domingo, 13 de noviembre de 2011

ENSAYO DOMINICAL

            Preparar un espectáculo de folklore de dos horas para estrenar en un escenario importante no es cualquier cosa. Son muchos bailes, muchas canciones, muchos poemas… Incluir a más de sesenta personas de tres generaciones distintas participando en algo como esto es complicado; cuando los que trabajan tienen horas libres los estudiantes están de exámenes, en el momento en que los mayores pueden bailar los pequeños de la casa están durmiendo, y conjuntarlo todo es muy difícil. Por eso, para llevar un proyecto así a las tablas hay que sacrificar muchos domingos de ocio. Es el único día de la semana en que todos pueden compartir música, pasos, palabras y castañuelas.
            Se me ocurren un millón de planes más atractivos para una mañana de domingo que tomar al asalto un antiguo colegio público cerrado y llenar el patio de bailadores, guiones y elementos de atrezzo. Los vecinos de los edificios colindantes se asoman a las ventanas para mirar a los que bailan, y por los rincones se van acomodando los más pequeños para hacer los deberes entre baile y baile. Alguno de los bebés que esperan en sus carritos a que sus madres acaben de ensayar para ser amamantados lloriquean impacientes, y son acunados por los compañeros que descansan. En una de las aulas vacías se planchan y arreglan faldas, enaguas y corpiños para adaptarlos al guión original: trajes de pescadora, de montaña, de huerta, de gala… Los gatos de la colonia que vive en el jardín del antiguo edificio corretean desorientados por el patio ante la invasión de extraños que rompe su habitual tranquilidad.
            Alguien hace una broma, y todos estallan en risas; uno de los chiquillos tropieza mientras persigue a una paloma, cae y rompe a llorar. Se hace un pequeño receso porque un compañero rezagado llega media hora tarde, aunque se le perdona porque viene cargado de churros para que desayunen todos. En los descansos se comparten confidencias, reencuentros, consejos sobre las papillas de los niños, se pasan trajes de los que van creciendo para que puedan usarlos los que vienen detrás, se aprende a peinar, se desenredan y preparan los mechones de pelo postizo para los moños, se reparan las redes de los pescadores, se adornan las cestas de las verduleras… En mi grupo conviven padres e hijos, abuelos y nietos, hermanos, cuñados, consuegros, vecinos y compañeros de trabajo. Treinta años de historia dan para mucho. Los que empezaron con seis años ya tienen hijos de esa edad, los que entonces eran padres ya son abuelos, y los niños que han ido naciendo se han ido incorporando a los espectáculos desde los primeros días de vida, como mis hijas, que debutaron cuando apenas contaban un mes. Ahora una aprende a bailar y la otra a tocar, para continuar escribiendo la historia de esta gran familia en la que cada uno hace lo que mejor se le da. Hemos tocado y bailado en tantos lugares que ya casi no puedo acordarme de todos. Hemos dormido en cuarteles, seminarios, colegios, hostales, hoteles y albergues de todas clases, compartiendo literas, bromas nocturnas y dormitorios comunitarios, nos han robado peinetas y regalado flores, nos han aplaudido en algunos sitios e ignorado en otros, nos hemos partido los bocadillos para poder almorzar todos cuando la previsión de comidas no ha sido acertada, nos hemos emborrachado y desfilado, hemos reído juntos y hemos respaldado al que no lo estaba pasando bien. Los éxitos de uno han sido el triunfo de todos, los fracasos de uno han sido un tropezón para todos, y el anecdotario común daría para escribir un libro entero.
            Empieza a llover; hay desbandada general hacia el interior de la antigua alquería d’En Chulià para salvar del agua los cabezudos de cartón-piedra, los instrumentos de madera y los elementos de decorado. Este histórico edificio que ha quedado, como un elemento anacrónico, enclavado en medio de la ciudad, que ha sido casa señorial, aposento de nobles, refugio de militares, colegio de primaria y quién sabe cuántas cosas más, sigue siendo nuestro cuartel general, nuestra casa. Igual que hoy nos cobija de la lluvia en estos accidentales y accidentados ensayos de domingo, hemos refugiado aquí tantos ratos que perdí la cuenta de las risas y de las canciones que han visto sus paredes.
Ignoro durante cuánto tiempo más esta familia grande y variopinta se mantendrá unida para seguir divulgando el folklore valenciano como lo viene haciendo sin interrupciones desde hace treinta años; el día cuatro de diciembre, día de Santa Bárbara, la santa que da nombre a nuestro grupo, volveremos a cantar, a bailar, a interpretar, a soñar y a divertirnos juntos sobre un escenario, con el único fin de que todo el que quiera venir a vernos disfrute y se emocione con nosotros.
Treinta años. Casi media vida. Feliz aniversario, querida familia.

No hay comentarios:

Publicar un comentario