martes, 27 de diciembre de 2011

CÓMO NACE UN PÁJARO

            Había pasado mala noche. A las cuatro de la madrugada apagué el aire acondicionado porque me dolía la tripa. Tenía revisión con la matrona, estaba a cuatro días de salir de cuentas, pero me encontraba bien. Él se fue a trabajar muy temprano, y yo me encaminé hacia el centro de salud. La matrona me echó un vistazo. Las molestias nocturnas la dejaron intranquila, así que me hizo un volante para que me viesen en el hospital. Una monitorización estaría bien para controlar cómo iba todo.
            No pasé por casa. Llevaba únicamente el monedero, las llaves y mi carpeta con los papeles del tocólogo, pero sólo iba a monitores, así que decidí no entrar, no valía la pena. Era agosto, el calor se hacía insoportable, y cualquier esfuerzo con semejante panzón me costaba el doble. Cogí un taxi. El conductor se asustó, pensó que iba a mancharle la tapicería, y me eché unas risas a costa de su cara de pánico. Jamás lo admitiré en público, pero pensé que era un imbécil.
            Una vez en el hospital, pasé directamente a ser reconocida. La tocóloga jefe del servicio se presentó con tres estudiantes de obstetricia. De alguna manera tienen que aprender, pero digo yo que en grupos más reducidos sería mejor. Pasé por las manos de los cuatro, asistí a la discusión “yo diría que dos centímetros y medio, yo diría que tres, yo diría…”. Yo no dije nada. Me encontraba bien. Pregunté por los monitores, y me dijeron que antes iban a mirarme el líquido amniótico. Nueva exploración, linterna y cuatro pares de ojos escrutando mi interior por vía vaginal. “Señora, está usted de parto. Ingresamos ya. Buena suerte”. De parto. ¿Cómo que de parto? No podía ser, me encontraba bien, mi marido estaba fuera y mis padres también. Imposible, pensaba yo.
            En la sala de espera, mientras aguardaba una cama, tuve casi tres horas para charlar con un montón de mujeres. Una de ellas había hecho la preparación al parto conmigo. Era una chica de metro cincuenta, pero su marido medía dos metros, y el niño pesaba ya más de cuatro kilos. Inviable el parto natural, esperaba cama para la cesárea programada. Otra mujer, una dominicana casada con un setentón con dinero, se había hecho una in vitro para darle hijos. De los cinco que inicialmente llevaba, había ido perdiendo uno tras otro. Estaba de seis meses, y el único que le quedaba amenazaba con desprenderse. Luego supe que no habían podido salvarlo. Mientras esperaba a ser atendida, no echaba de menos estar con su marido, sino tener a su madre cerca. Y estaba enfadada porque le habían dicho que debía quitarse todas las pulseras, anillos y gargantillas de oro que llevaba puestas por si había que entrar a quirófano. Me espantó escuchar sus quejas.
            Cuando me llamaron para subir a planta se extrañaron de que estuviera sola, y caminando tan feliz. Total, a mí no me dolía nada, y seguía sin creerme que estaba de parto. Me puse el camisón y me monitorizaron por fin. El gráfico revelaba contracciones, pero yo no las sentía. Conseguí llamar a mi marido. “No corras, tengo para rato”, le dije. Y de pronto, comencé a sentir el dolor. Me trajeron la comida, pero ya no quise tocarla. Ahora sí que la cosa iba en serio.
            Entre dolor y dolor pensé: soy una mujer normal. Mi bebé está sano, yo también. Mi cuerpo está bien formado, y cuenta con la experiencia de millones de años en los que las hembras de mi especie han parido y no les ha pasado nada, así que si ellas pudieron, yo también puedo. Las contracciones eran soportables. Respiraba, respiraba, respiraba, y después anotaba la duración y el intervalo entre unas y otras. Por fin llegó él, pálido y sudoroso. Le tranquilicé: vete a comer, dúchate, coge la maleta y vuelve. Tranquilo, tengo para rato.
            Caminé por el pasillo durante una hora. Paraba y me apoyaba en la pared cuando se presentaba una contracción. Cada vez eran más seguidas. Me acosté. Vino una auxiliar con una Gillette para despejarme por fuera y una botella de suero para limpiarme por dentro. Ya iba a bajar a dilatación. Cuatro centímetros y medio. Entre cuatro y seis horas para coronar, teniendo en cuenta que era primeriza. Las ocho y cuarto de la tarde.
