viernes, 4 de noviembre de 2011

VOLVER

Cuando no se vive en donde se ha nacido, cuando has tenido tu casa en los puntos más dispares de la geografía, cuando los paisajes que ves cada día son tan distintos de los que conociste en tus primeros años de vida, es cuando la palabra VOLVER adquiere todo su significado. No puedes volver cuando nunca te has ido.
Yo me considero una persona privilegiada. Vivo en un lugar en donde no falta de nada: cultura, espectáculos, buen tiempo, playas, naturaleza… Valencia, hoy por hoy, no tiene nada que envidiarle a nadie. Si quieres sol, lo tienes. Si quieres ópera, la hay. Teatro, danza, cine, literatura. Lo que se te ocurra. ¿Naturaleza? Por supuesto. ¿Playas? Muchas y de calidad. ¿Montaña? No son los picos más altos del país, pero hay. No soy de nieve, pero en la serranía también cae. Buenos vinos, buena cocina, buena gente. Te hablan en castellano en todos los sitios. Aún no se me ha dado el caso (en otros lugares sí me ha ocurrido) de saludar en mi lengua materna y que me contesten en valenciano. Aquí no te hacen la guerra lingüística porque ante todo hay una gran voluntad de entenderse con todo el mundo (para que conste en acta, me manejo perfectamente en valenciano, pero cuando yo quiero. Si me intentan obligar, entonces no me da la gana y saco mi castellano, pulido y reluciente, y lo paseo con la dignidad que me da mi origen leonés. Y a mucha honra.) Pero aun así, de vez en cuando me gusta VOLVER.
Nací en León, y lo digo orgullosa. Cuando canto folklore valenciano, cosa que hago a menudo y según dicen bastante bien, me presentan como Susana de León, siguiendo la costumbre de añadir al nombre del cantador su lugar de nacimiento como apellido. Así se conoce a Voro de Paterna, a Manolo, el Xiquet del Turia, a María Josep de Pinedo… y sí, a Susana de León. Y a mucha honra. Canto en valenciano, cantes difíciles, elaborados, y lo hago con mi origen por bandera, para que quede constancia de que amo la tierra en que nací tanto como la que me ha acogido. Sin embargo, aunque aquí estoy como pez en el agua, cada cierto tiempo siento la necesidad de volver, y así lo hago.
León es un lugar especial, en todos los sentidos. No tiene playa, y en invierno hace un frío que pela, vale, de acuerdo. Pero no hay otro lugar en el mundo en donde te puedas poner ante la más hermosa catedral gótica que el ser humano haya creado. No hay otro sitio en donde el románico resplandezca como allí. No existen bares en ningún lado donde se repitan sabores como los que encuentras en el Barrio Húmedo. ¿En dónde ponen una tapa de callos con garbanzos tan sabrosa? ¿En dónde se hacen las mejores morcillas? ¿De dónde vienen los chorizos picantes más alegres del mundo? De León, de mi León. Con cada paseo por Papalaguinda o por Ordoño los ojos y el espíritu se me llenan de niñez, y recupero recuerdos que se me quedaron por el camino de la vida. Si voy a Trobajo a comer unas patatas con congrio y almejas, o a Valdebimbre, a atacar las chuletitas con pimientos asados a leña (y a regarlas con un buen Prieto Picudo, por supuesto) en cualquiera de sus bodegas, siento que en ningún sitio se come como en casa. Acudir a Otero de Curueño, rodear la ermita junto a la que tanto jugué de niña, bajar al río a coger renacuajos, o perseguir a las gallinas de los vecinos como hacía entonces, me hacen recordar por qué soy lo que soy y como soy.
Por mayor que uno se haga, jamás se pierde la querencia por la tierra en la que se ha nacido. Uno de mis mayores orgullos, allá donde la vida me lleve, es y será siempre el de haber nacido leonesa. Llevo cuatro años sin pisar sus calles, y ya no puedo dejar pasar más tiempo, el cuerpo me pide volver, así que, León, mi León, prepárate porque pronto iré a recuperar mi esencia refugiándome entre tus garras rojas.

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