jueves, 24 de noviembre de 2011

LOS PECES EN EL RÍO

            Ya me lleva pasando unos años, pero esta vez creo que es más grave que de costumbre. ¿Quién me lo iba a decir a mí? Pensé que era algo que no iba a cambiar por mucho tiempo que pasase, pero ha cambiado, vaya que sí. He perdido mi espíritu navideño, y no lo encuentro por ningún lado. No sé qué es lo que me ha pasado. Yo, que era la reina de las navidades, que nací en plenas fiestas, que no me perdía una cabalgata de Reyes, ni el circo que daban por la tele, ni los especiales navideños de todos los programas, yo que era un cascabel de trineo cantando villancicos a todas horas con mi pandereta verde, mi gorro de Papá Noel y adornada de espumillón de pies a cabeza… Yo, que no me acostaba hasta que se terminaba el programa de Nochevieja a las cuatro de la mañana, que recuerdo las empanadillas de Encarna, los pechos desnudos de Cicciolina, a Concha Velasco cantando pizpireta “Que viva el IVA”, y cientos y cientos de artistas engalanados para la ocasión play-backeando los éxitos del año para animar los cotillones, yo que he disfrutado y amado las fiestas navideñas como la que más, he perdido el espíritu… y ya no me gustan.
            Me pongo a buscar las razones de tal cambio en mi carácter, y poco a poco van saliendo a la luz mis fantasmas. El primero es el de la anticipación: cada vez nos empiezan a recordar que llega la Navidad más pronto. Este año, el quince de octubre, cuando aún íbamos en manga corta por la calle, llegaron los turrones al supermercado. Me sorprendí a mí misma mirando el expositor incrédula. ¿Cómo?¿Ya? Pero, ¿qué…? Sí, señores. Dos meses y medio antes de fin de año, el guirlache, la yema tostada, el de Alicante, el de Jijona, las figuritas y todo el resto de su parentela ya estaban disponibles. A la semana siguiente un ejército de operarios llenaban los aparcamientos del hipermercado de abetos de luces verdes colgando de las farolas, para continuar poniendo renos, trineos, gordos barbudos y demás por el techo y el interior del establecimiento. Y los juguetes se comieron la mitad del espacio de la tienda. Un horror. Cuando de verdad llegan las fiestas ya está uno aborrecido de las navidades, menudo empacho.
            El segundo fantasma se me presentó ante los ojos enseguida, presto a meterme el miedo en el cuerpo y a estropearme aún más las fiestas: mi báscula. Por alguna extraña razón, en Navidad tiene tendencia a volverse tarumba y marcar lo que no toca. Los números bailan en su pantalla digital de día en día y a la velocidad del rayo, y siempre en sentido ascendente. Y sé que cuando está sola en el baño, cuando se queda a oscuras y nadie la ve, se ríe de mí a carcajada limpia. No hay derecho.
            Seguí pensando en las razones por las que cada vez me fastidian más las fiestas navideñas, y la tercera saltó desde mi bolso, haciéndose evidente de pronto. Mi monedero lloraba como un Magdaleno mientras vomitaba los últimos céntimos que le quedaban. No se siente preparado para la sangría que le espera entre vinos, cavas, alimentos especiales, adornos y regalos. Sí, he dicho regalos, porque Papá Noel no existe, ni los Reyes tampoco. Lo que existe es una campaña orquestada desde los grandes almacenes cuyo único fin es el de exprimir nuestras cuentas corrientes, para lo cual corremos hasta el paroxismo de tienda en tienda, bombardeados por los villancicos, deslumbrados por las lucecitas intermitentes, empujados por el terrorífico “Jou, Jou, Jou” de los gordos barbudos, tratando de encontrar regalos perfectos que satisfagan a todo el mundo a costa de nuestra integridad física, nuestra salud mental y nuestro poder adquisitivo de los siguientes meses. Este año, mi bolsillo de “parada de larga duración” está apagado o fuera de cobertura para todo lo que valga más caro que una gominola.
            Ante tan desalentador panorama, ya no me extraña nada que mi espíritu navideño esté desaparecido en combate; lo que me alucina es que haya permanecido conmigo tantos años aguantando marea. Pero bueno, diciembre se acerca una vez más, y nos pondremos el gorrito rojo de nuevo, y la sonrisa de felicitar las fiestas, pero este año quedan abolidos el cine infantil y el circo, la cola para sentar los niños en el regazo del Rey Baltasar Archifalso del Centro Comercial (ese que te tizna de negro si le das un beso), las maratones de compras, los atracones de marisco y cordero, las invitaciones y la multitudinaria fiesta de fin de año en la que te inflas a preparar comida y a poner mesas para que lleguen catorce, engullan, beban a destajo y se piren sin recoger siquiera su plato. Este año, pollo al horno y ensalada, coca-cola zero y agua, y el fin de año en casa y con traje de noche (pijama y bata), para echarse a dormir en cuanto nos traguemos las uvas. Y nada de Reyes. Como mucho, “amigo invisible”.
            Si es que los villancicos de antes eran muy sabios, y si no, analicemos la letra de uno de los más populares: “Los peces en el río”. Dice “beben, y beben, y vuelven a beber / los peces en el río por ver a Dios nacer”. No dice “se inflan a pavo y a champán francés”, tampoco dicen “se hacen regalos del Corte Inglés”, ni “gastan en cotillones lo que ganaron en un mes”. Dice que festejan el nacimiento de Dios haciendo lo que siempre hacen: boquear en el agua como peces felices. Pues eso voy a hacer yo: celebrar la Navidad al estilo pez. Estáis todos invitados a un chupito de agua. Felices Fiestas.

1 comentario:

  1. Me he colabo en tu blog por casualidad. Y me ha encantado esta entrada :)

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