martes, 22 de noviembre de 2011

LOS ZAPATOS DE BAILE

            Cuando conocí a Ana hubo dos cosas que me llamaron poderosamente la atención. Una fue su sonrisa, su carta de presentación. Cualquiera puede ser guapo, cualquiera puede ir bien arreglado, bien vestido o perfectamente peinado y maquillado, pero lo que jamás miente es la sonrisa. Cuando una persona sonríe puedes conocer una parte de su carácter: si sólo sonríe con la boca no es buena señal, pero si sus ojos también sonríen esparciendo y contagiando felicidad a quien la está mirando, sabes que la alegría de vivir que expresa es sincera. Ya es un tanto a favor. Y la segunda cosa que me llamó la atención de Ana fue su elegancia. No me refiero al vestir, eso se puede comprar. Me refiero a la elegancia de palabras, de movimientos, a la elástica cadencia de su caminar… y a su manera de bailar.
            La pasión por el baile de Ana definía una parte de su personalidad, y se traslucía en cada uno de sus movimientos, en la ligereza de sus pies y en la comunicación no verbal que mantenía con su pareja de baile, fuese quien fuese. Y la sonrisa de felicidad que adornaba su rostro mientras movía el cuerpo y los brazos al compás de la música era capaz de iluminar todo el espacio a su alrededor. Yo soy músico, como todos (o casi todos) ya sabéis, pero la gracia para el baile, pese a que me encanta, es un don que no poseo. Un día le pregunté dónde estaba el secreto, dónde se podía aprender a bailar de esa manera, y Ana se echó a reír de una forma tan contagiosa que hasta la luna, que se paseaba solitaria por el cielo, se estremecía esparciendo carcajadas blancas a su alrededor.
            “Para tener ganas de bailar sólo hace falta comprarse unos zapatos de baile, que sean tan bonitos y te gusten tanto que no puedas resistir el impulso de calzártelos y ponerte a mover los pies al ritmo de la música. Ellos te llaman desde el armario cuando estás triste, y te empujan sin remedio a bailar y bailar hasta que el ánimo se te recupera y la risa vuelve a dominarte. El baile viene de la felicidad, y los zapatos lo saben. Da igual con qué te los pongas: con pijama, traje de noche o vaqueros. Da igual que no peguen con tu vestido si pegan con tu esencia. Da igual que estés triste, deprimida o llorona: ellos saben cómo hacerte bailar hasta que te libres de lo que te entristece, y sólo verlos en su caja ya te hará sonreír”.
            Después de oír su razonamiento, su teoría acerca de los zapatos de baile, no pude reprimir una carcajada, a la que ella respondió con otra que llenó de chispas de alegría el vestíbulo de la antigua alquería en la que estábamos charlando.
El domingo pasado, mientras ensayábamos, recordé su teoría y decidí observar a Ana mientras bailaba. Fuera llovía con una fuerza que asustaba, y los estampidos de los truenos nos hacían encogernos a todos. Y sin embargo, ella danzaba, saltaba y giraba al ritmo de la música con la misma ligereza y alegría que si estuviese en medio del escenario del Teatro Real de Madrid, del Liceo de Barcelona o del Palau de les Arts de Valencia. No había tormenta, ni gota fría, ni nada. Sólo había una mujer feliz con sus vaqueros ajustados, unos calcetines de Minnie Mouse y unos fantásticos zapatos de baile de raso rosa, con su hebilla dorada y su magia poderosa y danzarina. Sentí envidia, pero no pude dejar de tocar porque no quería que ella detuviese su maravilloso bolero.

            He recorrido todas las tiendas que conozco buscando unos zapatos como los suyos, que me llamen desde el escaparate para decirme: “Hey, cómpranos y nosotros te haremos bailar”. Aún no los he encontrado, pero es cuestión de tiempo. Tienen que estar por ahí, en alguna parte, y cuando sean míos también la risa y la alegría de danzar y disfrutar de mis pasos serán mías. Hasta entonces, me tendré que conformar con soñarlos, o con mirar a Ana y dejar que su optimismo vital me contagie. 

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