lunes, 28 de noviembre de 2011

MONTANDO EL BELÉN

            Una de las cosas que más me gustaba cuando era pequeña y llegaban estas fechas era poner el Belén. Todo un ritual orquestado por mi madre en el que mis hermanos y yo participábamos con el entusiasmo propio de las edades cortas y las fantasías largas. Otra cosa que he perdido con el  paso de los años.
            Llegadas más o menos estas alturas del año, o sea, finales de noviembre, se rescataba la gran caja de cartón que contenía un mundo entero en figuritas de plástico y corcho, se elegía el rincón apropiado en la casa y comenzaba la fiesta. No nos importaban las desproporciones de las figuras, ni siquiera las veíamos. Ahora miro y recuerdo todos aquellos pastores, animales y casas y no puedo evitar echarme a reír yo sola. En nuestro Belén, como supongo que en casi todos los Belenes humildes (ya sé que hay muchos Nacimientos pijos por ahí que valen más que mi coche, pero el mío no era de esos), los cisnes que nadaban en el río de papel de aluminio eran más grandes que los corderos, los camellos de los Reyes magos más pequeños que el buey y la mula, el recién nacido no le cabía en los brazos a su madre, en el castillo de Herodes no entraba más que un soldado (y porque le habíamos decapitado la lanza a tal efecto), y los peces que bebían en el río se podían haber comido perfectamente a cualquiera de las lavanderas sin darse ni cuenta. Había casitas de todos los estilos: morunas, a la andaluza, de corcho, de plástico, con tejas, con techo de paja, de madera al estilo noruego… hasta un castillo medieval teníamos, con sus almenas y todo. Vamos, que yo creo que Port Aventura lo diseñó alguien que había visto el Belén de mi casa y así tuvo claro cómo conjuntar China, el mundo azteca, la Polinesia, Grecia y el Far West con gracia y salero.
            Cuando nos poníamos a armar el Belén echábamos un sábado entero, de la mañana a la noche, colocando, retocando, el serrín aquí, el falso musgo allá, los trozos de corcho, el papel de aluminio, las piedras, las casas, la fogata de los pastores, el pozo de los deseos, el portal, los puentes y todos los habitantes de aquel mundo en miniatura: caballos, bueyes, camellos, patos, cerdos, ovejas, ángeles, pastores, lavanderas, soldados, niños, paseantes y ciudadanos varios que pasaban por allí. Y para terminar, espolvoreábamos todo con bolitas de corcho blanco simulando nieve, porque ¿qué sería un Belén sin nieve? Poco importa que aquello fuera en realidad poco menos que el desierto. Si no había nieve, no estaba bien. Toma ventisca finlandesa.
            El primer día todo marchaba sobre ruedas, pero teniendo en cuenta que éramos tres fieras sueltas por casa, a partir del segundo día la cosa comenzaba a cambiar, y con el transcurso del tiempo (y ante el manifiesto enfado de mi pobre madre, qué paciencia) el Niño Jesús podía estar, tranquilamente, haciendo puenting en el río, mientras la mula y el buey disfrutaban del fuego de los pastores. El Rey Baltasar fue a lavarse al pozo y se cayó dentro. Los soldados de Herodes ligaban con las lavanderas, el cisne más grande del río estaba asándose a fuego lento ensartado en un espetón en la fragua del herrero, la Virgen María había desaparecido misteriosamente con uno de los ángeles (concretamente el de la túnica azul, porque al de la túnica rosa lo suponíamos chica) en el bosque de palmeras, las gallinas habían tomado la posada al asalto, los lechones mamaban de una borrega y los corderos, indignados por la usurpación, preparaban un ataque letal, un cochinicidio en masa para vengar tamaña afrenta. Los indios apaches habían tomado las montañas y sus casitas de plástico legítimo, mientras que los vaqueros se concentraban abajo, en el valle, usando a los pastores y al séquito de los Reyes Magos como escudos humanos, mientras los soldados de la primera Guerra Mundial armaban un nido de ametralladoras junto al carro de los bueyes, y vadeaban el río buscando dinamitar uno de los puentes para cortarles la retirada a los apaches. Y de paso, puestos a añadir figuritas procedentes del baúl juguetero, no era raro ver por allí a la Barbie con sus mallas de aeróbic buscando amiguitos para tomar el té. No hace falta que puntualice que para nosotros el Belén nunca fue sólo la representación del misterio del nacimiento de Dios, sino también un conjunto de juguetes manejables a nuestro antojo que podían ser lo que nosotros y nuestra imaginación quisiéramos, por mucho que mi madre nos intentase hacer entender su significado. ¿Para qué limitarse a contemplarlo como si fuese un mero adorno si podía ser un juguete vivo y lleno de posibilidades? Impensable desaprovechar tanto potencial lúdico.
            Yo no pongo Belén en mi casa. Un año lo intenté, y la gata terminó comiéndose una palmera de plástico, se me intoxicó y me tocó llevarla al veterinario. Unos años después hubo una segunda tentativa, y mi hija mayor colocó en la cola de los adoradores del niño Jesús a Blancanieves y a los Siete “Senanitos” (como ella los llamaba). El perro se encargó de poner la mitad de figuritas en paradero desconocido, y pasé meses encontrando musgo de plástico y bolitas de nieve por los rincones más insospechados. Yo no tengo tanta paciencia como mi madre. No me han quedado ganas de repetir.
            Quizá algún día, cuando alguien invente el Nacimiento de figuritas de acero inoxidable que vengan ya soldadas al suelo y no se puedan mover del sitio, yo me anime a poner uno. De momento, y en las condiciones actuales, va a ser que no.

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