miércoles, 16 de noviembre de 2011

LOS CUADROS DE MI MADRE

            Mi madre es pintora. Jamás vendió un cuadro, pero cada uno de los lienzos que ha llenado con sus pinturas al óleo tiene un significado para mí. Son una especie de recordatorios de lo que ha ido pasando en mi vida, un álbum de láminas elaboradas con mimo que se asocian en mi memoria directamente con momentos vividos. El ver cada uno de esos cuadros significa volver atrás en el tiempo.
            Una gitana andaluza con claveles en el pelo, y una mujer de cabeza cubierta por una pañoleta anudada bajo su barbilla son mis primeros recuerdos, imágenes de la casa en que nací, de aquel pasillo largo y oscuro que conducía del salón a mi dormitorio. Esas dos láminas de papel grueso y carboncillo, enmarcadas en gris, suavizaban mi miedo a recorrer aquel tramo a solas. Las dibujó con diecisiete años, cuando comenzó a comprender que la pintura iba a acompañarla ya siempre. Esas dos muchachas grises me miraban desde su lugar en la pared, y me hacían pensar que quizá algún día yo fuera capaz de dibujar así de bien.
            El gallo de colores es otro de mis cuadros favoritos. Lo pintó partiendo de una litografía, pero el suyo quedó más bonito que el original. Recuerdo que me encantaba mirarlo cuando le daba el sol, porque los verdes y los naranjas que había empleado para pintarlo relucían alegres, y los destellos de cristal de roca de la lámpara lo llenaban de lucecitas brillantes, de manera que parecía casi una gran joya. También recuerdo el enfado de mi padre cuando Aventurera, mi periquita, volaba suelta por la sala y se subía al marco del gallo para picar el pan de oro. Aún están ahí las marcas de su pico.
            El poblado de los pescadores era mi “cuadro de estar enferma”. Lo pintó a paleta, sin pinceles. A mí nunca me gustó, pero era uno de los preferidos de ella, y lo tenía colocado en su habitación. Verlo me trae a la memoria las convalecencias de mis enfermedades infantiles en su cama, con aquel cuadro enfrente, las casitas, el mar, los barcos… no puedo evitar vincularlo a dolores, molestias, fiebres, puntos de sutura e inyecciones de aquellas que venía el practicante a ponerte a casa.
            Mi bodegón favorito lo asocio a unas navidades en Mallorca. Lo pintó aquel invierno, cuando nos tocó en un sorteo la cesta de navidad más fabulosa que jamás habíamos visto: el primer huevo de chocolate que me comí en mi vida iba en aquella cesta. El lote fue como un gorrino: de él se aprovechó todo. La canasta de mimbre se convirtió en macetero, el celofán forró el interior de varios cajones en los armarios de casa, los grandes florones de cinta sintética fueron convenientemente desmontados, y los lazos enrollados; sirvieron para envolver y adornar regalos durante años. Las botellas de licor acompañaron muchas comidas y cenas con amigos, y los frascos de cristal, una vez vacíos, sirvieron para envasar mermeladas caseras en años sucesivos. La bota roja de Papá Noel llena de huevos de chocolate contuvo lápices de colores hasta que se cayó de vieja, y los comestibles, turrones, espárragos y demás se convirtieron en combustible para las carnes crecientes de los tres niños de la casa. Por eso, cada vez que miro el bodegón que pintaba esa temporada, no veo la jarra, ni la cazuela de cobre, ni las naranjas, ni las cerezas, sino que veo una enorme cesta navideña que fue como un baúl de los tesoros a mis ojos infantiles.
            Podría contaros un montón de cosas más relacionadas con el jarrón de rosas, con la cacharrera, o con cualquier otra de sus obras, pero no quiero aburriros. Me quedo con la bolillera gallega que me pintó cuando compramos nuestro primer piso (“para que no olvides a tu madre”, me dijo. Como si a una madre se la pudiese olvidar), que me recibe y me despide cada vez que entro y salgo.
            Cuando voy a ver a mi madre nunca saco los álbumes de fotos. Me basta con pasear por las habitaciones de su casa e ir contemplando los cuadros que cuelgan de sus paredes para ver con claridad los primeros veintitantos años de mi vida. En esas pinturas hay mucho más que gitanas, pescadores, flores o cacharros. En esos lienzos están sus manos, sus preocupaciones, mis primeros pasos, las risas de mi hermano, los besos de mi padre, los veranos ociosos y los inviernos duros de mi León natal, la melena oscura de mi hermana, mis paperas…
            Yo no sé dibujar, nunca he sabido. Espero que mis hijas, cuando sean mayores, puedan echar mano de mis cuentos para guardar con ellos la memoria de su niñez.

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