sábado, 12 de noviembre de 2011

ILUSIONES

         Luisa llevaba mucho tiempo soñando que le iba a tocar la lotería. Estaba convencida de que, antes o después, un golpe de suerte con números impresos la iba a sacar de pobre. Bueno, a ella y a toda su parentela, porque no le iba a tocar cualquier premio, no. Le iban a tocar una barbaridad de millones, de esos que sólo salen en el telediario en manos de otros.
            Entre todos los juegos de azar a los que jugaba, el sorteo preferido de Luisa era el de la euromillonaria, pero no le hacía ascos a la primitiva, a la nacional, a la quiniela, los ciegos, la bono-loto… en fin, que como no quería echar por tierra ninguna posibilidad jugaba un poquito a todas, a ver cuándo le llegaba la tan ansiada suerte.
            Luisa tenía un trabajo de limpiadora sin contrato, ganaba poco más de seiscientos euros al mes, vivía de alquiler con su marido en paro y los tres niños que Dios había tenido a bien concederle; realmente merecía un respiro, un premio, para que su vida dejase de estar siempre llena de estrecheces, números, cuentas por pagar en la panadería del barrio y sacrificios. Cuando le tocase todo aquel dinero llovido del cielo ya no tendría que volver a preocuparse por llegar a fin de mes sin números rojos. Cada día se levantaba con esa esperanza y se acostaba con ese sueño.
            Los planes que hacía mentalmente mientras limpiaba los buenos muebles, los retretes de diseño y las cocinas de lujo de los demás eran infinitos: se compraría una casa, sus hijos irían a buenos colegios, podría comprarles ropa y zapatos nuevos a todos en lugar de ir pasando las prendas, cada vez más deterioradas, de un hermano a otro. Ella misma se compraría bolsos y zapatos de piel, en lugar del calzado de los chinos que usaba, y de los bolsos de mercadillo. Su marido iría como un señor, y la llevaría en un coche de lujo a todas partes. Incluso tendría tiempo de sacar el graduado escolar, un deseo antiguo que nunca lograba realizar. Ya no reñiría a los niños por venir de la escuela con el pantalón roto por una caída: lo tiraría y compraría otro. Y no fregaría más, porque tendría muchacha para el servicio. Eso sí, le haría contrato, como Dios manda.
            El dinero que Luisa gastaba en loterías era para ella una inversión, pero la realidad es que muchas noches los niños se iban a la cama con hambre, y ella se quedaba sin cenar. A su marido no le salían las cuentas: ¿cómo era posible que el día quince de cada mes ya no hubiese ni un euro en casa? Luisa callaba, y se aferraba a la esperanza de que su premio llegase pronto para que él dejase de hacer preguntas incómodas. No le explicó en qué se le iba el sueldo, él no lo habría entendido, se habría enfadado.
            Un sábado por la mañana, mirando los resultados de un sorteo en el teletexto, vio sus números. No se lo podía creer, los de la pantalla eran exactamente los del boleto que tenía en la mano. Le había tocado. Por fin. Dios, por fin, por fin, por fin se iban a acabar todos sus problemas.
            Diez años después se recordó a sí misma aquella mañana de sábado. Qué distinta habría sido su vida sin aquel maldito boleto de lotería. Los niños crecieron rodeados de lujos y caprichos, y dos de ellos eran unos tiranos insoportables, gastaban a manos llenas y siempre estaban de fiesta. No eran los prometedores jóvenes ricos y con carrera que ella quería que fueran, porque se negaron a estudiar. ¿Para qué, si ya tenían todo lo que necesitaban sin trabajar? El tercero de sus hijos se había comprado una potente motocicleta un par de años atrás, y la estrenó dejándose la vida en una curva. La Guardia Civil les dijo que iba de cocaína hasta las cejas. Paco, su marido, ya hacía tiempo que se veía con una jovencita que podía ser su hija, y no se divorciaban porque el dinero justificaba el sacrificio de mantenerse unidos, aunque sólo fuera de cara a la galería. Volvió a mirarse, el pecho de silicona, las uñas de porcelana, las mechas de peluquería, los trajes, las pieles… estaba sola, y el dinero había podrido a su familia hasta los cimientos. Ojalá pudiera retroceder en el tiempo, tal vez así Paco seguiría mirándola con amor a pesar de la pobreza, y sus hijos seguirían siendo aquellos niños aplicados que anhelaban crecer rápido y estudiar mucho, y conseguir así trabajos que les permitiesen vivir con comodidad. Sus niños, esos que querían ganar dinero para que ella dejase de fregar y pudiese ir a la escuela de adultos calzada con unos zapatos de piel… Si aquel envenenado boleto de lotería no le hubiese tocado, la motocicleta seguiría aún en el escaparate de la tienda, esperando otro jinete al que matar. Ojalá, ojalá nunca hubiese recibido aquel dinero.
            Se despertó llorando en su cama de metro treinta y cinco, en el piso de alquiler lleno de humedades, junto a Paco. Corrió al cuarto de los niños, los tres dormían tranquilos, soñando quién sabe con qué. Se miró, era la Luisa de siempre, con sus manos ásperas y llenas de grietas por los productos agresivos que usaba en su trabajo, sus canas precoces y su pijama remendado. Y agradeció al cielo aquella segunda oportunidad.
            El lunes por la mañana comprobó todos los boletos de la semana: un reintegro de dos euros, una primitiva de tres aciertos, y nada más. Y, mientras estaba rompiendo los resguardos para tirarlos, sonó el teléfono. Era para Paco. Un trabajo. Ahora sí que les había tocado la lotería. Luisa no volvió a jugar nunca más.

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