lunes, 7 de noviembre de 2011

MI RATÓN

            Hay obligaciones que el destino nos impone, y por mucho que nos cueste cumplirlas, no queda más remedio. Si pensáis un poco, todos tenemos alguna. Para unos es estar siempre a dieta por tener mucha tendencia a engordar. Para otros (más bien otras) es no enseñar ni un milímetro de piel, o ni una sola hebra de cabello, fuera de los muros de su casa. Para otros es llevar un audífono, o hacer algo que aborrecen a cambio de un sueldo. Conmigo se ve que el destino tenía ganas de broma, y la obligación que me impuso no es tan seria. A mí me obliga a tener un ratón.
            Por alguna extraña conjunción astral mis padres me bautizaron Susana, hija de otra Susana, lo que derivó, como suele ocurrir, en reservar el nombre de pila para la madre y el diminutivo para la hija. Resumiendo: Susanita. ¿Por qué no le pusieron ese nombre a su primera hija? Misterios insondables del universo. Me tocó a mí. Y al año siguiente de nacer yo, nació una canción, que es la que ha marcado mi vida desde entonces, y la que me condiciona a tener esa mascota para cumplir con lo que se espera de mí: “Susanita tiene un ratón”. Desde que la cancioncita se hizo popular, no había vez que dijera mi nombre que no recibiera como respuesta un “¡Ah, la del ratón!”, un “¿Dónde te has dejado el ratón?”, o directamente mi interlocutor se ponía a cantar como un poseso creyéndose gracioso y original. Durante mucho tiempo en mi más tierna infancia pensé seriamente que mi apellido no era Rodríguez, sino que era Ladelratón. Susanita Ladelratón.
            Al cumplir los seis años rompí mi hucha, fui a una tienda de mascotas y me compré un ratón. Era blanco, monísimo, y a mi madre casi le da un patatús al verlo, pero yo me negué a deshacerme de él. Era mi ratón, el que debía tener. Todo el mundo me lo llevaba diciendo toda mi vida, así que no había discusión. El ratón se quedaba conmigo. El pobre me duró cuatro días, porque sólo le daba de comer chocolate, turrón y bolitas de anís, así que hizo un coma diabético y estiró la pata. Mi madre lo celebró por todo lo alto, pero le duró poco la alegría, porque al día siguiente compré otro ratón. Este aguantó casi un mes, era un campeón. Lo ponía a dormir cerca del radiador, e incluso le fabriqué una mini-almohada para que se la pusiera en los pies, pero se comió la guata del relleno y pasó a mejor vida. Al tercero lo llevé al cine y se me escapó allí, se ve que le gustó tanto que ya no quiso volver conmigo a casa. Con el cuarto no me dejaron entrar al teatro, le ponía el fútbol en la tele y no le hacía caso, no bailaba cuando escuchábamos juntos a Carlos Gardel, pero eso sí, el rock and roll a todo volumen le volvía loco. Más exactamente frenético. De hecho, le dio un infarto después de una maratón de discos de los Rolling Stones. Pienso que quizá me pasé un poco, a lo mejor Enrique y Ana habrían sido más apropiados, pero no quise que se pusiera triste con la canción de la gallina Co-Co-Guá, que a mí siempre me hacía llorar. Ya sabéis, la pobre gallinita no tenía mamá ni papá y el resto de gallinas eran unas malas pellejas que no querían enseñarle a cantar y le daban de lado. Una pena.
            En mis “taitantos” años de vida siendo Susanita Ladelratón he compartido mimos y confidencias con 164 ratones. El último falleció entre las fauces de mi primera gata, a la que le gustaban los roedores tanto como a mí, sólo que de otra manera. Lo que para mí era un amiguito para ella fue un bocadito. Ni siquiera tuve el consuelo de poderlo enterrar en el jardín con sus antecesores, así que, para no perder mi identidad pero tampoco ser responsable de ningún otro ratonicidio, me compré uno de peluche. Es chiquitín y sonriente, lleva sombrero y pajarita (más mono él), puedo lavarlo, no come ni ensucia, convive perfectamente con perros, gatos y niños, y va siempre conmigo al cine, al teatro, a bailar tangos, rock and roll, pasodobles, sevillanas y lo que nos echen. Hasta al fútbol lo he llevado (haciendo un sacrificio, porque lo aborrezco cordialmente). Ahora sí que soy una Susanita completa.
            Menos mal que los autores de la famosa canción pusieron un ratoncito en ella. Si se les hubiera ocurrido componerla como “Susanita tiene un jabalí verrugoso”, o como “Susanita tiene un Cocodrilo de Florida” mi vida sería bastante más complicada.

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