viernes, 11 de noviembre de 2011

RETRATO EN PALABRAS DE UN HOMBRE ADMIRABLE

            No sé si recordaréis a Anjana, la retratista en palabras que aparecía en uno de los cuentos de mi primer libro. Ella es la equivalente literaria de un pintor, alguien que refleja en el papel a quien tiene delante, sólo que en vez de hacerlo con dibujos lo hace con letras. Es una mujer bohemia, atractiva y un tanto extraña, pero tiene una magia especial para plasmar el interior de las personas. El otro día me la volví a encontrar en su puestito de la playa de la Malvarrosa, y me encargó que le hiciera llegar un nuevo retrato a alguien. Lo pongo aquí para que él pueda verlo, espero que le guste.
            Es difícil escapar a lo que el destino ha previsto para nosotros, ¿verdad? No nos queda otro remedio que dejarnos conducir por él para convertirnos en aquello para lo que hemos nacido, porque tratar de seguir otros caminos lleva invariablemente al fracaso. Eso es lo que te ha ocurrido a ti, que te has entregado a tu destino con toda tu energía, y por eso cosechas los frutos de lo que has sembrado a manos llenas. No te ha hecho falta envejecer para ser reconocido, porque tu labor te precede, y tu sonido llega incluso antes de que llegues tú. Cuando te encuentro frente a mí, sonriendo y con los brazos abiertos en actitud siempre acogedora, me recuerdas a una corchea alegre y dispuesta a saltar a su línea del pentagrama para no estropear una sinfonía, consciente de su pequeñez como nota, pero también de su responsabilidad en la partitura.
            Tú, que eres música, que respiras y sueñas música, das la impresión, cuando te ríes, de que de tu risa va a brotar una melodía en cualquier momento. Eres como un genio tocado por alguna sabia musa del pasado, que te dotó de la capacidad de crear y te otorgó la facultad de hacer sentir a los demás a tu capricho solamente con el sonido de tu timple.
            Nunca quisiste ser el único ni el mejor, y por eso dedicas tanto tiempo a enseñar a otros tu arte, para que alcancen también a cantar con las manos de la misma increíble manera que lo haces tú. Divulgas, muestras, recopilas, expones todo lo que sabes relacionado con tu segundo yo, tu timple, ese instrumento pequeño y maravilloso que en tus manos puede ser todo lo que quieras que sea. Lo adoptaste como hermano porque lo sabes parecido a ti, menudo y humilde, y juntos habéis recorrido el mundo para que otros ojos y otros oídos disfruten de lo que sois capaces de hacer. Cuando lo tocas sobre el escenario parecéis mantener un íntimo diálogo, tú con la cabeza ligeramente inclinada sobre él para escuchar mejor sus confidencias, media sonrisa cómplice en tu rostro, y él contándote sus cuitas y aventuras. Encontrarte sin un timple en las manos me resultaría tan extraño como encontrar un mamut paseando por La Laguna.
            Cuando te veo actuar nunca dejo de asombrarme. Tus ojos vivarachos aún brillan más en esos momentos. Tus dedos ágiles se multiplican mientras bailan sobre las cuerdas, de manera que en ocasiones en lugar de diez parece que sean veinte. La maquinaria de tus manos, complicada y perfecta como pocas, hace que el pequeño camellito de madera ría, llore, dance, sueñe, goce, grite, susurre, arrulle, estremezca… En él hay fiesta y duelo, amor y desengaño, euforia y melancolía, y todo tipo de matices y sentires que sólo los maestros de tu talla saben extraer y contagiar. A veces te miro sobre el escenario, de espaldas; no veo tu timple, aunque lo intuyo apoyado en tu pecho. Las luces están apagadas, pero tu silueta con la manta sobre los hombros es inconfundible. Entonces, un gesto, y un pequeño saltito que hace revolotear la tela blanca y negra que te cubre la espalda como si fuera la capa de un súper-héroe, y comienza la alegría a extenderse hasta donde alcanza el oído.
            Pero tú aún eres mucho más que eso. Eres esfuerzo y constancia, eres amigo siempre y comandante cuando es necesario, sabes decir las cosas claras y como las sientes, sin hipocresías, porque la adulación gratuita te molesta. Sabes cómo hacer que las canciones suenen a ti, mezclas, fundes, combinas los sonidos haciendo caso a tu instinto, y los resultados son siempre algo especial. Y en el momento en que más convencidos nos tienes de que eres un mago venido de otro mundo para asombrarnos, cuentas un chiste, haces una broma, y nos bajas así de la ensoñación con una sonrisa de esas que ensanchan tu boca y achican tus ojos en la misma proporción.
            Nunca he conocido a nadie que se te parezca. Nadie que, siendo tan grande, sea tan humilde, tan alejado del divismo en el que sería fácil caer. Nadie que sea capaz de fabricar nubes de hielo como tú lo haces.
            El destino caprichoso pudo escribir para ti otro futuro; por eso cada vez que te escucho tocar, cada vez que paseas el nombre de la tierra que te parió por todo el mundo, cada vez que te oigo saludarme alegre con tu acento isleño, le doy las gracias por haber escrito que debías ser músico, compositor, timplista y maestro.
            Creo que a estas alturas ya sabes, Benito Cabrera, que cinco cuerdas son suficientes para producir felicidad. Cinco sencillas cuerdas que nos unen y hermanan a muchos gracias a ti.”
            No siempre que nos hacen un retrato nos vemos reflejados en él. Quizá porque la visión que los demás tienen de nosotros a veces no coincide con la imagen que tenemos de nosotros mismos. Pero cuando la retratista te ve así por algo será, ¿no?
www.benitocabrera.com. Para quienes aún no le conozcáis. Hacedle caso a Anjana, ella nunca se equivoca cuando hace su trabajo.

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