no dice el refranero es qué se hace cuando uno mete la pata y no hay vuelta atrás.
            Paseando por el cementerio de un pueblo cualquiera, esta misma mañana, alguien del lugar me iba contando historias de los que fueron sus vecinos, sus amigos y familiares, y que ahora ocupan algunos de los muchos nichos que íbamos viendo. La genealogía de todas las familias del pueblo se podían trazar allí, a veces incluso sólo mirando las fotos de las lápidas. Yo le preguntaba sobre todo lo que me iba llamando la atención: los ocupantes del cementerio civil, las plaquitas de los niños pequeños (hay que ver qué cantidad de criaturas morían en los años treinta, cuarenta y cincuenta), las tumbas en el suelo, tapadas con tierra y sin lápida, y rodeadas de flores en todo su perímetro… El anciano que me acompañaba me explicaba todo lo que yo le pedía, paciente ante mi desmedida curiosidad.
 Me contó la historia de la niña de los nardos, una chiquilla de unos ocho años que le pidió a su madre una vara de esas flores blancas. No quiso comprársela, en los años de la posguerra el dinero no sobraba como para gastarlo en lujos, y la niña dijo: “no importa, mamá. Ya me las llevarás al cementerio”. En pocos días se puso enferma y murió, y desde entonces no falta la vara de nardos en su nicho cada uno de Noviembre. Yo pensé: qué mala leche la niña, tener a su madre toda la vida con remordimientos de no haberle comprado las dichosas flores cuando las pidió.
Seguimos caminando, y me contó la historia de un hombre que abandonó a su mujer para irse con otra, pero nunca se divorció, y que cuando se supo enfermo y sin curación posible dejó dicho a su pareja, amante o como lo queráis llamar, que quería enterrarse junto a ella. Su mujer, cuando lo supo fallecido, entabló con “la otra” una batalla judicial por el cadáver, y al final consiguió enterrarlo donde ella quiso, guardando el nicho contiguo para descansar junto a él toda la eternidad (cuando le tocase morirse, por supuesto). Mientras lo sepultaban, cuentan que “la otra” no se presentó, y la legítima dijo algo así como: “no quisiste vivir conmigo, pero la vida es corta y la muerte es muy larga, te vas a hartar de dormir a mi lado”. Y al fin se salió con la suya, porque allí estaban los dos, la lápida de uno junto a la del otro, sólo que ella le sobrevivió treinta años. Aunque… bueno, él no tenía ninguna prisa, supongo. No creo que se impacientase por el retraso.
            Entre historias así pasamos la mañana, hasta que, ya cerca de la salida, en la zona nueva del camposanto, me llamó la atención una tumba. La foto era de un muchacho que no contaría ni veinte años, moreno y guapote, que sonreía desde su placa de mármol. Había muchas flores adornando su sepultura, y le pregunté al anciano sobre aquel chico. Supuse que habría sido un accidente de tráfico, o algo así, pero no. “Murió porque se equivocó. Se enamoró de una chica que no le convenía”. Me pareció un poco absurdo el razonamiento, así que pedí más información. El hombre se sentó en un banco, parecía haber envejecido un siglo en un segundo. “Se lo dijimos, pero no hizo caso. Ella era extranjera, de Marruecos; se la llevaron a su país, y él se fue detrás. Se equivocó, debió dejarla ir y olvidarla, pero era joven y pensó que podría encontrarla y traerla de vuelta. Allí nos dijeron que no sabían quién lo había matado, aunque nosotros suponemos que fueron los hermanos de la chica, o el padre. Nos invitaron a salir del país y nos devolvieron el cuerpo de mi nieto en una caja. Era joven, y se equivocó de novia, pero no ha tenido opción a rectificar. No hizo nada malo, sólo se fijó en quien no debía. No creo que por eso mereciera morir”.
            Dejé a mi anciano guía sentado en el banco, ante la tumba de su nieto. Y me fui pensando que sí, que todos tenemos derecho a equivocarnos, aunque hay veces que el precio de nuestros errores es desmesurado. En fin, así es la vida.

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