lunes, 14 de noviembre de 2011

LOS ENANITOS DEL BOSQUE

            Érase una vez (hoy, en contra de mi costumbre, voy a seguir la fórmula del cuento clásico de toda la vida; no me enamora, pero para ciertas cosas reconozco que es la mejor) un bosque encantado en un país muy lejano. Era frondoso, y estaba lleno de árboles grandes y fuertes, algunos con cientos de años de vida. En aquel magnífico bosque vivían muchas criaturas: ciervos y cuervos, gorriones y ratones, zorrillos y pajarillos, ardillas y conejillas, insectos abyectos y viles reptiles, jabalíes gruñones y pequeños tejones. Y también una tribu de enanos que convivían en paz y armonía con los animales y las plantas del lugar. O eso parecía.
            Dentro de la tribu de enanos, cada uno tenía un oficio. Unos cuidaban de los árboles, otros regaban el musgo, otros protegían a los animales heridos... todos tenían un trabajo definido. Pero sucedió que hubo una sequía muy grande, algunos árboles murieron de sed, no crecieron hongos aquel año y muchos de los animales se fueron a buscar otros bosques para vivir. Gran cantidad de los enanitos se quedó sin ocupación.
            Dos de los enanos que perdieron su trabajo decidieron dedicarse a otra cosa. Uno pensó que, estando la situación tan fea y difícil, lo mejor que podía hacer era repartir flores entre los demás. Al principio no ganaría nada, pero al menos vería sonrisas en las caras del resto de enanos. Entendió que, cuando las cosas no marchan bien, los demás necesitan una esperanza, algo que les haga sentirse un poco mejor. Y así lo hizo: comenzó a recoger flores del bosque y a regalarlas. Cuando vio que las amapolas, margaritas y rosas silvestres se le acababan, cogió papeles de colores y fabricó sus propias flores. También las repartió, recibiendo a cambio cariño a raudales. Y aprendió a alimentarse de él sin necesitar mucho más para vivir.
            El otro enano lo miraba y pensaba que el florista era tonto de remate. No sólo trabajaba gratis, sino que encima estaba contento. Y decidió hacerle la competencia para no ser menos, pero en lugar de buscar, cultivar o fabricar flores se limitó a cortar ortigas y cardos, que abundaban gracias a la sequía. Era mucho más fácil que procurarse flores, y al fin y al cabo no dejaban de ser plantas igual, ¿no?
            El enano de las flores, al ver lo que hacía el enano de los cardos, se puso muy triste. El trabajo que él se estaba tomando para animar al resto de enanos, incluso a costa de no tener siquiera un puñado de arroz para comer, estaba siendo destruido por el otro, que con sus  ortigas no dejaba de provocar pinchazos, ampollas, alergias y urticarias entre todos los demás. ¿Qué podía hacer? Se sentó a pensar, y después de darle muchas vueltas, trazó un plan.
            El enano de las flores se dedicó a seguir al enano de los cardos, de modo que cada vez que uno regalaba una ortiga o una flor seca llena de pinchos que producía daño, el otro entregaba inmediatamente una rosa fresca, una amapola alegre o una florecilla de papel llena de buena intención y cariño. Descubrió que así el daño que el otro producía era menor, y que las sonrisas tienen un poder curativo más potente de lo que jamás imaginó.
            En el tiempo que duró la sequía, en los años en que la escasez cubrió el bosque y a sus habitantes, todo el mundo llegó a conocer al florista, todos recordaban su nombre y su labor. Casi nadie, sin embargo, recordaba el rostro del repartidor de cardos. Solamente dejó como testigo de su actividad ampollas, malestares y otras molestias. Tanta cizaña había llegado a sembrar que todos terminaron volviéndole la espalda, y cuando la lluvia devolvió la vida y la abundancia al bosque fue desterrado de allí por sus convecinos. Cuando el enano malhumorado abandonaba la espesura con sus ortigas a cuestas y su úlcera de estómago ardiéndole dentro, oyó una voz que le llamaba. Se dio la vuelta y vio al enanito de las flores que le sonreía tendiéndole una amapola roja recién cortada en el lindero. De un empujón le quitó la flor de la mano, la tiró al suelo y la pisoteó furioso.
            Después de la marcha del enano de los cardos, el resto de pobladores del frondoso bosque vivieron felices y comieron setas y nueces silvestres (perdices no, que todo el mundo sabe que los enanos de bosque son vegetarianos). A nadie le importa a dónde se fue a vivir aquel ser envidioso y malhumorado que disfrutaba viendo a todo el mundo infeliz, y nadie se arrepiente de haberlo desterrado. Si acaso les pesa algo es no haberle dado una patada en el trasero bastante tiempo antes.
            Y colorín colorado, este cuento se ha acabado. ¿Alguien quiere una florecita?

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