jueves, 3 de noviembre de 2011

EL SOBRECITO DE AZÚCAR

            Almudena salió de la oficina a las diez y media en punto, como todos los días, para tomarse un café y comer algo. Era una mujer de costumbres fijas: desde hacía casi veinte años repetía su rutina diaria sin salirse de ella. Si algo la retrasaba un minuto se ponía nerviosa, porque esa mínima demora le estropeaba el resto del día. Si no salía de su casa a las ocho y diez en punto, no llegaba a la estación a las ocho y veinticinco, con lo cual perdía el tren de las ocho y media que debía dejarla en la estación a las ocho cuarenta y dos, a tiempo de atravesar los trescientos metros que separaban el recinto ferroviario de la puerta de su oficina. Fichar a las nueve y un minuto ya no era correcto. Estricta y perfeccionista hasta el extremo en todo lo que hacía, Almudena miraba continuamente el reloj para tener siempre el control de su tiempo.
            Se sentó en la misma mesita que usaba siempre (cuando la encontraba ocupada se contrariaba, hasta el punto de que le sentaba mal el café), pidió su expresso solo de siempre con una tostada y aceite de oliva, como cada día. El camarero, que ya trabajaba allí cuando ella empezó a desayunar en el local, la saludaba cortés; ella le respondía, educada, y se ponía a leer el periódico. No cruzaron nunca una sola palabra más en veinte años.
            Almudena era soltera. De joven tuvo un par de escarceos amorosos, pero salieron mal, y decidió no perder más el tiempo con esos asuntos. Su vida se ceñía a los horarios de la oficina y los trenes, las clases de yoga, los espacios de una hora exacta para la lectura, 90 minutos de televisión por las noches, y las ocho horas de sueño indispensables para funcionar correctamente. Los fines de semana también los tenía programados al minuto. No le gustaba dejar nada al azar, necesitaba tenerlo todo controlado. Los sábados, natación, lectura, punto de cruz, un documental de National Geographic y una buena película. Los domingos, dos horas exactas de paseo, misa, visita a los padres por la tarde, lectura, cena, informativo, un baño y a la cama. Y no se salía de ahí.
            Aquella mañana, mientras sacudía enérgicamente el sobrecito de azúcar para echarlo a su café, se fijó en que sobre el papel blanco había una frase impresa en azul. Un proverbio chino. “Tu tiempo vale tanto como lo que hagas con él”. Sonrió: ella pensaba lo mismo. Empleaba el suyo en actividades de calidad, o eso creía.
            A la mañana siguiente, buscó curiosa el sobrecito de azúcar para ver si la frase era distinta. Le intrigaba saber si iba a contener alguna verdad que la reafirmase en sus convicciones o, por el contrario, llevaría escrita alguna trivialidad. Leyó: “No es más rico el que más tiene, sino el que menos necesita”. Otra gran verdad. Ella era una persona austera, enemiga de gastos innecesarios y de lujos extravagantes. No sabía quién elegía las frases para los sobrecitos de azúcar, pero lo hacía con un criterio excelente.
            Como el sábado y el domingo no trabajaba, tuvo dos días de plazo para desear la frase siguiente. No la vería hasta el lunes. ¿Sería igual de acertada que las anteriores, o quizá caería en algún tópico vulgar? Se sorprendió a sí misma anhelando algo fruto del azar. Podía ser que el sobre que le tocara en suerte dijera alguna tontería que nada tenía que ver con ella, pero aun así estaba impaciente por descubrirlo. Algo había cambiado en Almudena.
            El lunes a las diez y media se retorcía las manos bajo la mesita de siempre, esperando el café y el sobrecito del azúcar. Apenas pudo aguardar a que el camarero se lo dejara en la mesa para cogerlo y leerlo. “A veces deseamos que sople el viento sólo para que mueva un inocente molinillo de juguete”. ¿Qué quería decir aquello? No lo entendía. El resto de la mañana la pasó pensando en la frase, pero por más vueltas que le daba, no alcanzaba a comprender su significado. Aquella misma tarde, volviendo de su clase de yoga, vio un molinillo multicolor en una tienda, y lo compró. Lo ató a la barandilla de su balcón, junto a una maceta de hierbabuena, y esperó. No había viento, y el juguete permaneció inmóvil. Antes de acostarse se asomó a mirarlo. Nada. A medianoche se levantó a beber agua, y volvió a asomarse a mirar. No se movía. Por la mañana, apurando su vaso de leche, abrió las cortinas. El viento matinal se había despertado, y hacía girar el molinillo multicolor con fuerza. Almudena sonrió, aunque no sabía por qué. Ver las varillas del juguete girar como locas a merced del aire le había hecho ilusión.
