viernes, 18 de noviembre de 2011

RAZONAMIENTOS LÓGICOS

            Alfredo era una persona llena de peculiaridades. No se me ocurre otra manera de calificar a alguien como él. No se trataba precisamente de alguien sociable, ni culto, pero en ocasiones te planteaba algunos razonamientos que te dejaban tonto.
            Las cabras y ovejas de su rebaño, pues era pastor en un pueblo de Cuenca, eran su sustento. Con lo que fue ahorrando de su actividad se construyó una casa en la aldea, pero jamás la usó: él prefería estar con el ganado. Lo intentó, pero no se pudo acostumbrar a la cama, ni al olor a limpio, ni al frío de estar solo, y en pocos días regresó al redil, a dormir con los animales.
            Los encargados de varios bancos subían de tanto en tanto a buscarle para tratar de que colocase su dinero con ellos, pero se negó; continuaba guardando lo que sacaba de la venta de cada cabeza de ganado debajo de distintos ladrillos de la cuadra, porque sabía (aunque no entendía) que la suciedad de los animales ahuyentaba a los ladrones, y su presencia nocturna entre las ovejas era una total garantía de que nadie iba a ir a quitarle sus billetes. Dinero que, por otra parte, no le servía para nada. Vestía una americana y unos pantalones de paño, con camisas de cuadros y gruesos jerseys de punto para contrarrestar el frío invernal de la zona; compraba un equipo, se lo ponía y sólo lo cambiaba cuando se le caía de viejo. Entonces estrenaba ropa, que ya no se quitaba ni para dormir hasta que se le llenaba de agujeros. Se acostaba entre las ovejas, y olía como ellas. Se cortaba el pelo con la misma tijera de esquilar, aunque daba lo mismo, porque siempre llevaba boina. Comía verduras, frutas, huevos y queso de las distintas huertas y casas de sus vecinos, a los que pagaba con corderos, y sólo se bañaba, en la enorme bañera de la casa que no usaba, dos o tres veces al año o si tenía que ir al médico.
            Las convenciones sociales y las normas de comportamiento del resto de los mortales significaban para Alfredo tanto como los conceptos “prima de riesgo”, “burbuja inmobiliaria” o “crisis de mercados”, es decir, nada de nada. Con ir una vez al año a la ciudad a por cuchillas de afeitar, jabón y alguna cosa más, tenía de sobra. Fumaba si le dábamos puros de alguna boda, y si no, nada. ¿Para qué necesitaba comprar cosas todas las semanas? Carne, leche y grasa se la daban los animales, y lo demás se lo proporcionaban los vecinos por un precio justo: un cordero al mes por un pan diario le pagaba al hornero, un cabrito de vez en cuando a Pascual por dejarle coger tomates y lechugas del huerto… el trueque era la manera más lógica de funcionar. Si nos lo encontrábamos por el pueblo y se daba cuenta de que mi marido se había echado colonia, o after-shave, le daba la mano y se reía de él (“hueles a mujer”, decía).
            Un día nos preparó migas de pastor para almorzar, y mientras las comíamos junto a la lumbre nos dio por tirarle de la lengua. No era muy hablador, pero ese día conseguimos arrancarle varias frases impagables, animadas por el vino que habíamos bebido. Le preguntamos por la familia, y nos contestó que la de nacimiento le daba igual porque en los últimos veinticuatro años sólo habían ido una vez a verle su hermana y sus sobrinos; ella le había llamado gorrino, le había reñido por llevar las uñas sucias, por la boina, por la chaqueta, por no tener casa y vivir con las ovejas, por no ir a misa los domingos… y los sobrinos le habían preguntado dónde escondía el dinero, porque sabían que lo tenía y que no lo guardaba en el banco como las personas normales. “Por eso me hice la casa, para que mi hermana sepa que vivo con las cabras porque me da la gana, no porque no tenga otro sitio en donde vivir”. Su otra familia, los animales, no le había defraudado nunca. No se quejaban, le daban comida y calor, no le pedían explicaciones ni dineros… “son mejores que la mayoría de las personas”. De los bancos opinaba que eran como las garrapatas de las ovejas, y por eso no los quería ni ver. Y cuando le preguntamos si no habría querido tener una mujer e hijos, se echó a reír tan fuerte que el perro salió corriendo asustado. “Nooooooo… las mujeres sólo te quieren para que hagas lo que ellas dicen, te laves como ellas y les compres lavadoras y cosas que se enchufan. A mí no me hace falta de todo eso”. “Entonces, ¿qué pasará con tu casa y con los animales cuando te mueras, Alfredo?” le preguntó una de mis hijas desde sus inocentes seis años. “Eso ya os lo diré cuando toque”, murmuró. Y ya no habló más.
            El día que encontraron agonizando a Alfredo entre sus ovejas por un derrame cerebral, se avisó al juez. Por arte de magia, su hermana y sus sobrinos aparecieron, muy afligidos, a buscar lo que les correspondía por herencia. El alcalde los esperaba; después de la reunión con él, se marcharon muy enojados y no se les volvió a ver por el pueblo. Con el testamento de Alfredo en la mano, se entregó un cordero a cada uno de los vecinos para que celebrasen el fallecimiento de su paisano el pastor. La casa y el resto de animales fueron vendidos, igual que el corral, no sin antes recuperar varios millones de pesetas colocados bajo algunos ladrillos que él había señalado con detalle en su última voluntad.
Una ambulancia, un autobús y un tractor para uso de todos. Eso fue lo que se compró, por orden suya, con todo el dinero que había dejado. El autobús se usaba para llevar y traer los niños a la escuela del pueblo vecino, los jóvenes al instituto, las mujeres al mercado… La ambulancia evitaría tener que esperar a la de la ciudad, que habitualmente llegaba cuando ya no había remedio, y el tractor se prestaría para todo aquel que no dispusiera de él. Fue lo mejor que se le ocurrió para evitar que los que quedaban en el pueblo se marchasen.
            A veces pienso que, antes o después, muchos tendremos que volver a los pueblos, volver a la vida sencilla, al trueque, a tener gallinas y conejos en casa, un pequeño huerto y poco más. Quizá entonces los bancos y los políticos dejarán de tratarnos como a ganado y volveremos a ser personas. Yo ya he empezado a informarme de lo necesario para cultivar lechugas. Por si acaso.

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