domingo, 11 de diciembre de 2011

CALPE

            Hay que reconocer, y nadie me lo puede negar, que la costa Mediterránea cuenta con poblaciones bellísimas. Casi todas ellas han sido destruidas por la voracidad urbanística, y son enormes colmenas en las que se apila la gente con tal de disfrutar de un soplo de brisa marina, o de medio metro cuadrado de arena en la que poner los pies con la esperanza de llegar a tocar el agua sin pisar ninguna cabeza por el camino (ni sacarse un ojo con alguna sombrilla ajena), pero la mayoría aún conservan en su núcleo antiguo algo del sabor del pueblo original. Esas son las zonas que a mí me gustan.
            Recuerdo muy bien, pese a los pocos años que tenía entonces, los veranos en Calpe, que es, de entre todos los pueblos de la costa, mi favorito. Para una niña de tierra adentro como yo, lo del mar era una especie de milagro anual que nos proporcionaba sol, yodo, vitaminas y buenos recuerdos para afrontar el duro invierno leonés. El viaje era larguísimo y pesado, toda la familia en un SIMCA  1200 sin aire acondicionado ni cinturones traseros. Recuerdo que salíamos cuando aún no había amanecido, y que mi madre tapaba las ventanillas por las que nos daba directamente el sol sujetando entre el cristal y el marco una mantita de cuna. También recuerdo los bocadillos caseros por el camino, las gasolineras en las que nos mojaban la cabeza para evitar los golpes de calor del mes de julio, las avispas junto al agua, un larguísimo túnel… y por fin, ya atardeciendo,  hartos de coche, hartos de cassettes de los Beatles y Mocedades y hartos de preguntar “¿papaaaaaaaaá, falta muuuuuchooooooo?” mi madre decía, con campanillas en la voz: “¡¡¡¡MIRAD, AHÍ ESTÁ EL MAR!!!!”. Y efectivamente, ahí estaba ya el Mediterráneo, azul y plácido, dándonos la bienvenida. Los tres niños saltábamos de contento en el asiento del coche, y mi padre sonreía, agotado por la larguísima jornada al volante. Ya estábamos llegando a los quince días mejores de todo el largo año, las dos soñadas semanas en Calpe.
            Esas dos benditas semanas de verano daban para mucho. Para excursiones en burrito por las fuentes del Algar, para hacer amigos, para muchos paseos por el pueblo y por el puerto, para muchas horas de sol y playa, siestas, melón de postre, nísperos de Callosa, ratos mirando a los pescadores y su afán de robarle al mar algunos peces… Mis ojos de niña pequeña se bebían cuanto ocurría: el edificio de apartamentos Atenas, los colores de las colchas, el olor de las camas, el insecticida que echábamos cada noche para poder dormir sin ser comidos por los mosquitos, el gazpacho de mi madre, los helados de naranja, los puestos de figuritas hechas con caracolas del paseo, y tantas otras cosas que podría enumerar y que se me han quedado grabadas a fuego. Y, sobre todas ellas, estaba Él. Todo en Calpe ha cambiado, pero Él no. La línea de costa, los edificios, hasta las playas son distintas. Sólo Él permanece inalterado.
            Suelo ir de vez en cuando a visitarle. Soy consciente de que todos los testigos de aquellos veranos infantiles y felices han envejecido, y su memoria ya no conseguiría contarme lo que vieron aquellos días, pero Él nunca me falla. Lo saludo desde la lejanía, me acerco sonriendo y me cuenta: en esta playa te vi jugar, aquí hiciste un castillo de arena, aquí le ofreciste tu muñeca a una niña francesa que lloraba, aquí… el peñón de Ifach, el viejo guardián de Calpe siempre sabe cómo hacer que recuerde todas esas cosas. Porque yo he crecido y voy envejeciendo, pero estar junto a él me hace volver a sentirme como la niña que fui a su lado.
            Hoy he vuelto a verle, y me ha contado una cosa que me ocurrió cuando tenía cinco años. Me ha dicho: “cerca de donde está esa roca perdiste un diente de leche, ¿lo recuerdas? Hice que la arena lo enterrase bien abajo, para que algo tuyo se quedase cerca de mí. Temí no volver a verte nunca, y quise conservar un recuerdo de aquella pequeñaja rubita y descarada que tanto me hacía reír con sus ocurrencias”. Ay, mi querido y viejo peñón de Ifach, mira que pensar que yo iba a olvidarte… Dejar de visitarte sería como renunciar a una parte de mí.
            Esta mañana estaba especialmente guapo, y posó para mi cámara. Siempre le saco las fotos por la misma cara, la que yo veía en aquellos veranos, y frente a la que tengo tantas fotos con mi bañador de flores y mi boquita sonriente y mellada. No te muevas de ahí, viejo peñón. No tardaré muchos meses en volver a verte.

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