            Buscó el sobre del azúcar del martes pensando en el viento, y en el molinillo de su balcón. La frase la sorprendió: “Todo lo que ocurre es importante si te arranca una sonrisa”. Vaya, qué apropiado. Almudena volvió a sonreír, y se le olvidó leer la prensa.
            El miércoles, la frase decía: “Añorar a quien ya no está es humano. Echar de menos a quien se tiene cerca es estúpido”. Se dio cuenta de que, de pronto, sentía unas ganas locas de ver a su madre. Aquella tarde se saltó los noventa minutos de televisión y fue a visitarla. Se extrañó mucho de verla un día entre semana, pero agradeció enormemente su visita. Fue una sorpresa de lo más agradable, y Almudena se fue aquella noche a dormir con el calor de los brazos maternos aún prendido en su cuerpo.
            El jueves se sorprendió a sí misma ansiosa por que llegase la hora del café. Casi se abalanzó sobre el platillo para leer la frase del azúcar. “Cambia un NO por un SÍ”. ¿Y aquello qué quería decir? Pensativa, volvió a la oficina. Una de sus compañeras le comentó que algunas de las chicas iban a ir a tomar algo cuando terminase la jornada, y que si quería podía acompañarlas. Fiel a su costumbre iba a decir “No”, pero detuvo la palabra en su garganta y recordó la frase. Y, para sorpresa de su compañera, dijo “Sí”. La cosa se alargó tanto que se saltó la clase de yoga, e incluso la cena, la hora de lectura y los noventa minutos de televisión. Llegó a casa tardísimo, ya no iba a tener siquiera ocho horas para dormir, pero… ¡lo había pasado tan bien! No recordaba haberse reído tanto en años.
            El viernes, contenta y relajada, leyó el sobre de azúcar con una sonrisa en los labios: “Sé como el agua, que se adapta a lo que la contiene. Lo rígido tiene límites. El agua no”. Como el agua. Ella, que era rígida como una vara. Ella, la inflexible, la de los horarios controlados, la que se enfadaba cuando algo no salía conforme al plan previsto. Lo de ser como el agua le parecía poco menos que imposible. Pero el sábado cambió la piscina por el spa, y el domingo llovía, así que anuló el paseo y se dedicó a mirar fotografías de cuando era niña. Y ninguno de los cambios de planes le hizo sentirse mal. Hojeó los álbumes de fotos, y advirtió cuánto había cambiado. Su espontaneidad infantil, su manera de ver la vida… ¿adónde habían ido a parar? ¿Cómo había llegado a ser una parodia de la Señorita Rottenmeier? No lo sabía, pero intuía que aún tenía arreglo.
            El lunes, el sobrecito le dijo: “Si hoy el sol te parece el mismo de siempre, prueba a mirar la luna”. Y lo hizo. Aquella noche subió a la terraza de su casa, y observó la luna, que cada día era distinta al anterior y al siguiente, y no por ello dejaba de ser la luna de siempre, y no por ello era menos bella. El martes, el miércoles y el jueves pidió sacarina. No estaba preparada para tanto cambio.
            El camarero la observaba desde la barra cuando ella no le veía. ¿Cómo podía una mujer tan hermosa estar siempre tan sola? Los cambios imperceptibles que se habían operado en Almudena desde que comenzó a entregarle los sobres de azúcar con aquellas frases que cuidadosamente elegía para ella le decían que estaba consiguiendo romper su coraza, pero el hecho de que se hubiera pasado a la sacarina fue como un jarro de agua fría a sus aspiraciones. Finalmente, el viernes, con el pelo suelto y una blusa nueva color rosa que nunca le había visto puesta, se sentó en su mesa de siempre, pidió su tostada y el café con azúcar. No podía desaprovechar la oportunidad.
            El camarero le sirvió el desayuno. Ella cogió el sobrecito de azúcar y leyó: “A veces, la fuerza de la costumbre hace invisibles a quienes te rodean. ¿Te has fijado alguna vez en la sonrisa de tu camarero?” Desconcertada, Almudena le buscó con la mirada. Y él le entregó una flor que había hecho con todos los sobrecitos vacíos de las últimas semanas y la invitó a salir.

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