martes, 15 de noviembre de 2011

LA REINA DE LAS FIESTAS

            La primavera pasada, durante un larguísimo viaje por carretera, la casualidad quiso que nos detuviéramos en un pueblo castellano en el que nunca habíamos estado. Ya se sabe, cuando se viaja con niños pequeños y se oye desde el asiento de atrás una vocecita chillona que clama: “¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡Papá, para que me hago pipiiiiiiiiiiiiiiiii!!!!!!!!!!!” ya sabes lo que te queda: o paras o la lías. Y paramos.
 Buscamos un bar decente (entiéndase por decente cualquier lugar en el que haya un cuarto de baño limpio, que no es demasiado pedir en el siglo XXI, digo yo) y entré como una exhalación hacia el lavabo, arrastrando de la mano a mi vástaga y a su urgencia, mientras mi costillo pedía un par de cafés. Se produjo la metamorfosis de costumbre: mi gordita rellena entró con una cara que parecía un troll con dolor de barriga, y salió con una sonrisa que era la viva imagen de la esposa de David el Gnomo. Pero el caso es que, mientras ella estaba en el baño dando rienda suelta a sus necesidades, yo me fijé en un cartel que colgaba de la pared del pasillo: “Día 20 de mayo, referéndum popular para elección de la Reina de las Fiestas. Candidatas: Vanessa de Tal y Tal, Cinthia de Tal y Cual, Lorena de Cual y Pascual… y Alberto de Esto y Lo-otro. Cada uno que opine lo que quiera”. Confieso que en los tiempos que corren, cuando ya una ha visto de todo, eso tuvo la virtud de sorprenderme. Y como mujer que soy, o sea, animal de natural curioso, pregunté. Que digo yo que preguntar no es ofender.
            Habida cuenta de que estábamos a veintisiete de mayo, supuse que el resultado del atípico referéndum ya se sabría, con lo cual sometí al camarero a un interrogatorio en tercer grado que ríete tú de los que hace el FBI. El hombre me dijo que había participado casi todo el censo vecinal del pueblo, unos mil doscientos habitantes, alma más, alma menos. Hasta la abuela Genoveva, que llevaba seis años sin salir de casa, había ido a votar. “Leñe”, pensé yo. “Luego llega un plebiscito para aprobar la constitución europea y se abstiene el 65% de la población, y para reina de las fiestas del pueblo votan hasta los gatos”. Pero bueno, me privé de interrumpir a mi narrador accidental de noticias locales. El hombre siguió contando: el tema estaba calentito porque se había presentado un muchacho. Él no quería ser reina de las fiestas, quería ser rey. No le parecía bien que un título como ese, de representante de la semana más lúdica, relajada y señalada de la localidad, fuese exclusivamente patrimonio de las mujeres por ser mujeres. Se sintió discriminado, y se presentó. Y yo pensé: ole tus… tus…. tus narices. “¿Y quién ganó?”, pregunté al fin. “La Lorena, la de la tía Benita. Y bien guapa que es la zagala”, contestó el camarero, con una sonrisa de triunfo (él también debió votar a “Lalorena”). Y al fin, mientras pagaba los cafés, hice una última pregunta: “Caballero, ¿cuántas mujeres hay como concejalas en este ayuntamiento? ¿Cómo se llama el alcalde?” El hombre, sin ningún rebozo, contó con los dedos murmurando: “El Manuel de alcalde, Don Paco, Javier, Domingo, Juan el del matadero… y la Carmen en los servicios sociales. En total son ocho hombres y una mujer. Eso sí, es soltera, la Carmen no tiene familia”.
            Cada uno que saque sus propias conclusiones. En la España profunda, la que nadie reconoce que aún existe, los puestos decorativos siguen siendo patrimonio de las mujeres. Y como mucho, si no tienen familia de la que cuidar, se les facilita el que decidan cómo cuidar de los demás. Se sale de casa para votar la reina de las fiestas, pero no para elegir el futuro de todos. Y si el chaval valiente en cuestión quiere encontrar novia, se ha de mudar de pueblo, porque su valentía le ha reportado fama de homosexual.
            Tengo que reconocer que el café me produjo una intensa acidez de estómago, y la conversación me hizo valorar cuánto trabajo queda por hacer. Aun así, estoy contenta de haber parado en aquel pueblo, por dos razones. La primera es porque me dio argumentos para enseñarles a mis vástagas lo que no debería seguir ocurriendo, lo que hay que pelear por cambiar. La segunda es que, gracias al progreso, cada vez es más difícil encontrar aseos con un agujero en el suelo y dos plataformas para poner los pies, esos en los que, como te descuides un poco o vayas algo urgida, te riegas las zapatillas. Aunque haberlos, haylos, como las meigas. Tan anacrónicos, incómodos y retrógados como tachar de “mariconada” un gesto valiente que buscaba romper barreras. Yo hubiera querido ver a ese chico con su cetro, su corona y su manto de armiño, igual que quisiera constatar que nadie mira el sexo, sino el cerebro, a la hora de votar lo que sea. Seguimos estando llenos de prejuicios. Nos queda aún mucho camino por recorrer.

1 comentario:

  1. Tienes toda la razón Susana, y yo sigo diciendo que mientras se necesiten días para recordar cosas, ya sea libertades sexuales, enfermedades o enfermos es que algo falla en la sociedad. Quizás en los pueblos sea donde mejor se tome el pulso a esas cosas. Me hubiera gustado saber la opinión de ese joven y la de su familia cuando iba al día siguiente a su candidatura a comprar el pan.
    Ole por ellos.
    Un saludo

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