miércoles, 9 de noviembre de 2011

TALÍA, LA ARAÑA BAILARINA

            Talía fue el número 157 de una puesta de 532 huevos que hizo su madre, una araña patilarga de nombre Telareta. El padre, cómo no, se desentendió de su prole, algo habitual en el mundo de las arañas. Cuando eclosionaron los huevos las arañitas salieron todas casi volando, suspendidas en sus primeros hilos, buscando cada una un rincón para vivir y tejer sus telas. La mamá, Telareta, les iba dando indicaciones desde su gran maraña. Les enseñó a poner los hilos principales, luego los secundarios y los apoyos de refuerzo, dónde se tenían que esconder a esperar que la mosca o mosquito incautos se enredaran en su seda, y finalmente les enseñó a inmovilizarlos con más hilo para chuparles el jugo cómodamente.
            Talía escuchó todas estas instrucciones distraída por un sonido: en el lugar en el que había nacido se oía música, y es que Telareta había ido a poner sus huevos en los sótanos del auditorio Reina Sofía, en la ciudad de las artes y las ciencias de Valencia. No es de extrañar entonces que nuestra pequeña araña estuviese más pendiente de los ensayos de la orquesta de turno que de las explicaciones sobre espesores de tela, grosores de hilo y calidad de los insectos comestibles con que su madre la bombardeaba continuamente.
            Mientras el resto de arañas tejía y tejía, Talía se dedicaba a bailar por el sótano, tan contenta y absorta en su danza que iba esparciendo hilo sin orden ni concierto al compás de sus vueltas, vuelos y piruetas, dejándolo todo enmarañado y entorpeciendo el trabajo y el aprendizaje de sus quinientas y pico hermanas. Al fin, harta de tanta tontería, Telareta acabó expulsando a la díscola Talía del sótano.
            Nuestra pequeña amiga puso en marcha sus ocho patitas escaleras arriba hacia el auditorio: ahora que era libre podría ver de cerca los espectáculos que antes se tenía que conformar con escuchar desde lejos. Estaba de suerte, esa semana una compañía de danza preparaba “El Cascanueces” para representarlo. Estrenaban aquella misma noche.
            Suspendida del entramado de tubos y luces que había en el techo del escenario les vio bailar embelesada, y trató de reproducir los pasos de las bailarinas en el aire, tendiendo hilos de un sitio a otro para moverse con más ligereza. Desde allí, los movimientos de aquellos atletas con zapatillas de raso se apreciaban de una forma distinta. Los saltos, los vuelos, las vueltas… aquella manera de mover los brazos y las piernas que tenían las bailarinas le producía una profunda envidia. Decidió soñar que era una de ellas, se tejió un tutú con la seda más fina que pudo fabricar, y la noche del estreno, sobre uno de los puentes de focos, Talía bailó al compás de la música igual que lo hacían los bailarines sobre el escenario; se apasionó tanto en su baile que al final llegó a creer que los aplausos eran para ella, y soltando un hilo se deslizó hasta el suelo para inclinarse ante su público.
            Una compañía entera de bailarines son muchos pares de zapatillas de raso en muy poco espacio. Nadie sabe cuál de todas fue la que pisó a Talía. Ni siquiera se dieron cuenta de su muerte, y el cuerpo de la araña, junto con el deshecho tutú de seda arácnida que llevaba puesto, fueron barridos al día siguiente, antes de la representación. La Isadora Duncan de las ocho patas se fue con la ilusión de haber triunfado en lo que más le gustaba. Se me ocurren pocas maneras mejores de morir.

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