            Le echaron fuera. Por lo visto, éramos tantas mujeres dando a luz que no cabíamos. Por eso me aparcaron en un pasillo entre dos paritorios. En uno oía esfuerzo y ánimos. En el otro, una chica, casi una niña, gritaba. Yo no me asusté. Sabía lo que tenía que hacer, sabía lo que me estaba pasando. Rompí aguas, pero no había nadie para atenderme. Por fin me pasaron a una sala, me aparcaron y me olvidaron. El gotero de oxitocina hacía su efecto, y las contracciones eran contínuas e intensas. Seguía sola. Sentí ganas de empujar, y ni epidural ni leches. Grité, necesitaba ayuda. Vino una matrona malhumorada, cansada y protestona. Me llamó escandalosa, pero cuando levantó la sábana y vio el pelo del bebé asomando cambió de color y era ella la que gritaba llamando a un celador: o me encontraban un paritorio libre o tendría que ayudarme a parir en la cama.
            Tres cuartos de hora después de bajar a dilatación ya estaba empujando. Lo hacía conscientemente, dueña de mí, de cada uno de mis dolores y cada uno de mis movimientos, sintiendo cada centímetro de mi cuerpo que se abría para que la cabeza del bebé pudiera salir de mi interior. Relajada, tranquila y poderosa, era yo y nadie más quien estaba dando lugar a la vida. Descansaba, respiraba y volvía a la carga. Sin llantos, sin gritos, con mi esfuerzo, sabedora de que aquello dependía de mí y sólo de mí, empujé con los ojos abiertos, los sentidos alerta, haciendo caso a mi instinto y al de los millones y millones de mujeres que lo hicieron así antes que yo. La cabeza estaba fuera. Mi marido no hablaba, yo le tranquilizaba a él. No te preocupes, estoy perfecta. Allá voy otra vez.
            Dos vueltas de cordón estrangulaban a mi niña; ¡¡Para, para, no empujes ahora!!! Aguanté la contracción para que pudieran liberar su cuello. ¡¡Empuja!! Un esfuerzo más, un hombro. Respiré. Otro empujón. Noté su cuerpo mojado resbalar fuera de mí, y oí su llanto. Amoratada y sucia, pero respirando con vigor, mi pájaro, nuestra Paloma, había nacido. No hubo más llanto que el suyo, ni más gritos que el de su llegada a la vida. No fui valiente. Sólo fui mujer.
            Después de coser mi episiotomía, de valorar y limpiar a la criatura y de dármela envuelta en una sábana, salí del paritorio. Eran poco más de las nueve y media de la noche. En el de al lado, la misma chica de varias horas antes seguía gritando: “¡No puedo, no puedo!”. Me dio pena. “Sí puedes”, pensé. “No grites, no te lamentes. Sólo relájate y hazlo”.
            Ayer escuché en las noticias que una gran parte de las mujeres que se quedan embarazadas sienten y manifiestan un pánico insuperable al parto. Supongo que es producto de la cultura en la que vivimos, en la que para cualquier molestia ya nos medicamos. No estamos acostumbrados a soportar nada, y mucho menos el dolor. No somos capaces de admitir que, racionales o no, somos ante todo animales, y como tales debemos comportarnos en algunas ocasiones, entre otras, en el momento de parir. Parir, sí, sin eufemismos, como “dar a luz”, “alumbrar” o similares. Las hembras parimos, y hasta que no asumamos esa realidad plenamente no dejaremos de necesitar epidurales, cesáreas y demás. Los médicos están para ayudarnos cuando nuestra naturaleza se equivoca, y no para sustituirla. Pensadlo, informáos y sed conscientes de que vuestro cuerpo está hecho para eso, que no vais a morir, que el dolor en ocasiones ayuda a la vida. Sólo en algunos casos intervenir es necesario, y no en la mayoría, como ocurre ahora.
            Mi pájaro tiene hoy once años, pero no olvidaré nunca el día en que ella me convirtió en madre a la vez que yo la convertí en Paloma. Ese día, más que ninguno, fui consciente de mi poder como mujer.

1 comentario:

  1. Me ha gustado tu cuento, y supongo que aunque con miedo por ser una primeriza tengo que hacerme el ánimo y leer y informarme mas, en estos momentos estoy verde. Un beso, Elisa

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