sábado, 3 de diciembre de 2011

COLONIA PARA PERROS

            Siempre he pensado que los seres humanos tenemos un sentido del ridículo un tanto extraño, pero no había logrado alcanzar a saber hasta qué punto hasta que adopté a Pelos, mi perro. Con él me ha pasado eso tan curioso que nos suele ocurrir: desde que lo tengo a él, resulta que todo el mundo tiene perro. Es como cuando te rompes un brazo, que no ves más que gente con los brazos escayolados, o como cuando estás embarazada, que no ves más que gorditas rellenas por ahí. Pues con lo del perro es lo mismo.
            Ahora que tengo perro, me doy cuenta de que su infinita paciencia para con nosotros, su sentido de la lealtad y su buen carácter los hace objetivo perfecto para aguantar todas nuestras tonterías. Claro, como no pueden quejarse… ¿os habéis preguntado qué dirían si supieran hablar? Seguro que a algunos de sus dueños se les iba a borrar la sonrisa de la cara.
            Ayer, para no ir más lejos, estaba yo a la puerta del colegio de mis hijas esperando a que salieran, y vi un bulldog francés. Sí, uno de esos perros que están de moda ahora que son como barriletes con patas, con el morro chato y una carilla de mala leche que a todo el mundo le parece graciosísima. El caso es que al pobre animalito le habían colocado una gabardina de color gris verdoso (o verde grisáceo, no lo sé muy bien), y estaba sentado sobre sus cuartos traseros, con “eso” puesto, y una expresión de resignación digna del santo Job. Yo creo que estaba pensando algo así como “si fueras de mi tamaño, te iba a coser esta ridiculez al trasero para que no pudieses librarte de ella y supieses cómo me estoy sintiendo ahora mismo”. Llevamos así vestidos a nuestros perros, y luego nos proponen cantar en un karaoke y nos da tanto corte que montamos un numerito tremendo negándonos y escondiéndonos por el local cuando nuestros amigos intentan arrastrarnos al escenario. Por más vueltas que le doy, no lo entiendo.
            En el tiempo que llevo fijándome en los perrillos, he visto de todo. Los pobrecitos Yorkshire, tan chiquitines y monos ellos, y los chihuahuas, son los que salen peor parados en esto de la fiebre de customizar mascotas. Entre los lacitos, los prendedores de colores para apartar el pelo de los ojos, y los jerseys, abriguitos, impermeables, botitas y sombreros, los pobres bichos están fritos. Claro, con las razas grandes no se atreven. Imaginad, por ejemplo, un mastín leonés con un suéter universitario americano rojo de ribetes blancos, y con una gran “M” de “mastín” en el lomo. O un gran danés de esos que cuando hacen caca es como una falla infantil, que te hace falta una pala de minero para recogerlo, con un abrigo de pana de cuello alto. ¿A que no? Pues no. En cambio, los chiquitines, pobrecicos míos, lo tienen crudo.
            Mi chucho está contento de haber dado conmigo. Yo no le visto, no le pongo pantalones. Es feliz saltando por los charcos sin botas, mojándose con la lluvia sin impermeable, y dejándome que lo seque con la toalla cuando llegamos de la calle y viene mojado hasta los higadillos. Si tiene frío, salta y corre, aunque con la manta de pelo que se gasta dudo mucho que le entren ni las balas (que tampoco vivimos en el Polo Norte, digo yo), duerme sin pijama y en carnaval no se disfraza, porque es un perro. De hecho, una vez vi un perrillo vestido de Caperucita Roja y creí que me daba un pasmo, con aquellas trenzas de lana amarilla y la cestita en la boca. Pobre animal, qué lástima.
            El negocio de las mascotas sobrepasa el hecho de criar cachorros a destajo para venderlos, y nos pone delante de todo para los perros como si lo necesitasen. Yo veo a mi chucho desnudo y me encanta. Juega con su mordedor, cuando lo rompe le compro uno igual, y él es feliz. Come pienso y algún capricho, lleva el pelo suelto y sin coletas, y encantado de la vida. Únicamente le pongo un poco de colonia cuando va a venir mi madre, para que no me diga “este perro huele a perro” y me obligue a bañarlo más de lo que le conviene, y cuando me ve acercarme con el bote en la mano se esconde por todos los rincones para que no le rocíe con “esa cosa”.
            Creo que hay mucha gente que tiene perro, pero no por el cariño, la compañía ni nada de eso, sino por lucirlo ante los demás vestido de repollo con lazos. Cuando veo a alguno por la calle, miro a mi chucho, con su collar corriente y la lengua colgando de su morro largo y precioso, y creo que está contento de vivir conmigo. Aunque tenga que ir en porretas.

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