sábado, 19 de noviembre de 2011

EL SINDICATO

            Recuerdo perfectamente cuando ingresé en el Sindicato. Tenía catorce años. Yo no quería hacerlo tan pronto, pero no tuve más remedio. Este hecho fue incomprendido por mis compañeros de instituto: la mayoría aún no pertenecía a él. Yo, para mis adentros, aguantaba las burlas despiadadas de algunos, pensando: “ya caeréis, ya. No se tiene que librar ninguno de vosotros, y todos lo llevaréis peor que yo. Ceporros”.
            No tuve el mejor asesoramiento a la hora de incorporarme a mi nueva vida como sindicalista. Debía elegir algo que me acompañaría de forma muy visible durante varios años, tardaría mucho tiempo en poder cambiar, y el alto coste económico impediría corregir un error a corto plazo. Me empujaron a decidir mal, y mi equivocación supuso ser apodada “la Señorita Rottenmeier” durante cuatro cursos. En esas circunstancias el instituto puede convertirse en algo muy hostil. Quise abandonar el Sindicato para huir de las burlas, pero eso sólo agravó mi situación y aumentó mi necesidad de aferrarme a él. Ya no podía vivir fuera del Sindicato. Del Sindicato del Vidrio. Desde entonces, mis gafas y yo, yo y mis gafas, hemos sido uno.
            Aquella primera señora de bata blanca que me recomendó “llévate estas, son ideales, te quedan estupendas” hizo de mí una marginada. Qué distinto habría sido todo si hubiera encontrado antes a mi actual “Asesora Gafera de Cabecera”.
            Cuando conocí a mi costillo, a primera vista no me di cuenta de que era un “Sindicado Encubierto”. Que llevaba lentillas, vaya. Su miopía me hizo dejar de ver la mía, y sus increíbles ojitos azules, ya fuera con gafas, sin ellas, con lentillas, al natural o con colirios, me miraron con tanta intensidad que ya nunca más me ha importado llevar gafas. Y me llevó de la mano a conocer a un ángel, es decir, a una Mari Ángeles, que desde entonces (más de veinte años) ha sido nuestra “Asesora Gafera de Cabecera”. Hay que tener buen criterio para hacer que alguien se sienta cómodo y a gusto con las gafas, hasta el punto de dejar de sentirlas como algo ajeno, como una obligación molesta e impuesta por las circunstancias, y comenzar a verlas como algo inherente a nuestra imagen personal. Ella hace que pertenecer al Sindicato sea muchísimo más llevadero, y cada vez que la veo me doy cuenta de lo importante que es contar con un profesional que te atienda a la hora de decidir sobre algo que vas a llevar en mitad de la cara todo el día. Ni es fácil, ni es cualquier cosa.
            Ayer la mayor de mis vástagas se incorporó al Sindicato del Vidrio. Tiene once años, y no hubo dudas acerca de a quién teníamos que ir a buscar. Nuestra “Asesora Gafera de Cabecera”, Mari Ángeles, nos recibió con su preciosa sonrisa. Sólo puedo decir que mi princesuela entró a la óptica temblando, y salió casi dos horas después más contenta que unas Pascuas. Probándole monturas la hizo sentirse como la “Pretty Woman” probándose modelitos en una boutique de Rodeo Drive. Qué distinta habría sido mi adolescencia si hubiera podido contar con ella cuando yo me “sindiqué”.
            Hay cosas que no se le pueden confiar a cualquiera. Gracias por tu ayuda, Mari Ángeles. Y vete pensando en un modelo para mí, que pronto necesitaré gafas nuevas.

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