miércoles, 23 de noviembre de 2011

LA GATA BAJO LA LLUVIA

            No es la primera vez que recurro al poder evocador de las canciones para contaros alguna historia. En la lista de títulos que define mi vida, hay muchos temas que han sido especiales por distintos motivos, como supongo que le ocurre a todo el mundo. Unas me traen recuerdos de felicidad, otras ternura, otras risas, otras llanto. “La gata bajo la lluvia”, esa canción que en su día popularizó Rocío Dúrcal, me devuelve por unos segundos a mi gata “Blanqui”.
            Una noche de otoño, lluviosa e incómoda, mi marido se fue a devolver las películas al vídeo-club. Estábamos recién casados, solos y sin un duro; de ahí que una pareja de veintipocos (en mi caso veintipoquísimos) años estuviese un sábado por la noche en casa viendo películas en lugar de cenando por ahí, o de copas con los amigos. El caso es que él tardaba en volver, la cena estaba en la mesa y yo me impacientaba pensando dónde se habría metido. Llegó mojado como un pollo, helado y pálido, pero sonriendo. Traía la mano dentro de la chaqueta, y me miró con esa cara de “no lo pude evitar, lo siento” que le hace irresistible para mí, la cara de las pequeñas travesuras. “Le oí llorar y me dio pena, estaba solito, y mojado, y con frío, mira qué flaco, se le ven las costillas”. En la mano traía un gatito gris, sucio y tembloroso, que le había dejado la piel llena de surcos defendiéndose con sus uñitas. Bueno, en concreto eran una manifestación de pulgas que llevaban a cuestas un gatito. “Lo lavamos, le damos de cenar, que duerma caliente hoy, y mañana, cuando pare de llover, lo soltamos”. Yo me eché a reír. ¡Ja! “Si pasa la noche aquí ya no se va”, pensé mientras buscaba una toalla vieja para secarlo tras el baño.
            Le pusimos de nombre “Gris” por su color. Una vez libre de pulgas y limpio resultó ser blanco impoluto, o mejor dicho, blanca, porque era una minina. La recuerdo mojada dentro del lavabo, maullando muerta de miedo, era todo orejas y ojos verdes, y la quise tanto ya en ese momento que no fui capaz de desprenderme de ella.
            “Blanqui”, mi “gata bajo la lluvia”, vivió con nosotros diez años. Mi primer animal de verdad (porque peces, tortugas y pájaros no hacen la misma compañía, desde luego), la que venía a la puerta a esperarme cuando llegaba de trabajar, la que buscaba mis caricias continuamente, la que trepaba por mi bata para verme cocinar subida en mi hombro, la que ronroneaba como un motor tumbada sobre mi tripa de embarazada para arrullar a mis cachorros antes de nacer, la que hacía guardia bajo su cuna con tal de evitar que ni una mosca pudiese molestar al bebé… Estaba un poco loca, pero nos adoraba. Y nosotros a ella. Frotaba su cara contra mi mejilla cuando me veía triste, y el sonido de su ronroneo era la banda sonora de mi casa junto con la risa de mis hijas y sus primeros balbuceos.
            Cuando “Blanqui” enfermó me di cuenta enseguida de que era grave. Saltó desde la mesa del comedor a mi regazo buscando mi protección, y comenzó a asfixiarse. Hice veinte kilómetros, de noche y lloviendo, buscando un veterinario que me dijera qué le pasaba a mi gata. Quedó ingresada en una clínica, le afeitaron los costados mientras yo la sujetaba, le pincharon entre las costillas para sacar el líquido que le oprimía los pulmones, y la metieron en una jaula con oxígeno. Al día siguiente me fui a trabajar con las manos llenas de arañazos, y la veterinaria me llamaba para informarme: hemos vuelto a pincharla, le hemos hecho una radiografía, una ecografía, un análisis de sangre, hemos vuelto a pincharla, vamos a avisar al neumólogo… A mediodía volvieron a llamar: podían ser tres cosas distintas, pero las tres eran mortales. Pedí que no la tocasen más, y que me esperasen. Al salir del trabajo iría a buscarla para eutanasiarla y no permitir que siguiera sufriendo.
            Cuando llegué a la clínica llovía a cántaros. La abracé mientras moría, mi gatita, mi querida pequeñuela, la que había sido mi compañía durante diez años iba a dejarme, y no podía permitir que lo hiciera en otros brazos. Me ofrecieron quedarse con el cuerpo para incinerarlo, pero yo insistí en llevármelo; la envolví en su toalla azul favorita, la coloqué con cuidado en su transportín, pagué la cuenta (más de setecientos euros entre pruebas, tratamientos, hospitalización, oxígeno y eutanasia) y salí a la calle. Llovía con saña de nuevo, y yo no podía parar de llorar mientras caminaba hacia el coche. Dejé el transportín en el maletero y conduje hasta casa con dificultad, el agua no me dejaba ver las líneas de la carretera, y las lágrimas tampoco ayudaban demasiado. Mi marido me esperaba con una pala y una caja de madera que había contenido ovillos de hilo.
            La enterramos cerca de donde yo trabajaba, en el campo. Mi marido cavó un buen rato bajo el intenso aguacero, la metimos en la caja con su toalla azul, la acariciamos una vez más, y allí se quedó mi “Blanqui”, mi gata bajo la lluvia, que se nos fue igual que llegó: con un chaparrón.
            Durante días, las heridas que me había hecho con sus uñas en las manos cuando ya estaba tan enferma se negaron a cicatrizar, igual que las que me había dejado en el corazón. No nos atrevimos a decirles a las niñas lo que había pasado; para ellas, “Blanqui” se había escapado. Pero se dieron cuenta de que algo no iba bien porque yo no dejaba de llorar.
            La vida me regaló dos niñas muy cantarinas, y la casualidad quiso que, justo esa semana, un popular programa de televisión que formaba nuevos cantantes propusiera a una de las concursantes cantar el tema de Rocío Dúrcal “La gata bajo la lluvia”. Mis niñas veían el programa, los ensayos, las pruebas, la gala y la repetición el domingo, se aprendían las canciones y las cantaban con la televisión, así que la cancioncita me acompañó para amargarme aún más aquella negra semana. El domingo por la mañana ellas cantaban frente a la televisión mientras nosotros remoloneábamos en la cama, resistiéndonos a levantarnos, y de nuevo volvió a sonar la canción, y de nuevo nosotros nos miramos y nos echamos a llorar. Yo no pude más.
            Esa misma mañana fuimos a la protectora de animales a adoptar un cachorro. No quise elegir, pedí que me dieran una hembra pequeñita, me daba igual si era de colores, verde, negra o a rayas. Me insistieron para que las viese, pero me negué. Acepté la que ellos quisieron entregarme. “Isi” vino a llenar el hueco que había dejado vacío “Blanqui”. Era pequeñita, blanca y negra, tenía una infección en los oídos, parásitos, un ojo desviado y una tos terrible, pero ronroneaba con una intensidad increíble en un animal tan chiquitín y tan enfermo. Conseguimos que saliera adelante, a pesar de que quedó sorda y asmática; ella vino a mitigar un dolor que jamás creí se pudiera sentir por un animal.
            Esta mañana puse la radio y volví a escuchar la canción. “La gata bajo la lluvia” me trajo de vuelta a “Blanqui”, la “MariGata”, como la llamábamos a veces, así que me fui a visitar su sepultura al campo. Y, cómo no, mientras caminaba hacia allí se puso de nuevo a llover.
Te echo de menos, peluda. Aunque tenga más gatos, aunque pasen los años, nunca te olvidaré.

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