miércoles, 30 de noviembre de 2011

Y DE PRONTO, UNA CANCIÓN

            Llegó sin previo aviso. No me llamó antes por teléfono, ni me escribió una carta previniéndome de su visita. Simplemente se presentó ante mí, y me dijo: “cierra los ojos y escúchame, porque he venido para quedarme. No hace falta que te resistas, no lo conseguirías aunque quisieras. Soy para ti, y tú serás mía de igual modo”. Y yo cerré los ojos y la dejé entrar.
            Cuando una canción tiene la misma armonía que la sangre de tus venas, lo sabes al momento. Cuando la cadencia de su ritmo es la misma que la del latido de tu corazón, cuando comprendes que te roba de la boca las palabras que tú dirías, resulta imposible que no te des cuenta de que ella y tú estáis hechas de la misma pasta. Cuando ella describe lo que tus ojos desearían ver, cuando evoca el mismo aire que tus mejillas añoran sentir, cuando sientes que tu garganta canta en el mismo tono, sabes que en ella estás tú aunque no se te nombre. Sabes que, si tú fueras canción, serías como ella.
            Llegó de pronto y sin avisar, como ya dije. Sus notas al alcanzar mis oídos se iban convirtiendo, una a una, en gotas de un líquido ambarino, cálido y brillante, que poco a poco fue colándose por los entresijos de mi sensibilidad hasta anegarme por completo. Tan seria fue la inundación que necesité abrir la boca buscando aire con que salir a flote. Y todas las penas que me guardaba dejaron de tener sitio en mí, porque las gotas de ámbar de aquel Serinoque me llenaron de alegría de vivir, y lo triste ya no me cabía. No encontré mejor forma de echar lo malo afuera que diluido en lágrimas; no sé qué tiene el agua salada, que limpia el corazón mejor que ninguna otra cosa. Fue como sumergirme en el mar. Y cuando abrí los ojos ya era otra. Era más yo, porque la canción vive en mí. Y también ella era más ella, porque tomó mis ojos y mi sonrisa, y me ocupó de tal manera que sólo me dejó espacio para el cariño y la ternura.
            Todos los artistas, ya seamos músicos o escritores, cantantes o poetas, compositores, pintores, escultores o todo a la vez, expresamos lo que sentimos a través del arte que mejor conocemos. Cuando el hombre admirable compuso la canción que llegó sin avisar, cuando le dio alas, le transmitió su propia alegría de vivir y su amor por la tierra mágica en la que nació. Cuando mi cantante favorito la liberó al aire, lo hizo para mí porque ya la canción le había dicho bajito: “entrégame, he encontrado mi otro yo. En ella me haré cierta, y dejaré de ser algo abstracto para convertirme en un ser vivo. Con ella respiraré y amaré, con ella gritaré y viviré, sentiré y sufriré, y las dos seremos una. Ella me hará humana, y yo la haré canción”. Y mi cantante favorito, con todas sus voces y todas sus caras, la cantó para mí aquella noche entre las ruinas de un terremoto, y otro temblor, igual de profundo pero más silencioso, se me produjo dentro. Un temblor que vuelve a erizarme el vello cada vez que la escucho, porque cuando sus notas, sus gotas de ámbar vivo vuelven a mis oídos, cada vez, cada vez baila dentro de mí y yo bailo sobre mis pies, y siento de nuevo el mar y los alisios, y el cariño y la ternura, y los abrazos y la alegría de ser quien soy y de que ella me haya hecho más completa.
            Serinoque, Serinoque dulce y salado de gofio y Atlántico, Serinoque de lava y retama, de terrero y chácara, Serinoque mío que te me quedaste dentro y ya no te irás nunca, vuela un momento hacia tu origen para depositar un beso en cada una de las frentes de los que te hicieron vivo y te entregaron a mí. Y dales las gracias por seguir estando, por seguir siendo. Dales las gracias por mí.
         “Serinoque” forma parte del disco “La huella del Guanche”, de Los Sabandeños (Universal Music)

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