viernes, 25 de noviembre de 2011

LA TETERA DE "ORQUÍDEA BRILLANTE"

            Cuando “Orquídea Brillante” llegó de Taiwán no entendía ni una sola palabra de español. Dominaba el chino oficial, el cantonés, el taiwanés y también el japonés, además de hablar perfectamente en la lengua de Shakespeare, pero de la de Cervantes, ni papa. Vino con su visado de estudiante para empezar a dar clases aquí, pero la primera temporada le resultó muy difícil.
            Se alojó en mi casa durante cuatro o cinco meses. Reconozco que para nosotros fue un tiempo extraño; parecía que nunca nos íbamos a entender con ella. No hablo inglés, mucho menos chino, y cada cosa que había que comentar se podía convertir en un galimatías de gestos, señas, palabras chapurreadas, sonidos, onomatopeyas… pero bueno, más o menos lo íbamos consiguiendo. Con quien se entendía a la perfección era con la gata; más de una noche llegamos de trabajar y la encontramos hecha un ovillo en el sofá, dormida con la televisión encendida y la minina en el regazo, y las dos con la misma carita de sosiego oriental.
            Hacer la compra tampoco era tarea fácil, había cosas que yo ni sabía para qué servían ni cómo se cocinaban, y cuando me lo intentaba explicar aún me quedaba menos claro… Solamente los domingos, cuando nos quedábamos en casa descansando, teníamos tiempo de sentarnos a comer juntos, y nos preparaba alguna de esas delicias orientales que no te ofrecen los restaurantes, la comida que se hace en sus casas. Ahí sí que aprendí de ella un montón. “Orquídea Brillante” cocinaba moviendo las manos con una rapidez pasmosa, casi estresante. Probaba, añadía, rectificaba, cortaba, batía y mezclaba recorriendo la cocina de lado a lado sin parar de parlotear en taiwanés, como una hormiguilla de ojos rasgados con una sobredosis de guaraná. Y luego te sacaba a la mesa aquel inimitable pollo agridulce, lleno de trocitos de piña y chorreando una sabrosa salsa casera que nada tenía que ver con la que conocíamos; después, verduras con bambú, setas chinas, salsa ahumada y soja, o pescado con algas y vete-tú-a-saber-cuántas-cosas-más procedentes de unos paquetitos que guardaba en su habitación. Pero lo mejor de todo era cuando, ya terminada la comida, fregábamos juntas tratando de charlar (cuánto nos reíamos, si nos hubiésemos podido grabar aquellas pseudo-conversaciones nos servirían para darnos cuenta de lo que hemos aprendido desde entonces) y después ella sacaba la tetera.
            La tetera de “Orquídea Brillante” era un cacharro plateado, con su asa, su pitorro y su tapita, como cualquier tetera. Ella la llenaba de agua, la ponía al fuego, y entonces sacaba su maletín de debajo de la cama, lo abría en la mesa y decía: “¿Yo pongo tú?” Un té de “Orquídea Brillante” era un misterio en sí mismo. Los saquitos de colores contenían hojas, flores y bayas secas de, al menos, tres docenas de plantas distintas. Y, en el tiempo que estuvo con nosotros, ningún día fuimos capaces de saber a ciencia cierta qué era lo que nos ponía en la taza cada vez. Se quedaba pensando, nos miraba y después comenzaba a hablar en su lengua, mientras escogía ceremoniosamente unos saquitos u otros, dependiendo del día. Luego medía cantidades con los dedos, lo ponía todo junto en una tacita y, cuando la tetera pitaba desde la cocina, iba a buscarla y le añadía la mezcla de hebras, polvos, granos, hojas, raíces o lo que ese día ella considerase que nos hacía falta tomar. Lo tapaba, miraba el reloj, respetaba religiosamente cinco minutos para que las propiedades de las plantas pasasen al agua, colaba el líquido y lo servía en tres tazones iguales, la misma cantidad en cada uno, y los distribuía por la mesa.
            Cada día el color de las infusiones era distinto, y también el sabor. Había veces que distinguíamos algo de jazmín, otras la aspereza del té verde o el picor del regaliz, la acidez de las grosellas o el característico olor del escaramujo, pero el resto de cosas se nos escapaban. Aunque debo decir que aquellos tés tenían la virtud de hacernos sentir bien, por lo que supusimos que elegía los ingredientes con arreglo a la pesadez de la comida que hubiera preparado ese día, o de lo cansados o animados que estuviéramos. A veces incluso nos miraba la palidez de la piel antes de añadir una hierba u otra. Los tomábamos sentados, sin prisas, con un poco de azúcar de caña o miel, mientras tratábamos de enseñarle palabras nuevas en castellano.
            Ya apenas tengo contacto con “Orquídea Brillante”, aunque aún la veo de vez en cuando. Ahora habla perfectamente nuestro idioma, enseña español a chinos y chino a españoles, hace de intérprete ocasional y ya no es aquella muchacha de apariencia frágil que llegó a nuestra casa hace quince años, sino una mujer desenvuelta que pisa fuerte, una ciudadana del mundo. Un día, hace poco, nos encontramos y salieron a relucir aquellas conversaciones y aquellos tés suyos, de formulación única cada vez, que tanto echo de menos. Volvió a reír como antaño, y me hizo una confesión: mezclaba los ingredientes de aquellas infusiones aleatoriamente, sin ninguna fórmula ni razón concreta. Daba igual lo que hubiéramos comido, o cómo estuviéramos de ánimo. Simplemente ponía lo que le apetecía a ella, pero ese aire misteriosamente oriental de su gesto y la imposibilidad de comprender sus palabras nos hizo creer que conocía algún secreto ancestral chino relacionado con las hierbas y sus propiedades, y que lo aplicaba para mejorar nuestras vidas. El buen sabor y la sugestión hacían el resto.
            A veces no es mejor conocer la verdad de algunas cosas. Yo prefería pensar que los tés que “Orquídea Brillante” inventaba para nosotros estaban formulados para hacernos sentir mejor, y como soy dueña de mis recuerdos hasta que el Alzheimer diga lo contrario, archivo la explicación real y me quedo con mi teoría de la medicina china, que me gusta más. Una pizca de misterio y fantasía le viene bien a cualquier vida… y a cualquier té.

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