sábado, 5 de noviembre de 2011

LA MAREA

            Samuel soñaba con el mar y sus olas. Fantaseaba, imaginaba, deseaba que la marea se llevase su cuerpo y le arrancara la angustia, lo lavase definitivamente del miedo a la vida y de todas las cosas que le hacían sentirse tan mal desde hacía tanto tiempo. Se veía a sí mismo caminando por la playa bajo la luna e introduciéndose en el agua fría, dejándose cubrir poco a poco por el líquido hasta fundirse con él, comenzar a respirarlo y dejar de sufrir. Aunque no sabía si sería capaz de resistir a su instinto de supervivencia y, presa del miedo, nadar en el último momento para salvarse. Quizá fuera mejor entonces tirarse desde lo alto del acantilado, para asegurar que el choque contra el agua helada lo atontase al instante, privándole de sus reflejos. El final sería más rápido.
            Hacía mucho tiempo que Samuel quería suicidarse. La depresión que arrastraba desde hacía meses le tenía sumido en una espiral sin control, en la que no veía más salida que asesinar su cuerpo para liberar su mente del dolor que sentía. Su vida era inútil. Nadie le quería, nadie le esperaba. Nadie le daba trabajo y dependía de la caridad de los demás. Para vivir así era mejor no haber nacido, pensaba. Su mujer no le amaba, creía él. Era un mantenido, incapaz de encontrar una manera de sacar adelante a su familia. Ella tenía un sueldo de mierda que no alcanzaba para alimentarlos a los cuatro, y dos veces al mes acudía al banco de alimentos, muerto de vergüenza, a pedir comida. Definitivamente lo mejor para todos es que se quitase de en medio.
            Aquella tarde salió de casa para buscar trabajo, y como muchas otras veces terminó vomitando su amargura en la playa. Pensó en Laura, y en el alivio que sentiría cuando él muriera. Pensó en sus hijos, ya no tendrían que avergonzarse del inútil de su padre, que había sido incapaz de ser un hombre como Dios manda y darles una educación. En los últimos meses esquivaba verlos todo lo que podía para evitar que lo mirasen con desprecio por su incapacidad de encontrar un trabajo, para no ver a Laura llegar con las manos deshechas de la fábrica, los pies hinchados, las varices en sus piernas, y tener que decirle que, un día más, no había habido suerte. No quería volver a ver su mirada de lástima. El brillo de aquellos ojos que tanto amaba hacía tiempo que había desaparecido.
            Dejó los zapatos en la orilla, y se fue metiendo en el agua. La sensación de frío y la ropa pegada al cuerpo eran bastante desagradables, pero no durarían mucho. Comenzó a nadar mar adentro mientras el sol se iba ocultando, lleno de pena, para no ver lo que estaba a punto de ocurrir. Samuel lloraba y nadaba, se adentraba cada vez más mientras añadía caudal al mar que iba a acogerlo, aquel mar junto al que soñó tantas cosas de niño, frente al que tomó a Laura por primera vez, aquel mar que vio la más tierna niñez de sus hijos y sus días de felicidad.
            No sabía qué tenía que hacer a continuación, si continuar nadando, dejarse flotar hasta agarrotarse por el frío, si bucear hasta perder el sentido. ¿Cómo se suicida en el mar un buen nadador? Hizo la plancha para ver por última vez la luna, y mientras flotaba algo tocó su mano. Lo cogió, parecía una botella. La sacó del agua para mirarla, estaba cubierta de algas verdes, y tenía algunos parásitos marinos adheridos, pero la forma era inconfundible. No podía ser verdad, no podía ser…
            Nadó hasta la orilla con la botella dentro de la camisa, y una vez sentado sobre la arena la sacó y la miró. Era alta y delgada, como Laura. Una de las botellas de Calcio 20 que su madre le daba de niño a cucharadas para completar su nutrición; recordó que le había robado una y la había vaciado. Después había metido dentro un mensaje, atado con un lazo rojo de cuadros escoceses; se lo había desatado a ella de la coleta cuando aún no eran más que un par de escolares que jugaban juntos a la pelota. Rompió el gollete de la botella, incrédulo y tembloroso, y metió los dedos en ella. Allí estaban el papel cuadriculado arrancado de su cuaderno de Sociales, y la cinta roja.
            Pese a que recordaba lo escrito palabra por palabra, lo leyó en voz alta:
“24 de julio de 1982. Me llamo Samuel y escribo este mensaje desde España. Si alguien lo encuentra quiero que sepa que algún día me casaré con la dueña de esta cinta, y la haré todo lo feliz que ella se merece. Se llama Laura, y es tan bonita como una estrella, mi estrella. Mientras esté a mi lado todo tendrá sentido, así que tú, que estás leyendo este mensaje, y el mar que te lo ha hecho llegar, sois testigos de mi promesa”.
            Él amaba el mar, y el sabio mar lo amaba a él tanto como para ser capaz de guardar la botella, sabiendo que algún día debería devolvérsela para recordarle que vivir vale la pena. Jamás le habría acogido en su seno. No era su hora.
            A Samuel, de pronto, le entraron unas ganas locas de besar a su mujer, y de colocar la cinta roja de cuadros en el pelo castaño de su hija Leire, y de llevar a su hijo Saúl a coger conchas en la playa. Y supo, después de mucho tiempo, que su vida aún no podía terminar, que le quedaba mucho por hacer. Temblando de frío, con la ropa empapada, el lazo en el bolsillo y los zapatos en la mano, emprendió el camino a casa.

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