jueves, 10 de noviembre de 2011

TERCER VIAJE DEL TROVADOR DE SUEÑOS

            Durante el trayecto en barco desde el puerto isleño del que tanto le costó partir, el trovador tuvo muchas horas muertas para pensar. Acodado en cubierta cantó algunas canciones y un par de romances de los que había aprendido en la linda ciudad de la que venía, y mientras tanto pensó en el camino que iba a elegir una vez tocase tierra. No sabía qué podían ya descubrir sus ojos que se pudiera comparar a lo que había conocido.
            Pasó unas horas en Cádiz, y compartió vinos y risas con un grupo de marinos en las tabernas del puerto. Allí oyó contar la historia de Isabel y Juan, dos jóvenes que se amaron y que jamás pudieron compartir siquiera un beso; la pena de no recibir el roce de los labios de Isabel mató a Juan, y el ansia de reparar el daño besándole ya muerto la mató a ella. Preguntó sobre la procedencia de aquella leyenda de amor y le contestaron: “no es leyenda, sino hecho cierto. Allí donde ocurrió conservan sus cuerpos para que nadie les olvide ni tome el asunto por cuentos de viejas”. Y para encontrar los sepulcros de aquellos desventurados, lo encaminaron hacia el nordeste. “En el escudo de esa ciudad hay una estrella de ocho puntas”, le dijeron. El trovador de sueños ya tenía nuevo destino. Contento, buscó una posada en la que dormir, pagó el alojamiento con dos suaves canciones entonadas al oído de la posadera y se acostó. Ella se deslizó en su lecho en cuanto el posadero se hubo dormido.
            Aún no había cantado el gallo cuando nuestro músico viajero se echó el morral a la espalda, tomó por el mástil su inseparable laúd y, orientándose con la salida del sol emprendió su camino.
            Cruzó Andalucía con rumbo nordeste, y cuando se agotaron las interminables dehesas y las extensiones de olivos, cuando la sierra de los míticos bandoleros quedó a su espalda y el intenso frío le abrasó la piel, supo que iba por buen camino. Procuró transitar de pueblo en pueblo, evitando los campos abiertos para no helarse; su capa no era capaz de protegerlo, y no le gustaba pasar las noches al raso. Bueno, ni al raso ni sin compañía… Cruzó montes y ríos, pagando los pasos y pontazgos con las monedas que obtenía en las esquinas de los pueblos; a las gentes les gustaba pararse a escuchar sus relatos, sus tonadas y los romances que les hacían soñar con otros lugares que jamás conocerían.
            Llegó a la ciudad bien entrado el invierno. Allí estaba, encaramada en su cerro y expuesta a los más helados vientos que el trovador jamás hubiera sentido en su rostro. Una imponente muralla con siete puertas la abrazaba, y un viaducto unía el núcleo antiguo, lo que fue la primitiva población, con la parte nueva; eran como una madre y su hijo unidos por un cordón umbilical. El trovador recorrió ese magnífico pasadizo de piedra, y se fijó en que, en las barandillas que lo flanqueaban, había muchos escudos distintos. Todas las provincias del país tenían allí su emblema fundido en el negro metal.
            Jamás imaginó nuestro trovador de sueños ver, en una ciudad tan pequeña, las torres de tantas iglesias. Eran altas y rojizas, de ladrillo y no de piedra, distintas a todas las que conocía. Azulejos de cerámica vidriada, de vivos colores, adornaban muchas de ellas y cobijaban el vuelo de sus campanas a la hora del Ángelus y en las llamadas a los oficios religiosos. La estrella mudéjar de ocho puntas pudo verla en muchos rincones, casi siempre realizada en aquella brillante cerámica que lo salpicaba todo. Pasó por la catedral, en la que piedra románica y ladrillo se unían en comunión perfecta. Acababa de terminar la misa; se quedó a cantar allí un buen rato, recibiendo las miradas, aplausos, monedas y algún que otro suspiro de un grupo de muchachas. Alcanzó a una de ellas que, quizá intencionadamente, se había rezagado del grupo. Era una hembra de cuerpo recio y rasgos suaves; sus mejillas enrojecidas por el frío, y sus ojos brillantes le atrajeron al interior del templo. Por un pasillo oculto le condujo a ver la gran maravilla tallada en madera que era el techo de la catedral. Admiró los colores, las figuras, las escenas, y también el cuello y las blancas manos de la muchacha. Era la hija de uno de los ricos fabricantes de paños que había en la localidad, y se ofreció a ser su guía en ella.
            La ciudad del Toro se le desveló como una pequeña joya. Allí comió manjares del cerdo curados con el frío de las sierras, y también frutas de las fértiles vegas de la provincia conservadas en azúcar y bañadas en chocolate, o sumergidas en licores de esos que embriagan la cabeza y sueltan la lengua y la alegría de estar vivo. La dulce hija del pañero le proporcionó cobijo por las noches en uno de los almacenes de su padre, y largas e impagables horas de caricias y suspiros. Entre los brazos de ella, que por las noches se quitaba una prenda de ropa por cada canción nueva que él le cantaba hasta quedar desnuda, casi había olvidado el motivo de su viaje; había ido hasta allí para conocer mejor una historia de amor tal que había sido capaz de viajar de boca en boca hasta los confines del país, y el trovador de sueños quería componer un romance sobre ella. Sería un poema cantado tan hermoso y sentido que quienes lo escucharan experimentarían la necesidad de amar y ser amados, y harían que su voz y el sonar de su laúd perdurasen en la memoria de las gentes incluso mucho tiempo después de que él se hubiese ido hacia otros horizontes.
            La última noche que estuvieron juntos, cuando a él casi no le quedaba ya repertorio con que desnudarla, ella le condujo por fin a ver los sepulcros de aquellos desventurados Isabel y Juan, que reposan en un edificio construido para ellos junto a una de las más bellas iglesias de la ciudad. Ambas momias descansan bajo primorosas esculturas, en las que aparecen vestidos con los trajes de su época, hermosos, jóvenes, idealizados por la imaginación del artista que con su cincel dio imagen y forma a un sueño: el de permanecer juntos toda la eternidad. El objetivo de su viaje estaba cumplido, y ya iba siendo hora de buscar un nuevo destino hacia el que encaminar sus pasos. Si se quedaba más tiempo corría el riesgo de acomodarse, y perdería su esencia de músico errante. Existía también el peligro de que el padre de aquella mujer inimitable que le había enseñado todos los secretos de la ciudad descubriera sus juegos nocturnos, y decidiera hacer uso de la otra gran industria de la comarca, la de las armas, usándolo a él como blanco para limpiar el honor de su hija. No, el trovador prefería la palabra a la espada, la canción al cañón y el laúd al arcabuz. Era el momento de marcharse.
 Por la mañana, protegiéndose con la nueva capa de buen paño con la que la muchacha había premiado aquellas noches de canciones y besos, se escabulló con su morral a la espalda y su compañero de aventuras en las manos. Sólo le vio partir el pequeño toro que, encaramado a una columna, domina una de las plazas por las que pasó antes de cruzar la muralla.
            El trovador de sueños siempre se iba sin mirar atrás, pero esta vez sí lo hizo, para que en su memoria quedase la imagen de aquella ciudad tan fortificada y fría en su apariencia como apasionada y cálida de corazón. Esta vez había estado a punto de enamorarse. ¿Qué le ocurriría en su próximo destino? ¿Hacia dónde debía dirigirse ahora? El rumor del viento en los desnudos olmos del río le dio la respuesta. De repente sintió que echaba terriblemente de menos el mar.

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